La serie Station Eleven de HBO Max es casi demasiado oportuna para nuestra época. Después de todo, la pandemia nos ha hecho hipersensibles a la idea de la fugacidad y la incertidumbre. Y el argumento no es ajeno a esa idea. La historia de los supervivientes a una influenza que mató a casi toda la humanidad es, también, una percepción sobre el caos y los límites de lo colectivo. Pero a la vez, es una mirada acerca de lo espiritual, lo poderoso y lo bello, que se oculta entre los escombros. Station Eleven no dejó nada sobreentendido desde su primer capítulo. El apocalipsis llegó, la raza humana sucumbió a la muerte y lo que queda al otro lado es la desolación.

O podría ser la última respuesta a todas las preguntas. Pero el argumento — basado en el libro del mismo nombre de Emily St. John Mandel — se concentra en otra cosa. A pesar de la devastación universal, hay esperanza. Y la hay — subsiste — gracias a la tenaz decisión de los supervivientes de seguir siendo humanos. Haciéndolo a través de estaciones de trenes arrasadas por la tragedia, edificios, teatros y calles devorados por la naturaleza. Pero a pesar de ese paisaje temible, hay belleza. La hay mientras haya quien recuerde a la raza humana desde su puntos más altos. Y Kirsten Raymonde (Mackenzie Davis) lo hace recorriendo el mundo que agoniza para contar historias. Para recordar el tiempo, la sustancia y lo precioso de lo que compone la herencia de los desaparecidos y los muertos.

El arte permite la supervivencia de la memoria y fue un tema que la serie exploró durante cada uno de sus capítulos. Para su final, la serie comienza por recordar el impulso vital de subsistir. Para "Unbroken Circle", su décimo capítulo, el ciclo de historias que se cuentan, transmiten y recuerdan, llega a un punto novedoso. Y el capítulo comienza precisamente con una conversación entre Miranda Carroll (Danielle Deadwyler) y una pequeña Kirsten. 

Una mirada al pasado, en la que la autora del cómic que brinda su título a la serie, se convierte en tótem de conocimiento. A la pregunta sobre cuál es su trabajo, Miranda no dice ser escritora, tampoco algo más que una visionaria. Y lo resume como la que es capaz de ensamblar “el camino que toman las cosas de A a B”. Una frase que resume el recorrido hacia el tiempo, hacia lo perdido y lo que es parte de la memoria colectiva. Station Eleven es una historia sobre las historias. Lo que persisten, la que se cuentan una y otra vez. De modo que es esa pequeña conversación, es el comienzo idóneo para el final. 

De vuelta al tiempo, el círculo brillante

Como en buena parte de los capítulos de la serie, el último capítulo de Station Eleven elabora con cuidado dos líneas de tiempo. De modo que el argumento transcurre tanto en presente como en “antes” postapocalíptico. El flashback de Kirsten es el más claro hasta ahora y revela más información que cualquier otro. Por supuesto, mostrar a Miranda es un golpe de efecto. Uno que incluye su relación con Arthur Leander (Gael García Bernal). La escena es triste, hermosa y sutil. Y el ejemplar de Station Eleven en las manos de Kirsten, no es más que otra prueba del ciclo que sigue, que es y que sostiene la serie. “Perdí a todos los que conocía” dice Miranda y deja claro el dolor que atormenta a su personaje.

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Y es entonces cuando Station Eleven muestra cómo Miranda influyó en más de una forma en los eventos de la serie. La conversación con Clark (David Wilmot), lo muestra en el aeropuerto de Severn City. Fue Miranda la que intervino para evitar que el vuelo desde Chicago llegara según lo estipulado, con su carga de virus mortal. En medio de su momento más desesperado y doloroso, Miranda se comunicó con el piloto y evitó que cualquier pasajero contagiado pudiera descender. De modo que fue gracias al personaje que Clark, Elizabeth y Tyler sobrevivieron a lo más duro de la pandemia. 

Adiós a la belleza

Por supuesto el gran final de Station Eleven es una obra de teatro. Una en la que se resuelve la tensión entre los personajes de forma artística. También, recuerda que el hecho que lo esencial en este apocalipsis melancólico, es la belleza de lo que arte simboliza. De nuevo, es Kirsten quien toma la iniciativa de cambiar la representación de Hamlet, para lograr que Elizabeth (Caitlin FitzGerald) interprete a Gertrude. Y claro está, siendo Tyler (Daniel Zovatto) el afligido príncipe, la conclusión es inevitable. La pieza permite profundizar en los sentimientos entre ambos personajes- Y de alguna forma, elaborar el epílogo de una serie basada en el poder de lo que se muestra en lo perdido, lo que sana y el mapa de heridas invisibles. 

Se trata de un giro que permite que todos los personajes muestren a cabalidad a sus luces y sombras. Desde Clark, que termina enternecido por reconocer finalmente a Kristen como la chica del teatro de hace dos décadas hasta el perdón tácito de Tyler. Todo, en medio de la sensación que no hay héroes o villanos, tampoco castigos ejemplarizantes. ¿Habrá castigo para Tyler? Quizás en uno de sus puntos bajos, la serie mira hacia otra parte y deja la cuestión en medio cierto desencanto. La serie vuelve a concentrar su interés en lo que el arte puede hacer (y hace) por sus personajes. Estos sobrevivientes desolados y desarraigados de un mundo que dejó de existir frente a sus ojos.

Pero sin duda, el gran encuentro entre Jeevan (Hamish Patel) y Kirsten se lleva parte de la atención, aunque no es tan poderoso o hermoso como podría haberse imaginado. Pero es una reunión largamente esperada, al fin y al cabo. Es la belleza de una serie, que se sostiene sobre la permanencia de los sentimientos. Y aunque ambos personajes vuelven a separarse, es evidente que la historia ha llegado a su fin, una paz silenciosa que emociona y desconcierta. 

“Nunca tuve miedo contigo” dice Kirsten. Quizás, no sea solo una frase que cierra su arco. También es una despedida a ese mundo, en que el arte jamás abandonó a sus personajes. Y que jamás les permitió caer en la absoluta desolación.