Cuatro presos de una cárcel de Arkansas han puesto una demanda contra su institución penitenciaria en el Centro de Detención del Condado de Washington a través de la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) de Arkansas. ¿El motivo? Tras enfermar de COVID-19 recibieron mediante engaños un tratamiento a base de ivermectina.

Este fármaco antiparasitario se estudió en un inicio de la pandemia como otros muchos. No obstante, no tardó en comprobarse que, aunque algunos estudios encontraron cierto beneficio con su administración, este no compensaba los riesgos derivados de sus intensos efectos secundarios. 

Para realizar estudios con fármacos primero se pasan unas fases previas en las que se analiza su eficacia en cultivos celulares o en modelos animales. Después se comienzan los ensayos clínicos con humanos. No obstante, si el fármaco ya se había estudiado en humanos, se puede pasar a ensayos clínicos directamente. Pero, sea como sea, se deben seguir unos pasos muy importantes. Empezando por dar minuciosamente a los participantes toda la información sobre el tratamiento. Lamentablemente, parece que el médico que prescribió este fármaco a los cuatro presos demandantes decidió que eso de la información no era tan interesante. Y, con ello, atentaron peligrosamente contra los principios de la bioética.

La historia de los atentados contra la bioética

Josef Mengele fue un médico nazi conocido por realizar experimentos horripilantes durante la Segunda Guerra Mundial. Estaba muy interesado en el área de la genética, pues pensaba que con ella podría demostrar la supremacía aria. Le fascinaban condiciones como el enanismo o la heterocromía, consistente en la presencia de un ojo de cada color.

Por eso, durante su estancia como médico en Auschwitz, se dedicó a buscar a personas con estas condiciones entre los presos. También le interesaban mucho los gemelos, pues su identidad genética era perfecta para realizar sus estudios. Los presos eran seleccionados a la fuerza y usados para realizar experimentos sin ningún tipo de consentimiento. Los mantenía mejor alimentados que a otros reclusos, pero aun así cometía verdaderas atrocidades. Por ejemplo, llegó a infectar a un gemelo con tifus y al otro no, para ver cómo transcurría la enfermedad. O incluso a practicar amputaciones innecesarias. También realizaba transfusiones de unas personas a otras y en muchas ocasiones directamente asesinaba a sus objetos de estudio para poder diseccionarlos.

Josef Mengele estaba obsesionado con la genética porque quería demostrar la supremacía de la raza aria

Tanto él como otros médicos que realizaron prácticas similares fueron juzgados en Nüremberg al finalizar la guerra. 

Mientras tanto, uno de los países ganadores de dicha guerra también atentaba contra la salud de grupos considerados inferiores al otro lado del mundo. En la localidad de Tuskegee, en Estados Unidos, seiscientos aparceros afroamericanos fueron engañados para participar en un estudio sobre sífilis. Se les aseguró que si lo hacían podrían tener sanidad gratuita. 

El procedimiento empezó en 1932, cuando todavía no existía ningún tratamiento sólido para esta enfermedad. Sin embargo, cuando se descubrió la utilidad de la penicilina, en 1947, se ocultó esta información a los enfermos, pues el objetivo de los científicos que realizaban el experimento era estudiar cómo transcurría la enfermedad sin ningún tipo de tratamiento. Además, por si los propios aparceros descubrían la existencia del fármaco, se les advirtió que no lo tomaran, pues podría ser contraproducente. Lógicamente, muchos de ellos murieron, pudiendo haber salvado su vida con el antibiótico. Estas truculentas prácticas continuaron hasta los años 70, cuando lo sucedido salió a la luz a en la prensa.

Esta fue la gota que colmó un vaso que llevaba años llenándose a base de barbaridades como las de Mengele. Por eso, se instauraron procedimientos de experimentación basados en los principios de la bioética. Estos son principalmente cuatro. El de autonomía es el que señala que los individuos deben tratarse como seres autónomos y tomar sus propias decisiones, siendo debidamente informados de las posibles consecuencias de las mismas. Por otro lado, el principio de beneficencia obliga a buscar siempre el beneficio de la persona a la que se trata. Además, por el de no maleficencia se debe evitar el daño en la medida de lo posible. Finalmente, el de justicia busca la equidad y rechaza cualquier discriminación. Es quizás el que más se desoyó con los presos de Auschwitz o los aparceros afroamericanos.

Y también la que, según la demanda, se ha estado realizando con los presos que han recibido ivermectina contra el coronavirus.

Foto por Silje Midtgård en Unsplash

Lo que la ivermectina no puede hacer por ti

El caso de la ivermectina fue similar al de la hidroxicloroquina. En un principio se estudió su posible eficacia contra el coronavirus. Se consideró que no era adecuado. Sin embargo, numerosos personajes públicos ya habían hablado de su supuesta eficacia para tratar la COVID-19. Y, llegados a ese punto, la población comenzó a desoír los consejos científicos.

Con la hidroxicloroquina se llegó hasta a dar la muerte de un hombre por beber líquido de acuarios con esta sustancia entre sus ingredientes. 

Se ha llegado a pedir a quienes compran ivermectina que demuestren con fotos que tienen un caballo

La ivermectina se usa habitualmente en veterinaria para tratar y prevenir determinadas infestaciones parasitarias en animales. Por eso, algunas personas comenzaron a mentir asegurando que la necesitaban para sus caballos cuando acudían a comprarla. Un establecimiento de Las Vegas incluso llegó a requerir a sus compradores que demostraran con una foto que realmente tenían al animal. 

Fue tal la fiebre por este fármaco que incluso algunos sanitarios se subieron al carro en la sombra, convencidos de que podría ser eficaz. Y ese parece ser el caso del doctor que trató a estos cuatro presos.

Experimentando con presos

Todo empezó en agosto de 2020 cuando los cuatro presos fueron diagnosticados con COVID-19.

Recibieron atención sanitaria por parte del doctor Robert Karas, quien desde su clínica, Karas Health Care, suele colaborar con este centro penitenciario. 

El doctor ya había manifestado públicamente su interés en el uso de la ivermectina contra la COVID-19

Según se relata en la demanda, les explicó que el tratamiento que iban a recibir consistía en vitaminas, esteroides y/o antibióticos. Esto último tampoco habría sido muy lógico. Al fin y al cabo, no podemos olvidar que el coronavirus es un virus y que los antibióticos se usan para tratar infecciones bacterianas. Aun así, podría justificarse por la existencia de alguna otra infección concomitante.

Sea como sea, los cuatro denunciantes se sometieron al tratamiento y no tardaron en comenzar a sentir efectos secundarios. Por ejemplo, parecieron problemas de visión, calambres estomacales, diarrea y sangre en las heces. Finalmente se recuperaron. No obstante, en julio de 2021 les llegó información sobre el activismo del doctor Karas en defensa del uso de ivermectina contra la COVID-19. Supieron también que los efectos secundarios que ellos habían sufrido eran típicos de este fármaco. Y que el galeno había mostrado su interés en probarlo con presos. En la demanda sostienen que, dadas las declaraciones públicas del mismo, en el centro penitenciario deberían disponer de esta información. Incluso sospechan que pudiera haber intereses económicos. No obstante, esto es algo que deberán demostrar en un juicio.

¿No ha cambiado nada?

De momento, si todo esto se confirma, estaríamos ante un clarísimo atentado contra los principios de la bioética, que recordaría inevitablemente a esa cara oscura de la medicina a la que se intentaron cerrar todas las puertas tras el caso de Tuskegee. Por desgracia, sigue habiendo en el mundo personas que creen que existen los seres humanos de primera y de segunda. Y que no son necesarios los miramientos con estos últimos. Decían que la pandemia iba a sacar lo mejor de las personas. Pero está claro que estábamos equivocadísimos al pensarlo.