Elfos, la nueva serie de Netflix, tiene un objetivo: subvertir todo lo que alguna vez has creído sobre las adorables criaturas inmortalizadas por el mito y la costumbre. Se trata de algo que la serie establece desde su primera y terrorífica escena. Pero en especial, que desarrolla a medida que deja claro que su intención es avanzar hacia un espacio profundo y extraño sobre los mitos navideños. 

A medio camino entre Gremlins, la leyenda del Krampus y una serie de fantasías turbias sobre la celebración, el programa es una pequeña sorpresa. Quizás, es más ambicioso que efectivo, pero no deja dudas de que además es un recorrido singular por los simbólico. ¿Qué esconde la nieve, las guirnaldas y pinos? Elfos lo revela de inmediato porque su propósito no es el misterio, sino ensalzar lo perverso. 

Por extraño que parezca, Elfos no es una revisión histórica, sino que usa los elementos comunes de la Navidad para narrar algo más sombrío. La inexistente isla Danesa Aarmand es un paisaje nevado y atemporal. El guion tiene especial cuidado en mirar lo ficticio desde un ángulo lóbrego. Pero más allá que eso, también hay un subtexto de burla irónica que sostiene la historia con firmeza. El paisaje interminable de este lugar que podría o no existir es también un fantasía temible. Un cuestionamiento directo sobre lo que hace real — o no — lo que creemos o celebramos. 

De hecho, Elfos basa la mayor parte de su premisa en subvertir la idea de las pequeñas criaturas sonrientes que la literatura y el cine inmortalizó. Al contraste y desde su primera escena, la serie recorre una idea inquietante. ¿Qué ocurriría si todo lo que asumes ficticio termina por ser real? Más allá de eso, el programa se cuestiona el hecho mismo de la Navidad. Y lo hace sin grandes discursos metafóricos o desmenuzando la idea de la celebración. El programa es una grotesca deformación de la realidad, el terror convertido en una pequeña sátira violenta. 

Elfos, nieve, pinos y sangre 

Elfos juega con las expectativas y lo hace bien. Desde una primera escena bastante explícita sobre cómo desea el guion mostrar sus horrores, la historia avanza con rapidez. No es casual que la primera visión de lo que sea acecha en la isla, sea invisible o mejor dicho, que pase desapercibido. El argumento tiene especial cuidado en construir una versión sobre el mal y lo inquietante, a pequeña escala. Pero no por ese motivo es menos peligrosa y letal. Y es el primer capítulo lo que deja claro que hay mucho más en la nieve y en los villancicos de lo que podría suponerse.

Claro está, la fórmula ya ha sido explotada con éxito antes. Desde Krampus: El terror de la Navidad de Michael Dougherty, hasta la terrorífica Saint de Dick Maas. Hay una colección de miradas inquietantes sobre lo navideño. Pero Elfos lleva la premisa a un nivel distinto, para emparentar lo misterioso con lo sangriento cen una dimensión peculiar. En sus seis capítulos, Elfos desgrana poco a poco el hecho de lo terrorífico con un cuidado sutil y malicioso. 

El guion avanza con cuidado en medio de varias líneas a la vez. La claustrofobia del misterio de una isla en lo que nada es lo que parece. Lo que se esconde en la espesura y la noción del peligro que acecha. Todo conspira en Elfos para narrar algo más profundo que el hecho consciente del miedo que habita en lo inexplicable. Y aunque pudiera parecer que Elfos atraviesa todos los códigos del género del terror casi con predecible cautela, la serie evade el tedio. Lo hace además con una sofisticada visión de lo perturbador que apenas se percibe al rabillo del ojo. 

Para su última escena, Elfos dejó claro que hay algo más que una sola visión del miedo en lo que cuenta. Que de hecho, varias perspectivas se entrecruzan entre construir algo más duro y denso de asimilar. Un retorcido juego de espejos que termina por mostrar que el miedo puede esconderse en lo simple. El mayor triunfo de la serie.