Genes y contaminación son una mezcla explosiva en lo que al desarrollo de depresión se refiere. Es la conclusión de un estudio, recién publicado en PNAS de la mano de científicos del Instituto Lieber para el Desarrollo del Cerebro (LIBD) y la Universidad de Pekín.

Dicha investigación analiza cómo influye la exposición a partículas contaminantes en el aire en la probabilidad de una persona de desarrollar depresión, especialmente si previamente sus genes le predisponían a ello.

Y así es. La combinación de estos dos factores aumenta la probabilidad de desarrollar depresión a unos niveles muchísimo más elevados que cada uno de ellos por separado. Y lo peor es que, según explican estos científicos en un comunicado de prensa, esto podría ser solo la punta del iceberg en lo que concierne a los efectos de la contaminación sobre el cerebro.

Beijing, un lugar idóneo para realizar este estudio

Este estudio se llevó a cabo en Beijing, una ciudad con niveles de contaminación elevados y bien documentados.

Participaron en él 352 adultos sanos, expuestos a las partículas contaminantes a distintos niveles. Esto fue lo primero que se observó. Cómo de expuestos estuvieron en los seis meses anteriores. Una vez registrado este dato, se les realizó un genotipado para calcular su puntuación de riesgo de depresión poligénica. Esto quiere decir que se analizó su ADN y se determinó la probabilidad matemática de que desarrollaran depresión únicamente en base a sus genes.

Los niveles de contaminación en Beijing están muy bien documentados

A continuación, les realizaron una serie de pruebas cognitivas simples a la vez que se analizaba su actividad cerebral mediante resonancia magnética funcional. Pero no se les dejó hacer el test sin más. Mientras lo intentaban, los investigadores se encargaron de generarles estrés, por ejemplo, emitiendo comentarios negativos sobre el modo en el que se estaban desenvolviendo.

Se vio que en aquellos en los que se combinaban la exposición a la contaminación y la predisposición genética la activación cerebral se correspondía con la que se ha observado en individuos con depresión. 

La contaminación ‘enciende’ los genes de la depresión

Para ver cómo influyen los genes en el desarrollo de la depresión, estos científicos utilizaron un atlas genético del tejido cerebral postmortem. Este tipo de mapas analizan la relación entre la expresión de diferentes genes y la acción de neuronas en diferentes puntos del cerebro.

Una vez analizado este atlas, mapearon las redes cerebrales postmortem a las mismas redes en sujetos vivos para probar si esos genes respaldan los efectos de la contaminación del aire. Vieron que las personas que tenían un alto riesgo genético de depresión y una alta exposición a las partículas contaminantes tenían una función cerebral predicha asociada al desarrollo de depresión. ¿Pero qué significa esto?

Estos científicos usaron también un atlas genético del tejido cerebral postmortem

Recordemos qué quiere decir que un gen se expresa. Básicamente, todos tenemos en nuestro ADN las instrucciones para el correcto funcionamiento de nuestro organismo. Como el manual de instrucciones de una lavadora. Pero no todas las instrucciones nos harán falta en todo momento. Por ejemplo, puede que no necesitemos la función secadora hasta el invierno, cuando haga mucho frío o llueva demasiado para tender la ropa al aire. Y, quizás, las instrucciones que indican cómo actuar en caso de que no centrifugue no las leeremos nunca, porque en toda su vida útil nunca deje de centrifugar.

Un subconjunto de genes que impulsan esta relación también están implicados en la inflamación

Con nuestros genes pasa lo mismo. Cada una de nuestras células tiene esas instrucciones, pero no se leerán todas siempre y en todas las células. Por ejemplo, los genes con las claves para sintetizar insulina no se usarán en una célula del ojo, pero sí en una del páncreas, cuando sea necesaria la acción de esta hormona. 

A ese uso de los genes se le conoce como expresión. En el caso de las personas con predisposición genética a la depresión, tiene los genes, como las instrucciones para actuar en caso de que la lavadora no centrifugue. Pero quizás esos genes no lleguen a expresarse nunca. Esto dependerá de muchos factores. Y lo que ha demostrado este estudio es que la contaminación es uno de ellos. Si una persona con predisposición genética a la depresión está muy expuesta a partículas contaminantes, es más probable que la desarrolle. 

Más datos relevantes

Pero esto no es todo. Estos científicos han observado también que un subconjunto de genes que impulsan esta relación también están implicados en la inflamación. Es un hallazgo importante, pues puede dar claves interesantes para el desarrollo de fármacos que mitiguen los efectos de esta poderosa combinación.

Además, los circuitos cerebrales identificados tienen otras implicaciones cognitivas, por lo que el estudio puede dar mucha más información sobre los efectos de la contaminación en el cerebro. 

En definitiva, la contaminación del aire tiene muchísimos más efectos de los que podríamos llegar a creer. Desde el cambio climático hasta las enfermedades cardiovasculares, pasando por el cáncer, los problemas reproductivos y, visto lo visto, la depresión. Sobran los motivos para intentar frenar todo lo que está por llegar.