Durante la noche del 14 al 15 de abril de 1912, el Titanic, bautizado por muchos como el barco inhundible, fue engullido por las gélidas aguas del Atlántico tras impactar contra un simple iceberg. Un pedazo de hielo dio al traste con aquel colosal trasatlántico, acabando con la vida de más de 1.500 personas. Eso es lo que pudo parecer en un principio. Pero no era un simple pedazo de hielo. Ningún iceberg lo es. No se trata solo de lo que se ve, sino también de la gran masa helada con la que el Titanic fue a impactar bajo el mar. Por eso, la biotecnóloga y comunicadora científica Ángela Bernardo compara el acoso sexual con un iceberg en su libro Acoso, #MeToo en la ciencia española (Next Door Publishers).

Con su publicación, ha dado a conocer tanto la punta del iceberg, poco conocida en este caso, como todo lo que queda oculto bajo el agua. En el libro habla de la discriminación laboral en el área de la ciencia por motivos de género, del acoso sexual más tangible y del acoso por motivos de sexo, mucho más sibilino, que se da a veces de forma persistente, pero con disimulo, de modo que ni siquiera la víctima es consciente de que lo está sufriendo. También menciona el acoso a personas LGTBIQ+, especialmente a las mujeres, doblemente acosadas en algunos casos.

Y no deja de lado a los hombres. En varias ocasiones a lo largo del libro se refiere a la existencia de acoso sexual a hombres en el entorno de la ciencia. Pero no sin recordar lo bajos que son los porcentajes.

El movimiento #MeToo no es algo nuevo. Como tal, tomó forma en 2006, de la mano de la activista Tarana Burke, y adquirió fuerzas renovadas en 2017, cuando la actriz Alyssa Milano publicó un tuit animando a las mujeres que hubiesen sufrido acoso sexual a publicar un tuit con dicho hashtag. Gracias al movimiento, se ha puesto de manifiesto la presencia del acoso sexual en ámbitos como la política o el cine. Sin embargo, la ciencia, tan aséptica y tan pura, parecía algo mucho más alejado. Quizás con unos pocos casos aislados, pero nada relevante. Por eso es tan importante el libro que acaba de publicar Bernardo. Porque gracias a él hemos visto que cada caso, por aislado que parezca, es relevante. Y porque, de paso, nos enseña que tampoco se trata de algo tan aislado como podríamos llegar a creer.  

¿Quién es Ángela Bernardo?

Nacida en León, en 1988, Ángela Bernardo es licenciada en biotecnología, con un máster en Industria farmacéutica y biotecnológica. Durante casi diez años se ha dedicado al periodismo científico en medios de comunicación como Jot Down o Hipertextual. En este medio, de hecho, ya había escrito anteriormente sobre el #MeToo en ciencia.

Su trabajo ha sido reconocido con premios de gran envergadura, como el II Premio José Carlos Pérez Cobo de periodismo y pensamiento crítico, el Premio Profesor Juan Ramón Zaragoza y el V Premio Concha García Campoy de Periodismo Científico.

Actualmente, y desde 2018, es redactora en Civio, una organización independiente en la que ha realizado grandes trabajos de investigación. Y eso precisamente es lo que ha hecho en este libro. Un amplio y completo trabajo de investigación con el que ha buceado hasta lo más profundo del iceberg del acoso sexual.

Tan antiguo como la ciencia

En su libro, Ángela Bernardo habla siempre de dos términos: el acoso sexual y el acoso por razones de sexo. En entrevista con Hipertextual nos ha explicado que el motivo de esta aclaración es que los especialistas a los que entrevistó incidieron mucho en ello. “El libro es fruto de un trabajo periodístico”, explica. “Cuando empecé a entrevistar a las personas que saben de esto (juristas, responsables de unidades de igualdad de género, psicólogas y demás) insistían mucho en ello y los estudios que hay sobre el acoso en ciencia también lo remarcan”.

Es la primera vez que nos habla sobre ese iceberg que, según explica en su libro, fue usado por primera vez por las Academias Nacionales de Estados Unidos para mostrar las diferentes formas de acoso que existen. “Bajo la superficie de este iceberg imaginario, se encuentran situaciones muy frecuentes, como los comentarios peyorativos, los insultos y menosprecios o las bromas ofensivas. Todas estas conductas se convierten en obstáculos invisibles que pueden ir minando poco a poco a la persona que las sufre”.

Es importante incluir el término "acoso por razones de sexo", porque es muy común y dañino, pero a menudo no se le da la importancia que merece

Y esos menosprecios a los que hace referencia no son algo nuevo. Más bien, existen desde que la ciencia es ciencia, pues precisamente en el pasado las mujeres tenían que cargar con la losa del género a sus espaldas para ascender a donde sus compañeros científicos podían escalar con más facilidad.

Bernardo cita algunos ejemplos, como el de Rosalind Franklin, a la que no se le reconoció con el premio Nobel por el hallazgo de la estructura de la molécula del ADN, a pesar de que su papel en ello fue esencial. Pero no solo no se le reconoció dicho papel. Sus compañeros, que sí obtuvieron el galardón, apenas hicieron referencia a ella. Solo algunos comentarios sobre su físico, su carácter y su forma de vestir. Comentarios que, por supuesto, no habrían referido hacia un compañero masculino.

También cita el caso de Jocelyn Bell; quien, a pesar de ser la clara descubridora de los púlsares, tampoco se llevó el reconocimiento por ello. El Premio Nobel fue para el supervisor de su tesis. Un hombre que, cuando ella insistía en que había encontrado una señal diferente a cualquiera que se hubiese detectado antes, le restó importancia. Incluso llegó a señalar que posiblemente se tratara de una interferencia.

Mejorando muy despacio

Lo que sufrieron Rosalind Fraklin y Jocelyn Bell no fue acoso sexual, sino acoso por razones de sexo. Un acoso que ha disminuido con los años, pero que aún sigue bastante interiorizado en la sociedad. En su libro, Ángela Bernardo cita como ejemplo un estudio de la revista PNAS, publicado en 2012. En él, se enviaron a 127 profesores de biología, física y química dos curriculums falsos cuya única diferencia era el género de la persona a la que describían. El objetivo era ver si existían sesgos a la hora de contratar a un gerente de laboratorio.

Y sí que los hubo, pues todos los profesores, independientemente de si eran hombres o mujeres, calificaron como más competente el curriculum masculino. Esto es algo que tenemos interiorizado, del mismo modo que interiorizamos ciertos gestos aparentemente inocentes. “La gente está muy concienciada de los comportamientos de abuso y acoso sexual. Sin embargo, con otras conductas como el acoso por razón de sexo, que son discriminatorias y también muy dañinas y frecuentes, no estamos tan concienciados”, señala Bernardo al otro lado del teléfono. “De hecho, una de las personas a las que entrevisté me dijo eso, que hay comportamientos que están tan normalizados que no se suelen identificar. Es importante que la comunidad lo perciba y se conciencie sobre ello”.

En definitiva, aunque a veces no lo parezca, la discriminación en ciencia es un problema más que anecdótico; que, según nos cuenta la autora de este libro sobre acoso sexual, se sostiene sobre dos pilares fundamentales: la precariedad y su estructura jerárquica. “Que no se considere a dos personas iguales y siga habiendo esos problemas de desigualdad no deja de ser un caldo de cultivo para que haya otros problemas”. Además, añade un ejemplo muy claro en el que convergen ambos problemas. “Imaginemos que estás en condiciones precarias porque tu contrato se acaba en pocos meses y que tu responsable directo es una persona que te acosa”. Esto genera una gran indefensión que dificulta mucho la situación a la víctima, tanto a la hora de percibir el acoso como a la de denunciarlo. 

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El acoso sexual en ciencia sí existe

Pero no todo es acoso por razones de sexo en ciencia. También existe el acoso sexual. Y el problema es que es una disciplina en la que a menudo a la sociedad le cuesta concebirlo. “Es verdad que en ciencia, por esa percepción de pureza, se puede pensar que no pasa nada”, relata Ángela Bernardo. “Pero no debemos olvidar que la ciencia la hacen personas y que, por eso, todos los problemas que se dan en la sociedad pueden darse perfectamente en la investigación”.

Desgraciadamente, hasta que no nos sumergimos hacia las partes más profundas del iceberg es difícil ser conscientes de todo esto. Y eso es lo que ha hecho la comunicadora científica con la investigación que le llevó a escribir este libro. 

“Al intentar hacer una panorámica de lo que ocurre en España para poder escribir el libro me di cuenta de que los casos de acoso sexual o acoso por razones de sexo en ciencia no son algo puntual de un sitio concreto. Hay sentencias judiciales condenando por acoso sexual en diversas universidades, sanciones por acoso por género en otras… Quizás porque son casos que salen a la luz con cuentagotas y no pasan todos los días, tenemos menos conciencia al respecto y menos en un mundo como la ciencia, pero no es una burbuja a parte y no es un problema único de una universidad, una facultad o un departamento. Por eso es importante concienciar y que la comunidad investigadora sea consciente de ello y tenga los recursos adecuados para prevenir y frenar esta lacra”.

Ángela Bernardo, biotecnóloga, comunicadora científica y autora del libro Acoso

Algo que también ha llamado la atención de Ángela Bernardo al realizar la investigación de su libro es que, aunque no haya muchísimos casos de acoso sexual o por razones de sexo en España, sí que se han destapado algunos en los que los acosadores son personas muy poderosas.  “No es que haya un número gigantesco de personas que acosan en ciencia. El problema es que muchas de ellas tienen mucho poder y han estado impunes durante muchos años. Por eso, a veces cuando sale a la luz una persona que acosa luego aparecen muchas víctimas alrededor, curso tras curso”.

Un libro lleno de personas valientes

El libro publicado por Ángela Bernardo es una investigación muy valiente, que no habría sido posible sin todos los profesionales que han intervenido en ella y, por supuesto, las mujeres que se han atrevido a dar su testimonio, a pesar de lo dolorosos que pueden llegar a ser los recuerdos. 

Si una mujer cambia su forma de vestir o piensa mucho dónde aparcar el coche está percibiendo el acoso aunque no esté con el acosador en el momento de tomar la decisión

“Pese a que el acoso es algo muy gradual y sibilino, produce un daño muy importante en las víctimas: daño emocional, físico, consecuencias en su carrera… por eso agradezco mucho los testimonios. Al final, el acoso tiene tantas consecuencias que incluso años después de lo que les ha pasado sigue siendo de alguna forma doloroso”. 

Sin duda, su testimonio es vital, no solo porque sirve para sacar a la luz el acoso sexual y por razones de sexo en ciencia. También porque puede ayudar a otras mujeres y a las personas que les rodean a percibir en qué consisten realmente este tipo de actos. “Que se hayan abierto a contarlo está bien para que veamos que no es de un día para otro, que no te das cuenta al principio”.

Cita el ejemplo de una de las mujeres con las que ha hablado, víctima de ciberacoso durante años. “Ella ni siquiera percibió que era un acoso. Sin embargo, me contó que había cambiado su forma de actuar, de ver dónde aparcaba el coche para no hacerlo junto al del acosador, ir por la facultad con miedo a encontrárselo… Muestra mucho lo que es el acoso, porque tendemos a pensar que es solo cuando estás con esa persona y ya, pero si ella cambiaba dónde dejaba el coche al llegar a la facultad es porque antes de llegar ya estaba pensando en ese tema”.

Ocurre lo mismo cuando una mujer cambia su forma de vestir o el camino por el que va al trabajo a diario. En ese momento no está junto al acosador. No obstante, sus actos hacen que lo tenga en mente para llevar a cabo muchas tareas de su día a día. 

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Todos los actores son importantes cuando hay acoso sexual

Otro de los puntos en los que Ángela Bernardo incide en su libro es la importancia de que las víctimas se vean arropadas. Muchas de las mujeres que le han dado su testimonio cuentan que el apoyo de sus familiares, amigos, parejas o compañeros de trabajo fue vital para que se decidieran a denunciar su situación o, al menos, a contarla.

Es importante que las víctimas se sientan arropadas por las personas que les rodean

Pero esto es algo para lo que no siempre estamos preparados. Por eso, del mismo modo que se deben hacer campañas informativas para que las víctimas sepan reconocer el acoso, el personal científico debe recibir formación para reconocer el acoso sexual o por motivos de sexo  y, en caso de detectarlo, saber cómo reaccionar.

Algunos países como Estados Unidos o Inglaterra están muy avanzados en ese aspecto. De hecho, cuentan con programas destinados enseñar al personal universitario cómo actuar en estos casos, creando entornos seguros para que las víctimas puedan contar lo que les pasa. Y siempre intentando que estas situaciones tengan la menor repercusión posible sobre el trabajo de las personas acosadas. “Es importante intervenir la oportunidad del acosador para que no caiga todo el peso sobre la víctima”.

Todo esto se está haciendo. Aunque quizás en España estemos aún un poco a la zaga de otros países, en los últimos años se ha mejorado mucho en la detección y reacción ante los casos de acoso sexual y acoso por razones de sexo. Pero aún queda mucho trabajo de concienciación.

Por eso es tan importante el libro que nos presenta Ángela Bernardo. Porque no nos podemos levantar contra lo que no conocemos. Gracias al valiosísimo trabajo que encierra este libro, sus lectores hemos podido dar forma en nuestra mente a un problema prácticamente desconocido. Gracias a ella, más científicos sabrán reconocer el acoso sexual, en su propia persona o en aquellas que los rodean. Y, muy probablemente, gracias a este libro más mujeres sean capaces de alzar la voz y gritar aquello que reza su título. “Yo también”. Solo por hacer eso posible, este libro ya ha valido muchísimo la pena.