En Welcome to the Blumhouse: Madres de Ryan Zaragoza, el miedo es una presencia engañosa. O lo es porque el director lo muestra desde cierta distancia prudencial. Sueños, visiones fragmentadas, una cierta sensación de irrealidad. Poco a poco, la película construye un escenario en que nada es lo que parece y lo que resulta más temible, nada es del todo real

O esa es la premisa, de esta historia ambientada en la década de los 70, que contrapone la dureza del contexto al terror clásico. Y aunque la combinación no resulta del todo coherente, Zaragoza se las arregla para crear un buen discurso sobre lo tenebroso. Tanto como para apelar a la idea de la pérdida a partir de temores primitivos.

Tal vez por eso, la primera secuencia de la película es un sueño, que resume los temores de cualquier madre. Diana (Ariana Guerra) despierta aterrorizada ante una imagen retorcida en la que pierde al bebé que espera. Lo hace, con una versión de la realidad ulterior, que además se sostiene en algo más elaborado. El sueño está construido para ser una metáfora y, de hecho, Zaragoza se asegura que lo sepas. La película pasa entonces a la realidad de un road trip corto y entre ambas cosas, establece su ritmo.

Uno que tiene relación con la percepción, con el tiempo y la consistencia de lo creíble, extremos que el argumento construye con cuidado. Es un juego audaz que Zaragoza practica con mano firme. No obstante, tiene éxito en varias oportunidades y, quizás, ese es el punto más fuerte del film. Para el director parece de considerable importancia, dejar claro (incluso con una frase de Conrad) que su película es sobre el mal interior

Uno que se enfrentará al bien literal — la maternidad, como lo concibe el argumento — y se sostendrá como algo más doloroso. Para bien o para mal, Zaragoza toma el título del film de una forma literal, lo cual hace complicado que pueda explorar otros espacios o ideas. 

Welcome to the Blumhouse: Madres, lo terrorífico está en los detalles 

Zaragoza tiene más ambición que recursos. Y eso es evidente a medida que Madres avanza para mostrar su historia. Poco a poco, el argumento establece lo sobrenatural a partir de pequeños detalles sin mucho sentido. Sin embargo, juntos refuerzan la idea de la pesadilla insular. 

Desde los sucesos inexplicables hasta la historia que rodea el pasado de la finca que ahora habita. Para Zaragoza hay oportunidad para resaltar lo misterioso en cada pequeño fragmento de información. Pero su cámara, en vez de mantener la distancia y quizás mostrar un espacio inquietante y temible, se hace subjetiva. 

El resultado es que el espectador termina por preguntarse si Diana está desconcertada, abrumada o aturdida. Ya sea por el rápido cambio de escenario en su vida o por su estado físico, el personaje va un poco a la deriva. Después de todo, se trata de una mujer que nació en Los Ángeles, apenas habla español en medio de vecinos hostiles. O que al menos, parecen serlo. Cual sea el caso, Diana está sola. La sensación de desarraigo está construida desde su perspectiva. 

Y también es suya la serie de pequeños elementos relacionados con el tiempo y el temor. Lo que hace que sea inevitable preguntarse si lo que está ocurriendo es real o es parte del cansancio, el miedo y la presión sobre el personaje. Se trata de un recurso habitual en las películas de terror, en especial con mujeres embarazadas y solitarias. Pero Zaragoza encuentra — al menos en sus momentos más inspirados — un filón novedoso. 

Uno de los puntos más interesantes de Madres es la forma en que el director dialoga con el miedo folclórico. La idea de la leyenda está allí y con nebuloso parentesco con Candyman de Nia DaCosta, tiene un peso considerable. Pero con todo, la película parece no tener todas consigo para narrar algo de semejante ambición. O al menos Zaragoza no está interesado en hacerlo. 

La oscuridad y la maldad

Para su tercer tramo, es evidente que Madres ya usó todos sus recursos y comienza a repetir lo obvio. Lo sobrenatural que rodea a Diana podría ser una intoxicación química, sugestión o realmente algo tan inquietante que carece de nombre. 

Zaragoza podría haber utilizado la duda como parte del contexto del miedo, pero en lugar de eso, decide sostener la percepción de “algo ocurre”. ¿A qué se enfrenta Diana? La pregunta se repite tantas veces hasta resultar agotadora. Por último, hay una mirada insistente en el hecho que el personaje ensambla las piezas en algo más complicado.

En sus últimas secuencias, Madres parece rendir homenaje a un cúmulo de películas sobre embarazadas aterrorizadas. Desde el Bebé de Rosemary hasta la reciente False Positive, todo tiene un sentido terrorífico desde lo físico. No obstante, la combinación sabe a poco y quizás es esa falta de audacia, el gran punto vacío de la película. Muchas preguntas sin respuestas, pocas expectativas cumplidas. Madres ya se encuentra disponible en Amazon Prime Video. En Hipertextual ya te hablamos de The Manor, otro largometraje de Welcome to the Blumhouse.