Son de Ivan Kavanagh tiene varios secretos que guardar. No solo lo que sea que le ocurra a David (Luke David Blumm), el pasado de su misteriosa madre Laura (Andi Matichak) o el miedo que comparten. También se trata del enigma que envuelve a ambos y en especial, a la forma como uno y otro son reflejos de algo más inquietante y temible. Pero el director no tiene la habilidad suficiente para unir puntos en blanco y crear una atmósfera desconcertante. Más bien, su premisa parece ser la de llevar lo cotidiano a lo obvio y, de allí, recomenzar el recorrido a lo sobrenatural. 

¿Podría resultar algo semejante? En algunos puntos lo hace pero en otros, la predisposición al cliché de la película es un lastre que lleva a cuestas con dificultad. La labor de guardar el secreto en un guion esencialmente simple termina por convertir al film en una colección de pistas falsas. Unas que, además, se interconectan entre sí para elaborar una idea persistente y convincente sobre el bien y el mal. 

Pero la película pierde el tono, en la medida que se entremezcla con algo más elaborado. El argumento necesita contar hacia dónde transita la naturaleza —¿ambigua?, ¿dual?, ¿monstruosa?— de David. Pero no sabe cómo hacerlo. O mejor dicho, lo hace, pero sin detenerse para mostrar algo más que una carrera contra el tiempo y la amenaza mal construida. 

Laura, que escapó de un culto religioso, tiene un historial psiquiátrico complejo y, por supuesto, la película la convierte de inmediato en narrador poco fiable. ¿Qué tanto lo es? No está claro si el miedo, la devoción o el terror de Laura están justificados. Pero justificarlos implica revelar que es lo que sucede con David. 

O al menos, el argumento juega como puede con el misterio. Pero cuando los síntomas sobre lo que pasa con el pequeño son evidentes (para el espectador, al menos), la premisa decae. Kavanagh tiene verdaderas dificultades para mantener la solidez de un guion que perdió la única posibilidad de ser atrayente. ¿Qué provoca los severos síntomas físicos de David? Es evidente hacia dónde conduce la historia y, sin duda, habrá una respuesta. Pero quizás, carezca de sentido, firmeza e inteligencia. 

Son, de Ivan Kavanagh, las puertas cerradas hacia ninguna parte

Este año, el filme Cielo rojo sangre de Peter Thorwarth jugó con la premisa de un misterio aterrador dentro de una catástrofe mundana. Y aunque en mitad del trayecto la película perdió solidez y fuelle, cumplió el cometido de narrar una historia a dos bandas. Lo hizo, además, elaborando un foco de atención que podía ir y venir a través de ideas complicadas sobre el tiempo y la biología. A través de flashbacks y escenas de violencia cruda, el argumento logró sostener el poder de su idea central con habilidad. 

En lugar de eso, Son va de un lado a otro por puntos equidistantes, sin narrar algo en realidad. Por un lado, Laura sufre varios traumas a la vez. La sujeción a la secta y después, la violencia sexual que aparentemente sufrió, se superponen uno a otro. El director intenta crear dimensiones sobre ambos hechos, para justificar el comportamiento del personaje. 

Pero jamás lo hace de forma directa. La sensación es que ambos puntos focales solo se mencionan para dejar claro la dualidad del discurso. ¿Laura perdió la cordura?, ¿está a punto de perderla?. Por supuesto, como forma de analizar la coyuntura del miedo en una forma novedosa, la idea podría funcionar. Pero termina por derrumbarse a medida que los síntomas físicos de David son más evidentes, siniestros y, por supuesto, sangrientos. Son de Ivan Kavanagh deja a un lado la posibilidad de explicar el contexto que rodea a David, para mostrar el gore de lo que le ocurre. 

De hecho, los síntomas corporales de David se transforman en algo más duro de comprender. Y terminan por restar interés a cualquier otra connotación de lo que sea ocurre en la película. El misterio está, la posible explicación también, pero aunque es obvio casi de inmediato, el film insiste en tratar de confundir su punto central. Para cuando finalmente deja a un lado los trucos, la película alcanzó un punto vacío difícil de sostener. Sin misterios que ocultar o revelar, el film de Kavanagh avanza directamente a la violencia

Son, dolores y traumas en medio de un relato monstruoso 

Tal vez uno de los grandes problemas de Son sea el hecho que una vez que el misterio se hace evidente, necesita nuevos temas. De modo que Laura inicia un recorrido accidentado, dramático y signado por la fatalidad hacia ninguna parte. La búsqueda de una cura para David, el hecho de matar o morir, se plantean como ideas fundamentalmente filosóficas. Pero a pesar de eso, hay el suficiente tiempo para chorros de sangre del tono incorrecto, escenarios sórdidos y todo tipo de efectos especiales de mala calidad

Laura y David podrían haber sido una forma nueva de analizar las relaciones entre los dolores, la relación del mal y lo monstruoso. Pero en realidad, Kavanagh parece más interesado en relatar una historia que no lleva a ninguna parte. Para sus últimas escenas, es evidente que Son no relata lo terrorífico sobre el dolor, tampoco el trauma como monstruo silente. En realidad, lo que hace es manejar como puede las carencias de su película. Algo que no siempre logra a pesar de sus esfuerzos visuales y la necesidad inquietante de narrar algo que pierde interés demasiado pronto.