Cualquier celebración de Halloween que se precie debe contar con una buena historia de caza de brujas. Todos conocemos sobradamente lo sucedido en el popular pueblo de Salem, Estados Unidos. Series, libros y películas de todo tipo inundan el imaginario cultural, desde lo esotérico hasta lo escalofriante, para contarnos de mil maneras la historia de estas mujeres que fueron brutalmente asesinadas en un pequeño pueblo de la costa este del país.

No hay duda de que los norteamericanos han sabido sacarle partido a los desgarradores acontecimientos vividos en la localidad, hasta tal punto que las repercusiones culturales de esta historia se recuperan globalmente de forma obligada al finalizar cada mes de octubre.

Sin embargo, si lo que buscamos es una buena historia de terror para este Halloween, no hace falta que nos vayamos tan lejos. ¿Sabías que realmente fue en el continente europeo donde se inició la persecución a las brujas? Y no solo se inició en estas tierras, sino que también fue aquí mucho más amplia y violenta. Aunque España fue uno de los lugares en los que este fenómeno se dio con menor intensidad, nuestro país también fue presa de la histeria colectiva. Hablemos de los procesos de Zugarramurdi: una caza de brujas made in Spain.

Empecemos por el principio: los inicios de la caza de brujas

Foto por Joanna Kosinska en Unsplash

Aunque normalmente se asocia la persecución y la caza de brujas con señores oscuros cubiertos por largas prendas y tocados religiosos, el historiador Gustav Henningsen sostiene que esta no fue una iniciativa de la Iglesia, sino que más bien fue la respuesta a una creencia popular que tuvo su inicio antes de la propia Edad Media.

De hecho, el primer juicio por brujería corrió a cargo de un tribunal civil y sucedió en los alrededores de los Alpes. Fue allí donde por primera vez lo que hasta entonces habían sido supersticiones populares se convirtió en una amenaza real con dimensiones históricas. En épocas anteriores era habitual creer en la magia y este tipo de prácticas, asociada a formas incipientes de medicina, estaban muy extendidas. Sin embargo, con la llegada de la Baja Edad Media, ciertos tipos de magia empezaron a considerarse peligrosos y el miedo los fue asociando a un estereotipo de bruja basado en cuentos y fábulas de transmisión oral.

En principio, la Iglesia consideró la brujería popular como una superstición, pero a comienzos del siglo XV su postura cambió y los tribunales de la inquisición comenzaron a involucrarse en causas relacionadas con la brujería.

Pero, ¿a qué se debió este cambio de parecer?

Gran parte de la culpa la tuvieron dos monjes dominicos alemanes, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, que se obsesionaron tanto con el asunto que no pararon hasta conseguir el apoyo del Papa Inocencio VIII a su tratado Malleus Maleficarum. Traducido como Martillo de los herejes y redactado completamente en femenino, el libro daba cuenta de sus años como jueces en causas relacionadas con la brujería y pretendía facilitar la identificación y judicialización de posibles brujas. El éxito de la obra tras su publicación hizo que el estereotipo femenino de la bruja se extendiera rápidamente por todo el continente.

La categoría de bruja se construyó, como evidencia el propio tratado, asociada al sexo femenino, pues desde las leyes del Derecho romano se consideraba que las mujeres tenían una debilidad moral que las hacía más propensas a sucumbir a los embustes del demonio.

Los rumores de brujería llegan a España

Dentro de este marco, los procesos de Zugarramurdi tienen su origen en 1609, tras el acoso judicial sufrido por numerosas mujeres consideradas brujas en los territorios cercanos a la localidad. En estos años, el juez Pierre de Lancre, del parlamento de Burdeos, inició una intensa actividad contra la superstición en la zona, que a menudo desembocó en interpretaciones exageradas. El magistrado llegó a decir que en un ritual en Hendaya se habían reunido doce mil brujas y brujos adoradores del diablo. Todo este revuelo provocó una importante tensión entre los vecinos, que, como se demostró posteriormente, nunca supieron explicar muy bien lo sucedido.

Ante un clima de intenso acoso y excitación social, una joven bruja arrepentida, María de Ximildegi, regresó desde Francia a su Zugarramurdi natal. Con ella se desató la persecución. Su llegada armó un enorme revuelo en el pueblo y dio lugar a una cadena de acusaciones de brujería. El incidente terminaría con varias hogueras ardiendo ante la atenta mirada del tribunal del Santo Oficio riojano, encargado de recuperar la pureza de la fe.

Joshua Newton/ Unsplash

Detenciones, hoguera y desolación

Los primeros detenidos fueron el matrimonio de Miguel de Goyburu y Graciana de Barrenechea, acusados de “reinar en el aquelarre” junto a sus dos hijas y los respectivos maridos de estas. A partir de ahí, la investigación llegó a inculpar a más de trescientas personas. Finalmente, el tribunal sentenció a 53 de ellas, 29 condenadas por brujería.

Todos los condenados terminaron ardieron en la hoguera. Los registros oficiales recogen que a las mujeres se les imputó un elevado número de asesinatos, muchos de ellos de niños. Graciana de Berrenechea, por ejemplo, fue acusada de más de veinte homicidios.

Es probable que muchos de los fenómenos recogidos fueran fruto de la fantasía, del consumo de sustancias alucinógenas o de las torturas aplicadas en los interrogatorios. De lo que no hay duda es de que se trató de un suceso desgarrador que conmocionó enormemente a la población durante varias generaciones.

Más allá de las acusaciones de brujería

La transformación de una superstición popular en una creencia institucional no sucedió de la noche a la mañana y tampoco lo hizo en el vacío. El estereotipo de la bruja necesitaba un cuerpo en el que materializarse y lo encontró en el cuerpo de la mujer.

La catedrática de Historia Moderna Gloria Franco sostiene que la persecución de la brujería fue un fenómeno altamente feminizado. Entre el 80 y el 85% de las víctimas fueron mujeres. Los propios textos generados en torno a este fenómeno se escribieron en femenino y se convirtieron en un potente instrumento de opresión de las mujeres.

La falsa creencia de las brujas se vio fortalecida por una coyuntura cultural y religiosa favorable que sirvió para canalizar el malestar generado por una época de inestabilidad y conflictos hacia las mujeres situadas en los márgenes de la sociedad, mientras servía también como condena ejemplarizante para todas las demás. Lo que hoy nos puede parecer un cuento de Halloween fue en realidad un brutal genocidio para quienes lo vivieron en sus propias carnes.

Como consecuencia de la caza de brujas se asesinaron unas 100.000 mujeres en toda Europa, aunque el Sacro Imperio alemán concentró la mitad del total de las víctimas. El relato de las brujas se afianzó en el imaginario cultural, donde continúa a día de hoy, revelando la profundidad de sus consecuencias históricas. Todo ello teniendo en cuenta que los cargos que se les imputaron a estas mujeres nunca pudieron ser probados.