Es difícil definir con facilidad a Benedetta, la más reciente película del siempre controversial Paul Verhoeven. Adaptación del libro Actos inmodestos: La vida de una monja lesbiana en la Italia del Renacimiento, de Judith C. Brown, es por supuesto una película escandalosa

Pero el argumento no es solamente una forma de provocación. Su director, un Paul Verhoeven decidido a confundir los límites entre la pornografía, lo erótico y el drama histórico, desea algo más. Y lo logra al convertir a Benedetta en una controversia inevitable pero en el empaque de algo más inteligente de lo que podría suponerse. 

Por supuesto, el director de Robocop y Crash: extraños placeres es un experto en crear la condición de lo polémico. Y en esta ocasión lo hace a través de una serie de líneas fundamentales. Benedetta en un híbrido de varios géneros e ideas a la vez. Todas enlazadas para narrar algo más duro y complicado relacionado con el deseo, lo místico y como no podía ser de otra forma, lo prohibido. 

Pero en lugar de tomar decisiones sencillas, Verhoeven busca la incomodidad. También hacerse preguntas sobre qué nos escandaliza en la época de lo público, lo mundano y en la que lo sexual dejó de ser tabú. Es una apuesta interesante que no siempre logra una premisa tan ambiciosa. Pero es evidente que el director, va en busca de algo más que un paseo semipornográfico por una historia con las papeletas para sacudir conciencias. 

Benedetta está concebida como una estructura en la que el escándalo está envuelto dentro de la concepción de lo dolorosamente humano. También de los incómodos lugares de cuestionamientos sobre el ser y la moralidad. Verhoeven, que le brindó sustrato filosófico inquietante a una versión de baratillo del Hombre Invisible, crea ahora un diálogo con la vergüenza. 

También con lo erótico transmutado en mensaje. Y, por qué no, con lo pornográfico convertido en algo más duro y elaborado. Para cuando la película traspasa algunas línea dolorosas, es evidente que Benedetta es un manifiesto. ¿De qué? De varias cosas distintas y cada vez más complicadas a la vez. 

'Benedetta', del mensaje místico al deseo sexual 

A Paul Verhoeven le gusta ofender. Buena parte de su trabajo cinematográfico está concebido para retar la moral. En primer lugar, la de su Holanda natal y después la norteamericana. Las modulaciones en la forma en que el director añade y supera sus propios símbolos de polémica resulta intrigante. Y por ese motivo, Benedetta es una de sus obras más curiosas. 

El film está creado y construido para escandalizar, incluso de una manera infantil y a veces hasta ingenua. Pero no hay que engañarse: como en toda película del director holandés, su motor principal es una incomodidad rampante. Durante los primeros minutos, Benedetta muestra una escena callejera en la que las flatulencias son casi el centro principal de la secuencia. ¿Es posible que una película semejante pueda avanzar hacia un núcleo más sofisticado? Lo es en la medida que Verhoeven sabe qué busca y cómo lograrlo. 

El director sabe que se trata de un relato oral exagerado y convertido en una especie de anécdota incómoda de la vida religiosa medieval

Pero Benedetta es mucho más que una floritura con tintes eróticos en busca de la blasfemia. Verhoeven se toma el tiempo de escudriñar la historia (o la que se supone que lo fue), para crear un contexto sobre el bien y el mal. En realidad, más que eso, el realizador necesita que el público no sepa que partido tomar y termine por ser un observador enervado y furioso. La historia de la monja del siglo XVII Benedetta Carlini, que aseguró tener visiones, recibir estigmas y también tenía una amante sorprende por su perspicacia. 

El director sabe que se trata de un relato oral exagerado y convertido en una especie de anécdota incómoda de la vida religiosa medieval. Y justamente es ese sentido de lo estrambótico lo que permite a Verhoeven dialogar con varios puntos a la vez en el argumento. Sin perder el norte de burlarse descaradamente y de forma directa de lo místico y lo divino, Verhoeven también se hace preguntas sobre las creencias. 

De modo que toma en forma literal los mitos católicos y los lleva a la pantalla para dejar en claro cómo se ve la imaginaría religiosa sin matices. Se trata de una experiencia extrema, en la que Benedetta es el centro de situaciones absurdas y provocadoras. Desde estigmas, predicciones que se cumplen, trances, visiones, castigos. En Benedetta hay toda una colección extravagante de milagros, reconvertidos y retorcidos para el consumo de lo brutal. 

Lo erótico y lo divino en una rara mezcla

Claro que, Verhoeven no deja pasar la oportunidad de mostrar el centro de toda la condena y escándalo alrededor de la abadesa. La relación sexual que sostiene con otra monja es por completo explícita, aunque el director no considera que sea el centro de su historia. En realidad es parte de todo el entramado de metáforas que sustentan un largo discurso sobre la hipocresía moral. Pero en especial la religiosa y lo hace con un tino que desconcierta por su osadía. 

Verhoeven se toma muy en serio el viejo arte de la imprecación y lo escandaloso

Lo mejor de la audacia de Verhoeven es que se beneficia directamente de su cualidad para entender qué necesita el film para expresar ideas complejas. De forma que toda la puesta en escena está llena de pequeños puntos de atención sacrílegos. Un Cristo hipermusculado que es toda una provocación. El hecho que el mayor tesoro de Benedetta sea una talla en madera de la Virgen María con cierta semejanza a un juguete sexual. Las variadas formas en que Verhoeven logra que la sospecha sobre los milagros de Benedetta estén presentes, pero a la vez sean una parodia. No hay un solo punto de la película que no toque el rasante de lo escandaloso pero lo haga con una enorme condición de lo burlón.

Verhoeven se toma muy en serio el viejo arte de la imprecación y lo escandaloso. Benedetta es sin duda, uno de sus intentos más depurados por sacudir la moral pública. En tiempos de nuevas sensibilidades y grandes discusiones incómodas, Benedetta es toda una rareza.