Fuimos canciones, la película de Netflix de la directora española Juana Macías, podría beneficiarse directamente del éxito de la serie Valeria. A pesar de las malas críticas, el seriado ha sido celebrado por su visión amable sobre el amor y la amistad femenina. Macías retoma el testigo con la adaptación de una nueva novela de Elísabet Benavent y el resultado es, al menos, equilibrado. 

Si en Valeria, la gran queja residía en el uso machacón de estereotipos, lugares comunes y clichés, la película de Netflix de Macias gana en frescura. No solo en su manera de analizar la amistad entre mujeres, sino en su forma de profundizar en lo romántico. Para bien o para mal, la más reciente producción española en Netflix tiene mucho de esa visión realista y un poco agridulce sobre el amor contemporáneo. 

No obstante, logra también analizar la idea acerca de lo emocional desde un punto de vista mucho más novedoso de lo que podría esperarse. El resultado es una película que, sin grandes ambiciones, crea un ambiente disfrutable sobre los grandes tópicos de Benavent. De nuevo, tenemos a un grupo de amigas que debe enfrentar una serie de situaciones sentimentales dolorosas. Uno que deberá sostenerse entre sí para avanzar en medio de situaciones más o menos caóticas. 

En manos menos hábiles que las de Macías, la película se habría derrumbado una colección predecible de vueltas de tuerca tediosas. Pero en lugar de llevar la fórmula a una versión descafeinada sobre premisas mucho más complejas, la directora descubre que el secreto es mantener la frivolidad.

También alejarse de la necesidad de la novela de origen para justificar los errores y dolores de sus protagonistas. Fuimos Canciones mira a sus personajes con amabilidad, pero también les imprime personalidad. La combinación sostiene la idea de una historia fresca, quizá blanda, pero que en realidad es una celebración sincera a lo básico del género romántico.

'Fuimos canciones': unidas con torpeza contra el mundo 

La fórmula del mundo femenino de Valeria regresa en Fuimos canciones y de la misma manera que la serie carece de sostén narrativo. Hay una curiosa incapacidad del guion para lograr que la amistad sea una línea que une a los personajes. En lugar de eso, pareciera ser una justificación molesta un poco arbitraria para narrar varias formas de amor e intentar profundizar en dilemas sentimentales modernos. 

Pero ya sea porque el texto original no da para mucho o porque en realidad Macías no buscaba crear una epopeya sobre la amistad entre mujeres, el film evita la complejidad. A pesar de eso, no resulta tan torpe como para dejar pasar la oportunidad de mostrar a tres personajes y definirles a través del contraste. La forma en la que los personajes interpretados por María Valverde, Susana Abaitua y Elisabet Casanovas se sostienen entre sí es casi conmovedora. 

Su apoyo mutuo, complicidad y la forma en que sus historias se interconectan entre sí es una decisión que apuntala el ritmo del film. Macías podría haber optado por crear una tensión entre un personaje más visible al que rodean otros casi en absoluta dependencia. Pero en realidad, la directora brinda a su trío un entusiasmo efervescente y un cariño genuino. 

La fórmula intermedia entre la novela original — en que uno de los relatos se profundiza con mayor cuidado — permite que el film sea una historia coral. Es esa visión sobre las posibilidades de una especie de confraternidad privada y la solidaridad divertida la que da a la película sus mejores momentos. 

De nuevo en la búsqueda de lo esencial

Todas las novelas de Elísabet Benavent se distinguen por brindar a sus personajes femeninos espacio para crecer y hacerse preguntas válidas. Sus adaptaciones carecen de su sensibilidad y se han limitado a ser un espectáculo ultra femenino en busca de identidad. Y aunque Fuimos canciones no logra romper la estructura básica de autodescubrimiento predecible, sí consigue que sea entrañable. 

La exploración de la sexualidad, el duelo y la pérdida, la noción de sobre la individualidad. Fuimos canciones brinda espacio y reflexión a cada personaje con una mano hábil para asumir sus diferencias como límites. También Macías imprime un sentido de la tensión que impide se trate de una mirada superficial sobre la idea de la mujer contemporánea. 

La directora no se aleja demasiado del aire un poco torpe del relato original, pero sin duda el argumento es mucho más maduro de lo que aparenta. Con mimo, Macías logra construir una sensación creíble de que todo lo que ocurre en el film está vinculado en cierta forma a la complicidad femenina. El truco narrativo permite que los personajes sean espacios independientes, y a la vez parte de un tronco único. 

Los apuntes de comedia además, permiten que el film transite libremente por el género romántico sin caer en el tedio de la búsqueda incesante del amor. Ocurre gracias a la inteligencia de Macías, que traspone el hecho de lo sentimental a dilemas más mundanos. Este trío de mujeres tiene problemas. Reales, duros de superar, angustiosos y en algunos casos genuinamente dolorosos. 

Y aunque el film termina por ser frívolo en su mayor parte, evita caer en el declive del sermón moral. Al final, Fuimos canciones es una película sobre la vida y sus pequeños dramas. Y no busca ser otra cosa. Quizás una nota de sinceridad que se llega a agradecer.