En Post mortem: Nadie muere en Skarnes, la nueva serie de Netflix, el terror es una excusa para reír. O mejor dicho, una forma para brindar un nuevo tono al género de vampiros. La serie noruega se toma la libertad de experimentar con varios códigos del cine negro y terror hasta crear algo de singular personalidad.

Por supuesto, después de Lo que hacemos en las sombras de Taika Waititi y Jemaine Clement el experimento es un riesgo. Pero en esta ocasión no solo resulta bien, sino que permite una exploración peculiar a la idea de la muerte, el vampiro y lo monstruoso. 

Con su búsqueda de algo más complejo que una burlona mirada a lo misterioso, la serie de Netflix juega un ingenioso juego de espejos. ¿Se trata de una sátira sobre lo terrorífico?¿O es algo más extraño que eso? No es sencillo definir a Post mortem: Nadie muere en Skarnes de una sola manera. 

Porque mientras por un lado, se hace preguntas interesantes sobre el miedo, por el otro, resta importancia a las respuestas. Al final, la serie es una combinación de varios elementos acerca de la naturaleza del vampiro, asesinatos y la vida cotidiana. 

Una mezcla improbable que termina por funcionar gracias a su guion, su buen ritmo y el negrísimo sentido del humor del que hace gala. 

'Post mortem: Nadie muere en Skarnes', un vampiro con problemas muy terrenales 

Cuando el cadáver de Live Hallangen (Kathrine Thorborg Johansen) es encontrado por la policía no hay indicios de lo que provocó su muerte. Pero además, en el tranquilo pueblo de Skarnes (Noruega) las probabilidades de que se trate de un asesinato son pocas. Por lo que la policía se toma las cosas con calma y no demasiada preocupación. Post mortem: Nadie muere en Skarnes tiene el tino de dejar claro desde sus primeras secuencias que lo que sucederá a continuación romperá la tranquilidad cotidiana. 

En Skarnes pasan pocas cosas. Y casi todas son de una absurda normalidad. El guion de Harald Zwart y Petter Holmsen deja claro que el pueblo es el lugar menos pensado para que ocurra un hecho sobrenatural. De manera que cuando Live regresa de los muertos — y la serie lo muestra de forma literal — el asunto es una ruptura total. 

No solo se trata que el cadáver volviera a la vida en la mesa de la forense, sino que no hay explicación para algo semejante. Live parece aturdida y hambrienta, sin recordar qué ha ocurrido o por qué ha vivido semejante experiencia. Por otro lado, su hermano Odd (Elias Holmsen Sørensen) recibe la noticia con más desconcierto que felicidad. 

Como trabajador destacado de la única funeraria del diminuto pueblo , el sorpresivo incidente es señal de algo complejo. Y no precisamente el hecho que haya algo inexplicable que devuelva la vida a los muertos, sino ¿cómo podrá subsistir su negocio entre semejante eventualidad?

Con una premisa semejante, Post mortem: Nadie muere en Skarnes podría haberse derrumbado una vez que el argumento avanza hacia lugares más complejos. Pero en realidad se trata de un truco sutil para analizar la naturaleza y convertir a cada capítulo en una inteligente reinvención del género. De la misma manera que Cielo rojo sangre (2021) de Uwe Stanik, la serie de Netflix utiliza la trampa de usar un género para disimular sus intenciones. 

Pero a medida que los capítulos avanzan, es evidente que el argumento es más duro y terrorífico de lo que parece. La transformación de Live en una criatura inquietante es la primera pieza en un recorrido a través de la mitología del vampiro. Y aunque la premisa sigue siendo el humor negro, el guion logra crear una atmósfera enrarecida y brillante.

Vampiros, asesinatos y un pueblo silencioso

Una de las grandes virtudes de Post mortem: Nadie muere en Skarnes es su cualidad para ser impredecible. Si por un lado Live representa al vampiro clásico sediento de sangre, también es la ruptura de ciertos clichés. En Skarnes, en donde no ocurre nada fuera de lo común, de pronto hay la posibilidad de un monstruo y un asesino.

Los guionistas parecen burlarse de la idea de Noruega como un país pacífico y lo hacen a través del sarcasmo. Mientras todo se hace más siniestro, es evidente que el argumento tiene más interés en crear una sofisticada mirada a varios temas a la vez. Live es enfermera y sus nuevos apetitos son un problema que sobrellevar. Pero lo que podría parecer un chiste burlón, se convierte en una peligro latente, bien construido y sostenido por una mirada al misterio. 

Si algo hay que agradecer a Post mortem: Nadie muere en Skarnes es su capacidad para mantener un equilibrio elegante en su propuesta. De vampiros, a la sátira, el miedo y los asesinatos, hay un hilo conductor que se sostiene en una idea básica. ¿Cómo reaccionamos a lo sobrenatural? 

Brutal, cruel, por momento sarcástica, Post mortem: Nadie muere en Skarnes es un acierto al profundizar en el terror. También, una vuelta de tuerca a los procedimentales. Incluso se toma el atrevimiento de parodiar a éxitos recientes del género de vampiros. 

Todo bajo un empaque discreto, que termina por ser efectivo en su aparente falta de ambición. Extraña, bien construida y con un toque surreal, Post mortem: Nadie muere en Skarnes es una serie de Netflix de vampiros que no pretende serlo.