El coronavirus ha puesto en serio peligro la celebración de los Juegos Olímpicos de Tokio. En 2020, cuando deberían haberse celebrado, tuvieron que cancelarse por la situación pandémica. Finalmente se decidió llevarlos a cabo este 2021, reforzando todo lo posible las medidas de seguridad. Sin duda ha sido una situación única, por la excepcionalidad de esta pandemia. Pero, en realidad, ha habido otras enfermedades que también han hecho sudar de preocupación a los organizadores de unos Juegos.

A la memoria nos viene inevitablemente el caso del virus Zika en Río de Janeiro, pero hay algún caso más. Eso sí, mucho menos grave.

Ninguno ha supuesto unas medidas tan drásticas, ni ha preocupado tanto como este. Pero no está de más recordarlos.

Situaciones no epidémicas que cancelaron unos Juegos Olímpicos

Antes de empezar a hablar de otras enfermedades que hicieron peligrar unos Juegos Olímpicos, es importante recordar que las epidemias o pandemias no han sido las únicas situaciones que han obligado a no celebrarlos.

Las dos Guerras Mundiales llevaron a cancelar tres ediciones de Juegos Olímpicos

De hecho, la COVID-19 ha sido la única en lo que a enfermedades se refiere. Sin embargo, las situaciones bélicas sí que habían lanzado los juegos a un segundo plano, llevando a su cancelación. 

En primer lugar ocurrió con la Primera Guerra Mundial. Los Juegos de 1916, programados para su celebración en Berlín, se cancelaron totalmente y no fue hasta 1920 cuando por fin se llevaron a cabo unos, concretamente en Amberes.

Y como la cosa va de Guerra Mundiales, la segunda no fue una excepción. Se cancelaron tanto los Juegos Olímpicos de 1940, como los de 1944, por situarse ambos en plena contienda. Fue en Londres, en 1948, cuando finalmente se retomaron. Desde entonces, nada había obligado a cancelar o posponer unos Juegos Olímpicos. 

Esta vez ha sido una guerra muy diferente la que no ha dejado más remedio que hacerlo: la batalla contra el coronavirus. 

Otras enfermedades

Los Juegos Olímpicos suponen una situación en la que mucha gente se reúne. No solo lo hacen los deportistas. También el público, que viaja desde todo el mundo para ver a sus ídolos ganar medallas.

En las sedes de los Juegos Olímpicos suele haber epidemiólogos rastreando enfermedades

Es por este motivo que no es difícil que se contagien enfermedades e incluso que aparezcan epidemias. De hecho, en las sedes en las que se celebran este tipo de eventos siempre hay equipos de epidemiólogos dedicados a hacer rastreos para detectar cualquier posible brote, sea del patógeno que sea.

Por ejemplo, en Barcelona 92 hubo cuatro epidemiólogos y 11 enfermeras rastreando sobre todo la aparición de posibles intoxicaciones alimentarias. En aquella época, cuando las condiciones de seguridad alimentaria eran bastante peores que las de ahora, eran frecuentes. Y podrían haber puesto en jaque los juegos. Gracias a ese rastreo, se detectaron 11 casos, que pudieron detenerse a tiempo. También se ubicaron 32 casos de hepatitis A, 5 de enfermedad meningocócica y 2 legionelosis. Todo estuvo dentro de lo esperado en un evento en el que se reúne tanta gente y no llegó a causar brotes ni epidemias. 

Más de una década después, hubo una situación preocupante en torno a unos Juegos Olímpicos, aunque esta vez fueron de invierno. Concretamente, los que se celebraron en 2010 en Vancouver. Y es que, coincidiendo con aquellas fechas, la ciudad canadiense experimentó un drástico aumento en los diagnósticos de sarampión. Esta es una de las enfermedades más contagiosas que existen, por lo que una reunión de personas tan grande como aquella hizo que corrieran como la pólvora. Afortunadamente, la vacuna ayuda a mantener frenada esta enfermedad, pero en las últimas décadas los movimientos antivacunas han llevado a que resurja más de lo que debería. 

Pero, sin duda, la situación que más recordamos es la del virus Zika durante los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, en 2016. Este es un patógeno transmitido principalmente por mosquitos del género Aedes. Por lo general no es especialmente grave. Se calcula que aproximadamente 1 de cada 5 infectados llega a desarrollar síntomas, que no suelen ser preocupantes. Generalmente consisten en dolores de cabeza, erupciones cutáneas, fiebre y otros síntomas leves. Sí que es cierto que algunos informes relacionan el virus con el desarrollo de casos de enfermedades neurológicas, como el Síndrome de Guillain-Barré y, si bien no está clara la causalidad, se considera un motivo para extremar las precauciones. Por otro lado, es bastante preocupante para las embarazadas, ya que se considera que, si estas se infectan, puede provocar microcefalia en los fetos.

Por ese motivo, el hecho de que el virus estuviese muy extendido en Brasil justo antes de los juegos fue un motivo de gran preocupación. No solo por si pudiera afectar a deportistas y visitantes, especialmente a personas embarazadas. También porque podría contribuir a su dispersión por otros lugares del mundo. Se debatió mucho si cancelar los Juegos Olímpicos y, de hecho, hubo muchos científicos que insistieron en ello. Pero finalmente terminaron realizándose. La OMS emitió su propia guía con recomendaciones para evitar las picaduras de mosquito y así minimizar el riesgo de la enfermedad y todo transcurrió aparentemente sin problemas.

Y así llegamos a este año. De momento, los casos entre deportistas se han detectado rápidamente, dejándoles sin juegos, pero librando a sus compañeros de los contagios. No obstante, aumenta la preocupación por un aumento del número de casos entre la población japonesa. Dado que las competiciones se están llevando a cabo sin público, podría no tener que ver, aunque son muchas las personas que han viajado al país con motivo de los juegos por motivos profesionales. El tiempo dirá cómo ha afectado la celebración de los Juegos Olímpicos a la pandemia. De momento, sabemos que han servido para sacar a la luz la gravedad de otra pandemia mucho más antigua, a la que hemos prestado mucha menos atención: la de los problemas de salud mental. Al menos por eso, ha valido la pena celebrarlos.