La calle del terror - Parte 2: 1978 es la segunda parte de la trilogía que rinde tributo a la obra de R. L Stine. Si su predecesora, estrenada hace unos días en Netflix, jugaba con las referencias para crear una atmósfera consistente y bien construida, la continuación es un juego de espejos. 

Esta historia dentro de otra es un recorrido brillante a través del género del terror de los años ’70 y ’80, pero también tiene identidad propia. Una elegante concepción de los códigos del terror que le permite innovar y, ahora sí, encontrar un ritmo propio que deslumbra por su solidez.

La película de Netflix anterior fue criticada por no tomar todos los riesgos que su argumento le permitía correr, en especial por su tono experimental y desenfadado. En esta ocasión, la directora Leigh Janiak los toma. Y lo hace con toda la precisión de crear una historia que, a pesar de estar relacionada con la anterior, tiene una inspirada vida propia. 

Ya no se trata de contextualizar a los personajes, ni tampoco crear una visión acerca de lo que ocurre. La rivalidad entre Sunnydale y Shadyside ha quedado clara, pero está reducida a una mera eventualidad. Lo realmente importante es ahora el origen de la maldición sobrenatural que gravita sobre los personajes. 

En especial, sobre la serie de brutales asesinatos que se entremezclan entre sí con una historia más vieja y mucho más complicada. En la primera película de Netflix, el guion ofrecía poca información sobre Sarah Fier y la maldición que desató la brutal violencia asesina. Pero en La calle del Terror 1978, la historia llega a un nivel mucho más complicado. Es notorio el aumento de la tensión, el uso de recursos argumentales y un mayor énfasis en el mundo misterioso.

Janiak deja claro su impecable manejo de la tensión, pero en especial, recorre un camino complicado con impecable consciencia de hacia dónde se dirige. La calle del Terror 1978 podría haber sufrido el peso de ser la conexión entre el prólogo y desenlace de una historia mayor. Pero en realidad, tiene su propio ritmo y es necesaria para analizar lo que vendrá después y también, concatenar la información previa. 

Al final, La calle del Terror 1978 es un brillante paso entre dos extremos de una misma mirada sobre un recorrido hacia la oscuridad. Uno además, creado desde la pauta de un tipo de ritmo frenético que se hace más elaborado, ambicioso y sólido a medida que el argumento profundiza.

'La calle del Terror 1978': un día de verano, sangre y muerte

La historia de La calle del Terror 1978 comienza en el mismo punto en que termina su predecesora. Pero de inmediato avanza hacia un escenario que será familiar para los amantes del cine del terror. Con evidentes referencias a Viernes 13 muestra lo ocurrido en Camp Nightwing desde un largo flashback.

Y aunque el recurso pueda parecer incómodo e incluso reiterativo a nivel narrativo, en realidad el director lo usa de forma audaz. No se trata de un recuerdo, sino de una forma de integrar la información de forma elegante y en especial intuitiva. 

En la primera parte, las continuas referencias a lo ocurrido durante el verano sangriento del ’78 eran casi desordenadas. Pero en La calle del Terror 1978 hay un sentido del uso de la interpretación y la información que sostiene no solo la atmósfera bien lograda y en especial sus misterios. 

De pronto, Shadyside y sus tragedias quedan atrás. Pero en lugar de parecer que la historia se fragmenta, Janiak logra enlazar trozos dispersos y crear una segunda narración. Se trata de un brillante logro argumental que permite que la historia transcurra de forma fluida y, lo que es más importante, entretenida. 

Porque La calle del Terror 1978 no pierde de vista que es entretenimiento en estado puro. Que esta historia de terror bien contada está al servicio de una narración más complicada, y de las referencias que la sostiene. El guion a cargo de Zak Olkewikz y Janiak tiene una tono y ritmo sofisticado que sorprende en su pequeña estructura. 

Este homenaje al mundo del terror es una meditada combinación de factores. Los estereotipos de los slasher de los primeros años de la década de los ’80, las pausas y ritmos del cine Carpenter. Todo está en medio de un cuento terrorífico que sus elenco sostiene con una habilidad maliciosa. 

Las referencias están en todas partes y son mucho más elaboradas que en la primera parte de La calle del terror. En su segunda parte, la búsqueda sobre lo sobrenatural es inminente, pero también el hecho que la violencia es ahora una fuerza brutal. No hay timidez ninguna en las escenas de asesinatos grotescos, ni mucho menos, en la creciente tensión entre secuencias. 

El miedo en pequeña escala 

Para la ocasión, Janiak tomó la decisión de adaptar la atmósfera de Stine utilizando con cuidado la noción de lo doméstico al acecho. La cámara sigue a Ziggy Verman (Sadie Sink de Stranger Things) mientras es acusada de bruja. Todo ocurre en mitad del Camp Nightwing y a plena luz del día. 

La escena es una secuencia de buenas decisiones narrativas. La cámara muestra a una adolescente pelirroja colgada de un árbol. Una víctima que acentúa el paralelismo con los slashers y sus frágiles finals girls

Pero el cúmulo de pequeños trozos de información no son casuales. Ziggy recuerda de inmediato a la Carrie de Stephen King. La escena tiene un deje onírico, pero también deja claro que lo que veremos a continuación es una narración de un secreto. Uno peligroso, a punto de volverse letal y sin duda, imposible de detener. 

Una de las grandes virtudes de La calle del Terror 1978 es desembarazarse del todo del peso de ser una película dedicada a un público objetivo. La supuesta película de adolescentes se convierte en un retorcido carnaval de horrores, que apuesta con la misma eficacia al gore y al terror sobrenatural. 

Y es entonces cuando el film alcanza sus mejores secuencias. No hay una escena que no sea la perfecta pieza para crear una narración inquietante, bien construida y al final, con una modulación limpia. 

Para el final, la película apuesta de nuevo al flashback y otra vez, recuerda que aun queda una pieza en este mecanismo del mal en pleno acecho. Pero para entonces La calle del Terror 1978 cumplió su cometido. El de ser una gran película de terror, que no se toma en serio, aunque tiene todos los elementos para hacerlo. Quizás su mayor virtud. 

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