En 2018 el mundo despertó de lo que había sido su idilio con las redes sociales. El escándalo de Cambridge Analytica revelaba cómo Facebook fue utilizado con fines de manipulación política. Y lo peor de todo es que el comienzo de esa historia se había dado en 2016, con las interferencias de la empresa que dio nombre al escándalo y de Rusia en las elecciones que ganó Donald Trump.

Antes de eso, Facebook era el lugar de encuentro de muchas generaciones. También la plataforma de distribución por la que apostaron todos los medios. Un campo de cultivo plagado de minas que acabó convirtiéndose en una cámara de eco en la que resuenan más las ideas negativas.

También, después nos hemos enterado de los continuos fallos de seguridad de la plataforma, hasta tal punto que todo aquel que tuviera una cuenta en 2019 tenía un 50% de posibilidad de haber sufrido una vulneración de datos.

Muchos palos en las ruedas. Y, sin embargo, aunque Facebook ha caído en retención de sus usuarios y parece haberse convertido en una red social que ya no capta la atención de los jóvenes 16 años después de su creación, la rentabilidad de Facebook (la compañía) es mejor que nunca gracias a sus compras de Instagram y WhastApp.

Una verdad muy fea, pero todo seguimos usando Facebook

El libro An Ugly Truth, de las reporteras del New York Times Sheera Frenkel y Cecilia Kang, hace un repaso por estos cinco años de calamidad para Facebook, con Zuckerberg declarando ante el Congreso de Estados Unidos, y que sin embargo no han frenado sus cuentas. Quizá, porque en el fondo nos importa poco mientras nos sirvan nuevos servicios que cumplan la función de conectarnos. La mejor moraleja de que los datos siguen teniendo el valor que queramos darles las personas; porque las empresas le dan uno mucho mayor.

Foto por Brett Jordan

El libro toma el punto de partida del despido de 51 ingenieros y cómo Alex Stamos, ex jefe de Seguridad de Facebook, pusiera el asunto en conocimiento de Zuckerberg.

Aquel despido de ingenieros se produjo después de que se detectara en 2015 que habían usado los datos de la red social para seguir a mujeres y contactos de su interés.

Mark Zuckerberg ordenó una revisión del sistema para restringir el acceso de los empleados a los datos de los usuarios. Fue una victoria para Stamos, en la que convenció a Zuckerberg de que la culpa era del diseño de Facebook, y no del comportamiento individual.

Los problemas actuales de Facebook no son producto de una empresa que perdió el rumbo, sino que forman parte de su propio diseño

Stamos dejaría Facebook en 2018 tras darse de cabezazos contra la pared varias veces. Los problemas derivados del modelo de negocio de Facebook (la publicidad basada en la obtención de cuanto más datos mejor) no harían más que aumentar en los años siguientes, pero a medida que Stamos desvelaba problemas más serios, como la injerencia rusa en las elecciones estadounidenses que acabó dando lugar a Cambridge Analytica, acabó siendo cada vez más apartado.

Frenkel y Kang sostienen que los problemas actuales de Facebook no son producto de una empresa que perdió el rumbo, sino que forman parte de su propio diseño y la descuidada cultura de la privacidad que tiene Zuckerberg, apoyado por Sheryl Sandberg, COO de la compañía.

Cabe recordar que Zuckerberg ha cambiado su tono acerca de la privacidad. En 2010, en unas declaraciones a The New York Times, aseguraba que la era de la privacidad había acabado”, en referencia al auge de su plataforma y cómo sus usuarios compartían sus fotos y vida en ella. Un mensaje que por supuesto ha cambiado en los últimos años cuando la falta de privacidad se ha convertido en su mayor problema.

Cuando la empresa era aún pequeña, tal vez se podía excusar esa falta de previsión e imaginación. Pero desde entonces, las decisiones de Zuckerberg y Sandberg han demostrado que el crecimiento y los ingresos están por encima de todo lo demás.

En un capítulo titulado del libro titulado La empresa por encima del país, las autoras relatan cómo los dirigentes trataron de ocultar a todo el mundo, incluyendo reguladores, la injerencia rusa.

El libro también recorre cómo Facebook se ha puesto más de una vez de perfil sobre los problemas de odio que se dan en su plataforma. En concreto, recoge el caso de Myanmar en 2014 cuando los activistas ya habían empezado a advertir a la empresa sobre los preocupantes niveles de desinformación en la plataforma dirigidos contra los rohingya. Pero Facebook también tuvo una respuesta tibia entonces.

Y, sin embargo, sigue creciendo

El libro va repasando todos estos casos que aunque con repercusión parece que no han acabado lastrando demasiado a la compañía, quien parece que siempre ha sabido salir indemne o al menos amortiguar el golpe mientras seguía llenado sus ingresos.

Quizá la transmutación de Facebook en FACEBOOK, la empresa poseedora de WhatsApp e Instagram ha conseguido que el usuario de a pie, a fin de cuentas interesado puramente por lo que le ofrece cada aplicación como herramienta, haya olvidado lo que ha ido haciendo el conglomerado que hay tras él.

El mensaje que deja el libro no obstante es claro. Facebook tiene una difícil solución como corrector de sus propias dinámicas internas. Y, desde luego, si se produce un cambio positivo no parece que vaya a ser impulsado por sus actuales gerentes.