En tema del contagio de coronavirus por superficies se ha hablado mucho desde los inicios de la pandemia. Primero se pensó que era prácticamente una de las causas mayoritarias de transmisión. Se puso mucho hincapié en la desinfección de calles y edificios muy frecuentados por público. También se recordó a la población cómo deben lavarse bien las manos y se dieron nociones sobre los mejores productos de limpieza cotidiana para desinfectar el hogar. Con el tiempo, se descubrió que, si bien el lavado de manos sigue siendo esencial y la desinfección de ciertas zonas también, la probabilidad de transmisión por superficies es mucho menos elevada de lo que se pensaba. Las personas que todavía desinfectaban su compra, producto por producto, comenzaron a tener dudas: ¿estaban perdiendo el tiempo? Ahora, un nuevo estudio, publicado en Nature, afianza la idea de la infección improbable por esta vía.

De repente, al estar ante una enfermedad muy mediática por razones más que obvias, vemos cómo se desarrolla un dilema que, realmente, no es nuevo. Las dudas sobre la transmisión por superficies de virus respiratorios han sido el origen de numerosos estudios, durante décadas. De hecho, resulta especialmente curioso el que llevó a cabo en 1987 un equipo de científicos de la Universidad de Wisconsin. Faltaba mucho tiempo para que la COVID-19 formara parte de nuestro vocabulario, por lo que el virus que se analizó no fue el SARS-CoV-2, sino el rhinovirus, causante del resfriado. Pero lo curioso no es la enfermedad seleccionada, sino el procedimiento del experimento, que consistió, básicamente, en dejar que los voluntarios jugaran a las cartas.

Un curioso experimento sobre la transmisión por superficies

Para el estudio, inicialmente se infectó a 8 voluntarios con el virus del resfriado. Después, se les pidió que jugaran al póker con otros 36 participantes, que se encontraban sanos. De estos 36, a la mitad se le pidió que intentara tocarse la cara lo máximo posible. En cambio, al resto se le colocaron una serie de ataduras que impedían que se llevaran las manos a la nariz o los ojos.

Las partidas duraron doce horas, tras las que se resfriaron 10 de los 18 del primer grupo y 12 de los de control. La diferencia era insignificante, por lo que parecía que el contagio había sido más por los aerosoles o las gotitas exhaladas por los individuos resfriados que por tocar las cartas posiblemente contaminadas.

Para comprobar si estaban en lo cierto, pasaron a realizar un segundo experimento. De nuevo se pidió a los enfermos que jugaran durante toda la noche. Esta vez se les animó a ellos a que tosieran y estornudaran sobre las cartas y las fichas de póker y también a que se frotaran lo máximo posible la nariz y los ojos. A continuación, esos elementos claramente contaminados se usaron en otra ronda de partidas, con todos los jugadores sanos.

Estos, por supuesto, también tuvieron que tocarse la cara lo máximo posible durante el juego. Sin embargo, ninguno de ellos enfermó.

Esto mostraba que la transmisión por superficies era mucho menos probable de lo que se pensaba. Prácticamente nula.

Entonces, ¿podemos estar tranquilos al respecto?

Una cosa es tranquilizarse y otra muy diferentes confiarse. La transmisión por superficies, tanto con el coronavirus como con otros virus respiratorios, es mucho menos probable de lo que se creía con anterioridad. No obstante, que sea poco probable no quiere decir que sea imposible. De hecho, depende también de la carga viral de la persona que haya contaminado esas superficies.

No hay más que ver el brote reciente de un edificio de Bilbao, del que han salido 33 casos. Algunos expertos apuntan a que posiblemente se trató de un supercontagiador, que dejó contaminadas superficies de uso común, como los botones del ascensor. Otra opción, según explican los científicos consultados por El País, podría ser algún problema en los sistemas de ventilación.

De cualquier modo, si finalmente se tratase de un supercontagiador, sí que podría tener una carga viral muy elevada, capaz de generar transmisión por superficies con más facilidad. Por eso, porque nunca sabemos en la situación que nos vamos encontrar, debemos seguir con la higiene de manos, especialmente después de tocar botones del ascensor, interruptores, pomos de puertas o cualquier otra superficie por la que pasen muchas manos al día. Mucha precaución, aunque sin obsesionarnos.

Lo que sí está claro a día de hoy es que las mascarillas y la ventilación son esenciales. Tanto, que si en 1987 la primera partida se hubiese jugado con mascarillas, distancia entre sillas y ventanas abiertas, posiblemente no se habría contagiado nadie.

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