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Aunque los plugs anales puedan parecernos un juguete erótico propio de la actualidad, podría decirse que ya existían a finales del siglo XIX. Eso sí, su uso por aquel entonces era muy diferente. Se les conocía como dilatadores anales del doctor Young y, supuestamente, tenían todo tipo de propiedades médicas.

Algunas contaban con cierta credibilidad. Por ejemplo, se les atribuía la capacidad de mejorar los síntomas del estreñimiento al “fortalecer y tonificar los músculos que controlan la defecación”. Sin embargo, con el tiempo la cosa se le fue de las manos al doctor en cuestión y acabó prometiendo que podían sanar o aliviar el mal aliento y el mal sabor de boca, la piel cetrina, el acné, la anemia, la lasitud, las hemorragias mentales, el insomnio, la anorexia, los dolores de cabeza, la diarrea, las hemorroides, el prolapso, las flatulencias, la indigestión, el nerviosismo, la irritabilidad y las extremidades frías. Casi casi tan útil como la homeopatía. Y, obviamente, con la misma fiabilidad. Pero veamos en qué consistían exactamente.

Las milagrosas propiedades de los dilatadores anales

Estos dispositivos comenzaron a comercializarse en Estados Unidos, en 1893. Su nombre completo era “dilatadores rectales ideales del doctor Young”.

Era algo habitual de la época comercializar productos supuestamente médicos con un nombre que los hiciera parecer prácticamente milagrosos. Así dolía menos gastar el dinero en ellos. Su apariencia, según un artículo publicado en 2001 en The American Journal of Gastroenterology, era exactamente la misma que la de los dilatadores anales actuales. Inicialmente estaban fabricados a base de caucho duro, pero este después se sustituyó por el plástico.

Sus instrucciones de uso eran claras. Primero debían calentarse con agua tibia. Una vez terminado este paso, se recubrían con un lubricante que por supuesto también vendía el doctor Young. Esto no es tan diferente a multitud de firmas actuales de medicina natural en la que todos los productos necesarios pueden obtenerse del mismo vendedor. Al menos, en el caso de los dilatadores anales esta sustancia se podía sustituir por vaselina si no había más remedio. Después, el paciente se colocaba en cuclillas o acostado de lado, para introducir el dispositivo suavemente por el recto. Una vez que los dos bordes estuvieran dentro del cuerpo, debía esperar un minuto, para que los propios músculos anales lo retuvieran. Y listo. Solo quedaba tumbarse y esperar preferiblemente media hora o una hora, aunque con diez minutos ya debían notarse los resultados.

Cabe destacar que los había de diferentes tamaños, por lo que había que empezar usando los más pequeños, de 1’27 centímetros de diámetro y 7’62 cm de longitud, e ir escalando hasta los más grandes, de 2’5 cm de diámetro y 10’2 cm de largo.

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Un negocio de casi medio siglo

Con este protocolo tan sencillo y esa oferta tan amplia de beneficios no tardaron en hacerse famosos. Aunque inicialmente provocaban cierto recelo, después todo el mundo quería probarlos. Sin embargo, el negocio no duró para siempre, pues el timo acabó saliendo a la luz algo más de 40 años después.

Fue en 1940, cuando el Fiscal del distrito sur de Nueva York incautó todo un envío de estos dilatadores anales por estar mal etiquetados.

Se concluía que estos dispositivos podrían ser peligrosos para la salud con la frecuencia habitual descrita en la etiqueta. Por eso, no solo se incautaron, sino que también se destruyeron y se prohibió su venta posterior.

Para entonces el doctor Young ya había decidido ampliar las funciones de su invento, asegurando que también curaba la locura. Así, en general.

Apenas hacía unas pocas décadas que se había desechado médicamente el término “histeria”, para hacer referencia a esa enfermedad femenina con un abanico variado de síntomas que se trataba con un masaje en los genitales hasta provocar lo que denominaba el “paroxismo histérico”. Dicho de otro modo, se las masturbaba hasta que llegaban al orgasmo. Así se les quitaban todos esos males ficticios. No estaban locas ni histéricas, obviamente, pero durante años ese fue un término muy utilizado. Por eso, no es raro que el doctor Young hubiese decidido que sus dilatadores anales también podrían tratar la “locura”. De hecho, la “histeria” dio lugar a la invención de muchos de los juguetes sexuales de hoy en día. Los plugs anales seguramente habrían funcionado también a la perfección. Lo de curar la anemia y el mal aliento ya hubiese sido otro cantar.

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