Se habla de transformación, de cambio; de cambio impuesto. Pero no es así. El esfuerzo por contener la propagación de la COVID-19 no ha generado nuevas maneras de comprar, socializar o entretenerse, ha acelerado el desarrollo y adopción de las tendencias que ya podíamos percibir en la sociedad.

Se compra más por internet porque ahora es poco menos que una obligación, pero ya lo hacíamos, y era para muchos la forma predilecta de hacerlo. También veíamos series en plataformas de «streaming» o jugábamos a videojuegos. Nuestra guerra contra el virus ha hecho que, casi por necesidad, la transformación social que estábamos viviendo poco a poco se haya completado en cuestión de semanas o meses, no años.

La guerra que luchamos ha herido de muerte a las industrias del siglo XX y propulsado las del siglo XXI. Porque toda guerra impulsa cambios en la sociedad, para bien y para mal.

Los videojuegos a otro nivel

La industria de los videojuegos, que lleva años siendo la más grande del entretenimiento a nivel mundial por encima de la música y el cine, ha adquirido un papel protagonista en este 2020. Los analistas esperan que los ingresos derivados de la producción y distribución de videojuegos crezcan un 20% en comparación con 2019 hasta los 175.000 millones de dólares. «Animar a la población a quedarse en casa y limitar su interacción social ha hecho que la gen-te recurra en masa a los videojuegos», dice Newzoo, la firma de análisis de mercado especializada en la industria de los videojuegos.

Se estima que las ventas sigan aumentando y que cuando ganemos la guerra contra el virus el crecimiento se mantenga. Porque la COVID no nos ha obligado a jugar, ha hecho que tengamos más ganas de hacerlo. Tampoco ha transformado radicalmente ni el mercado ni los patrones de los consumidores. Se han acelerado las tendencias que se comenzaban a detectar o intuir desde hace años. La más relevante: los videojuegos son una forma de socializar. Según Newzoo, jugar con otros es la segunda razón más importante a la hora de echar unas partidas durante la pandemia.

No solo de jugar va la cosa

Socializar es la tendencia estrella dentro de los videojuegos durante la última década. Se constata con el auge de Twitch o la clara relevancia de los videojuegos multijugador en tiempo real. No se puede ir a un bar y tomar unas copas o echar un partido de fútbol con los amigos, pero se puede hablar por Discord y pasar un buen rato jugando unas partidas.

Como en cualquier otra actividad, se llega a un plano de disfrute superior cuando se realizan con personas que comparten tus intereses y te ofrecen buenos momentos. Por ello, juegos como Fall Guys o Among Us han sido tan populares* durante la cuarentena: ofrecen un entorno idóneo para que cualquiera pueda jugar y pasar un buen rato acompañado de familiares o amigos.

Proponen lo mismo que títulos como League of Legends o Counter-Strike, pero de una forma más casual, directa y fácil de entender y disfrutar. Que el revuelo que genera el lanzamiento de una nueva consola sea comparable al de un nuevo iPhone o que miles de personas puedan conectar en directo con futbolistas de primer nivel como el Kun Agüero mientras retransmite cómo juega dejan patente que los videojuegos no son solo una vía de entretenimiento pasajera o un escape temporal, son parte de nuestras vidas, conversaciones y pensamientos.

La lucha contra la COVID-19 lo ha hecho, solamente, más patente

Somos seres sociales, y seguimos socializando como siempre. Solo cambia la forma en la que lo hacemos. Las facilidades que brinda internet, y los tiempos en guerra contra la expansión del virus han acelerado que adoptemos y normalicemos jugar a videojuegos como un modo más para pasar un buen rato o conectar con la gente que nos importa.

Sin embargo, deberíamos ver con cautela y cierto recelo cómo lo que ahora realizamos por imperiosa necesidad se puede convertir paulatinamente en la principal vía de mantener el contacto con los demás.

Jugar ofrece cada vez más libertad, desafíos cuidadosamente ideados para obtener un refuerzo positivo constante, dosis constantes de dopamina y un claro componente social que te hace desconectar y pasarlo bien.

Dentro de una partida, poco importa lo que haya detrás de tu vida. Las condiciones de tu entorno, estatus social o posición económica quedan relegados a un segundo plano. No se te juzga por tu aspecto, indumentaria o el teléfono que usas. Además, la libertad que te dan los videojuegos engancha porque está carente de consecuencias directas en tu vida cotidiana. Si cometes un error dentro de un videojuego sabes que hay una vida más, que puedes empezar una nueva partida o que puedes cambiar de juego. En la vida real no. Y si comparamos vivir con jugar, vivir puede dar miedo.

En el juego controlas a tu personaje con unas cartas a jugar que son iguales para todos, pero en tu vida te controlas solo a ti con las cartas que te han sido dadas, y que por supuesto no son iguales que las de los demás.

El canto de las sirenas

Los videojuegos encandilan al jugador por eso: es socializar, es divertirse, es vivir sin todo lo malo que a veces tiene la vida. Dentro de los videojuegos tú decides con quién hablar y con quién jugar, cuando quieras, desde la comodidad de tu salón o habitación. Es normal que cada vez nos guste más jugar, jugar con los demás, con personas que comparten nuestras aficiones o sentido del humor.

¿Existe una gran diferencia entre un grupo de amigos que queda para ir a tomar algo y uno que juega una partida un sábado por la noche? El problema existe cuando se usan los videojuegos como refugio, porque es infinitamente más sencillo afrontar problemas y ser tú mismo dentro que fuera de ellos. Los videojuegos ofrecen experiencias sociales divertidas, directas y logran hacer que los problemas, pesares y desafíos incrustados en las mentes del jugador se desvanezcan porque ahora el jugador está inmerso en otro mundo. Las consecuencias dentro del videojuego son mucho más atractivas que las consecuencias que ofrece vivir, y equivocarse y errar constantemente.

Cuando salgamos victoriosos, y dobleguemos a la COVID-19 tendremos que preguntarnos si jugamos porque nos apetece, porque no hay mejor plan o porque, sin darnos cuenta, hemos hecho que jugar videojuegos sea nuestra principal forma de socializar. Porque tememos los desafíos, consecuencias y dificultades que presenta hacerlo en la vida real, la que se nos ha obligado a vivir, de la que solo tenemos un crédito.

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