Corría 1918 y, aunque el mundo aún no lo sabía, esa extraña gripe que se estaba extendiendo con enorme rapidez iba a convertirse en una de las pandemias más recordadas de la historia. La bautizada como gripe española, que terminó dejando tras de sí un reguero de más de 50 millones de fallecidos, no fue la primera pandemia de la historia –la plaga de Atenas tiene ese dudoso honor–, ni la más mortal –que fue la peste negra–, pero sí es una de las más recordadas.

La del coronavirus (Covid-19), carente ya de necesidad de presentación, marcará también un antes y un después. No por su elevada mortalidad (aunque la cifra de fallecimientos encara ya los 2 millones de personas), pero sí por el momento en el que se da y por la gran disrupción que ha conseguido provocar a lo largo del mundo.

En un momento en el que la tecnología, los avances científicos, la higiene y medidas sanitarias son mayores que en cualquier otra época anterior, el coronavirus ha logrado paralizar al mundo entero. De la noche a la mañana, la vida de miles de millones de personas cambió, en muchos casos para siempre. Repasamos lo que la pandemia deja en un año que todos quieren que sea ya cosa del pasado.

Cambiando la mentalidad colectiva

No es complicado recordar la sensación de irrealidad, desconcierto e incredulidad reinante durante las primeras semanas desde el golpeo de la crisis sanitaria. La Covid-19 aún no había ascendido a la categoría de pandemia, pero los muertos se contaban por centenares y las camas UCI de los hospitales comenzaban a llenarse.

Un choque todavía más agresivo con el comienzo de los confinamientos en diferentes países alrededor del mundo, la obligatoriedad del uso de mascarilla y la estricta recomendación de evitar las reuniones con personas fuera del núcleo más próximo. Las calles desiertas, la desolación en las miradas.

Lo que la pandemia nos deja en el aspecto social será algo cuya profundidad en totalidad, probablemente, habrá que discutir en el largo plazo. Sin embargo, sí es posible cuantificar aspectos de los que ya se están viendo las consecuencias, como el desarrollo de la vacuna o el de nuevas estrategias contra posibles catástrofes futuras.

Necesidad urgente

La vacuna que estos días comienza a ser inoculada no es solo la más esperada por una vasta mayoría de las personas del mundo moderno, sino que ha supuesto también un esfuerzo sin precedentes. Con una pandemia sin tratamiento conocido desplegando sus alas a lo largo y ancho del globo, obligando a cerrar economías y provocando estragos a todos los niveles, el antídoto urgía, y no poco.

De este modo, distintas empresas de todo el mundo comenzaban una carrera contra el reloj para encontrarlo. Con inversiones públicas y privadas, y el interés latente de gobiernos y ciudadanos, la relevancia de la investigación y el desarrollo científico se ha hecho patente en 2020 como pocas veces antes. Al menos, no de manera tan clara para la sociedad en conjunto.

Las vacunas que comienzan a ver la luz menos de un año después de la expansión de la enfermedad son la prueba palpable de un esfuerzo sin precedentes destinado a devolver al mundo a su normalidad anterior. Uno que no habría sido posible, desde luego, sin recursos e investigadores cualificados para ello, a menudo olvidados por administraciones y gobiernos.

Las pandemias del futuro

Aunque no se sabe cuándo, parece claro que esta no será la última pandemia a la que la raza humana tendrá que hacer frente. La experiencia deja patente que estos sucesos se repiten en el tiempo, con causas e incidencias diversas. Así las cosas, otras podrían venir en futuro no demasiado lejano.

Ante ello, tanto equipos científicos como organismos públicos han declarado la intención de poner marcha mecanismos que permitan adelantarse a la próxima pandemia y responder mejor ante la misma. Porque si de algo ha servido el coronavirus es para poner en evidencia que ningún país estaba realmente preparado para hacer frene a una nueva enfermedad de estas características.

Trabajar, pero de forma diferente

Otra de las grandes consecuencias que deja tras de sí 2020 es, naturalmente, el aumento del teletrabajo. Aumentando de manera forzosa por el desarrollo de la pandemia, parece que sus implicaciones se extenderán mucho más allá después de esta.

Así, firmas de todos los tamaños han puesto a sus trabajadores a operar desde sus respectivos hogares. Un hecho que ha provocado que, en el caso de los grandes núcleos poblaciones, muchos se planteen abandonarlos para cambiar su residencia a lugares más apacibles y con otro estilo de vida.

De este modo, ciertas zonas de España, por ejemplo, se antojan de lo más atractivas para el talento mundial en busca de un nuevo hogar. Liberados de la necesidad de acudir a diario a una oficina, pueden elegir dónde y cómo quieren vivir su vida de una manera más acorde a sus necesidades personales. En Silicon Valley hay quien habla ya de éxodo, con trabajadores escapando hacia lugares de rentas más bajas.

Huelga decir, eso sí, que las condiciones que muchos han sufrido en su periodo de teletrabajo han distado de ser las mejores. Espacios poco optimizados para ello, a menudo compartidos con otras personas en el hogar y con quizá no los mejores equipos para poder desempeñar la actividad, son múltiples los casos en los que el trabajo en remoto ha distado de parecerse a algo idílico.

Un futuro más cerca del hogar

A pesar de que el trabajo en remoto había estado cogiendo impulso de manera reciente, la pandemia del coronavirus ha dado el empellón definitivo a una tendencia que, bien mirado, no podía resultar más acorde a los tiempos que corren.

En un momento en el que la tecnología todo lo rodea, estamos más preparados que nunca para afrontar el teletrabajo. Naturalmente, el cambio tiene que venir acompañado de políticas adecuadas tanto por parte de las empresas como de los organismos públicos, que ayuden a consolidar esta tendencia.

Una que, como se ha mencionado, puede resultar ciertamente beneficiosa para ciertos lugares alejados de las grandes ciudades. Estos, menos conocidos o no considerados hasta ahora como posible sitio de residencia habitual por las escasas opciones de empleo en determinados sectores, podrían hacer uso del resto de sus cualidades para atraer a personas que vayan a desempeñar su trabajo desde el hogar.

Un año centrado en internet

Sumado a lo anterior, cabe destacar que 2020 ha sido el año en el que internet ha reinado de manera indiscutible en la vida de millones de personas con especial candor.

A él se ha recurrido en los días de confinamiento para hablar con allegados y familiares a través de WhatsApp; para jugar partidas online al Among Us con los amigos; crear y ver vídeos en TikTok; o informarse de las últimas noticias sobre la pandemia y comentarlas, al momento, en Twitter.

El papel que la red de redes, omnipresente en el núcleo de la sociedad moderna desde hace años, ha jugado en un año como este ha sido de enorme calado.

Del streaming a las compras online

Cuando el mundo real ha mostrado los dientes con fiereza, el mundo virtual ha resultado ser el cobijo más propicio. Una tendencia que, como ocurría con otras mencionadas, ya estaba en alza antes, pero que sale reforzada de cara a los años venideros.

Bien lo saben plataformas como Disney+, cuyo recién estrenado servicio cosecha ya un gran número de suscriptores alrededor del planeta, en parte achacables al aumento generalizado del consumo de este tipo de contenido. También en Twitch, donde figuras como Ibai Llanos han sabido obtener un gran rédito de la necesidad de contenido fresco y constante por gran parte de la población joven.

Ni qué decir tiene que las compras online también han sido un eje del comercio como nunca antes, facilitando la continuidad del mismo en momentos de cuarentenas y cierres decretados. Los gigantes del comercio electrónico salen de esta pandemia más reforzados, mientas que el consumo colectivo ya ha virado de manera irrevocable hacia estos canales.

Un año, en definitiva, peculiar como ningún otro, del que salen reforzadas estrategias, modelos y estructuras que continuarán generando su impacto a lo largo de 2021. Algunos, quizá para siempre; otros, puede que no. Los doce meses que ya se van, al fin y al cabo, han demostrado que nada debería darse por sentado.

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