Varias cosas pueden explicar que la minierie El desorden que dejas, creada por el gallego Carlos Montero este 2020, se haya colado entre lo más visto de Netflix en España. La primera es el currículum de su responsable. En especial, por uno de sus títulos: la exitosa Élite (desde 2018), que ideó mano a mano con el murciano Darío Madrona. Tal vez pueda decirse que White Lines (Álex Pina, 2020) no ha corrido la misma suerte pese a que a su autor le debemos la celebérrima La casa de papel (desde 2017), la cual le gusta hasta a Stephen King. Pero la atención del respetable es veleidosa.

Y, en cualquier caso, quizá Carlos Montero ya se encontrara antes en el punto de mira de bastantes espectadores lo suficientemente interesados como para seguirle. O no, y el público vaya a ciegas. Pero, al margen de lo que mereciesen los proyectos previos en los que ha estado implicado de la crítica, la buena audiencia los acompañaba. Desde Al salir de clase (1997-2002) y El comisario (Ignacio del Moral y Joan Barbero, 1999-2009) hasta Física o química (2008-2011) y El tiempo entre costuras (Susana López Rubio, 2013-2014). Sin olvidar aquellos largometrajes para los que ha escrito otros guiones.

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Estos tres: Combustión (Daniel Calparsoro, 2013), con el extremeño Jaime Vaca y el propio director barcelonés; No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas (María Ripoll, 2016), con su paisano Breixo Corral; y Gente que viene y bah (Patricia Font, 2019), con Darío Madrona nuevamente. Las dos últimos, según los libros de la española Laura Norton. Por otro lado, el segundo aspecto que aúpa a El desorden que dejas hasta el top de Netflix es un reparto con caras conocidas. Y, en fin, los lectores que disfrutasen la novela homónima, del propio Carlos Montero, se contarán entre los que hayan decidido ver su adaptación.

No en vano, la editorial Espasa asegura que ha vendido 100.000 ejemplares de esta obra ganadora del Premio Primavera 2016. Sin embargo, es posible que todo lo anterior sirva de anzuelo para que los suscritos a Netflix empiecen a ver El desorden que dejas. Pero lo que logra que prosigan con un capítulo detrás de otro es que el misterio de su thriller engancha. Le ocurre algo similar a Los favoritos de Midas (Mateo Gil y Miguel Barros, 2020): su realización es decorosa pero jamás brillante, y sostiene el interés de la audiencia por el propio enigma que propone y los turbios elementos narrativos de los que se constituye.

Está contada mediante lo que viven dos mujeres distintas, Raquel Valero (Inma Cuesta) y Viruca Ferreiro (Bárbara Lennie). Es como un tejado a dos aguas por el que se desliza la persistente lluvia gallega, que en su camino sorprende por la naturaleza singular de su estructura. Sin privarse de trucos conjuntivos, que se ven muy claros a posteriori aunque nos los olamos, ni de diversos montajes paralelos para el mismo propósito. La intriga de El desorden que dejas, que se va elaborando en modo puzle, arranca sin titubeos con una amenazante escena inicial, y se sumerge de cabeza en el drama de cada una de las protagonistas.

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Y nos ofrece detalles oníricos, pesadillescos, no muy elaborados ni originales pero sí de agradecer para variar. Como el recurso de dirigirse a la cámara. O que cuente con un elenco cumplidor, desde las mencionadas Inma Cuesta y Bárbara Lennie (Todos lo saben), pasando por Tamar Novas (Mar adentro) como Germán Araujo y Roberto Enríquez (Gordos) en la piel de Mauro Muñiz, o Arón Piper (Élite) y los novatos Roque Ruiz e Isabel Garrido como Iago Nogueira, Roi Fernández y Nerea Casado, hasta Federico Pérez (La sombra de la ley), Alfonso Agra (La vida que te espera) y Susana Dans (Fariña) en los roles de Demetrio Araujo, Tomás Nogueira y Marga.

Algún momento que nos trae a la memoria ingredientes de Lost (J. J. Abrams, Damon Lindelof y Jeffrey Lieber, 2004-2010), una serie en las antípodas de El desorden que dejas, nunca mejor dicho. Todos los episodios concluyen con un golpe dramático para azuzar más la curiosidad esperable de los espectadores. Y hay uno muy específico que puede ser enormemente doloroso para determinada clase de personas, que están al tanto de lo que sienten o que pueden suponer lo que están sintiendo los personajes por sus propias experiencias. Un triunfo de veracidad y capacidad empática que Los favoritos de Midas ni huele, y que le remueve a uno por dentro. Muy bien ahí, Carlos Montero.

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