Actualmente el planeta está sumido en una pandemia que ha causado ya más de 700.000 fallecimientos en el mundo. Pero también de una infodemia, que se ha cobrado alrededor de 800 víctimas en los últimos meses. Las muertes provocadas por bulos relacionados con el coronavirus se están convirtiendo en algo peligrosamente común, especialmente en algunos países.

Si bien no hay una cifra oficial, un estudio internacional llevado a cabo recientemente y publicado en The American Journal of Tropical Medicine and Hygiene establece que son muchas más de las que podríamos imaginar.

El peligro de las muertes causadas por bulos

Durante el transcurso de su investigación, los autores de este estudio se dedicaron a analizar diferentes bulos y teorías conspiratorias publicadas en plataformas online de todo el mundo.

En total encontraron 2.300 de estos rumores, publicados en 25 idiomas, desde 87 países diferentes.
Si bien los había de todo tipo, destacaban principalmente los que ofrecían remedios para prevenir el coronavirus basados en la ingesta de alcohol y otros desinfectantes.

Destaca un caso acaecido en Irán, donde entre el 20 de febrero y el 7 de abril murieron 728 personas, 5.875 fueron hospitalizadas y 60 perdieron la vista. Los fallecimientos tuvieron lugar después de que todas esas personas bebieran metanol. Al igual que el etanol, este es un alcohol, pero está compuesto por una molécula más corta. Se usa habitualmente como anticongelante o disolvente, pero no como desinfectante, ya que resulta muy tóxico. Se conocen numerosos casos de personas que han fallecido o han quedado ciegas por consumir bebidas adulteradas con este alcohol, que jamás debería ingerirse. En cambio, esta vez no ha sido un incidente ni el fruto de una adulteración, sino las consecuencias de un bulo que aseguraba que su consumo podría prevenir o curar la COVID-19.

Pero estas no han sido las únicas muertes provocadas por bulos relacionados con el SARS-CoV-2.

Más ejemplos

Este estudio apunta también al fallecimiento de 30 personas en Turquía y 2 en Qatar por beber desinfectantes o gel hidroalcohólico. Algo parecido ocurrió en la India, donde doce personas, cinco de ellas niños, enfermaron al tomar un alcohol derivado de las semillas tóxicas de la datura. El motivo por el que lo hicieron fue un bulo que circulaba por internet y aseguraba que esta sustancia podría reforzar notablemente el sistema inmunitario.

La orina, el estiércol de vaca, las soluciones de plata y, por supuesto, la lejía son otras de las sustancias que más intoxicaciones de este tipo han provocado.

Y lo peor es que incluso las noticias con cierta base científica, en manos equivocadas, pueden ser peligrosas. En el estudio citan el ejemplo de una iglesia de Corea del Sur en la que 100 personas enfermaron después de ser rociadas con agua salada. Es cierto que se ha estudiado que el agua salada de la playa podría afectar al coronavirus. No obstante, eso no significa que sea un buen medio para desinfectar superficies y mucho menos personas. De cualquier modo, en principio no tendría por qué haberles ocurrido nada malo, simplemente no habría servido de nada. El problema fue que, para empeorar las cosas, el agua estaba contaminada con otros patógenos, de ahí que tantos de los asistentes al templo enfermaran.

La información con base científica debe ser siempre manejada o al menos confirmada por personas expertas en la materia. Por eso es tan peligroso a veces que se difundan noticias reales, pero sin revisar por pares, o información dirigida solo a público especializado.

Por desgracia, aún tendremos que convivir un tiempo con esta pandemia. Habrá que lidiar con la posibilidad de contagio, pero también con todos esos mitos y rumores que se alimentan de nuestros miedos y nos pueden llevar a cometer errores fatales. No son solo los que nos hacen beber lejía. También son un peligro los que nos invitan a no usar la mascarilla, alegando sin ninguna evidencia científica que causa hipoxia. O los que acusan a la futura vacuna de controlarnos. Ante todos ellos, es importante contrastar la información y asegurar que no difundimos nada que no sea cierto. Solo así podremos combatir las muertes provocadas por bulos. A todos los niveles.