¿Qué distingue a todas las películas de Judd Apatow? Que al parecer el realizador neoyorquino está obsesionado con un tema en específico: las experiencias que brindan las pequeñas derrotas que conlleva el tránsito a la vida adulta. Puede parecer un tópico muy machacado en el cine actual y quizás, lo es, pero en manos de Apatow, esa inocencia perdida, trágica, corriente e incluso un poco vulgar, se convierte en algo más sensible y al final, emocionante. Todo lo anterior podría resumir la premisa principal de su más reciente película, The King of Staten Island (2020), una historia levemente cínica sobre los rituales de paso de la adultez y, en especial, ese momento de ruptura inevitable cuando la vida corriente exige abandonar toda la ingenuidad de la adolescencia.

En manos menos hábiles, la película sería una confusa mezcla de clichés sobre hombres rozando la treintena que se niegan a envejecer. Scott Carlin (Pete Davidson), es un hombre adulto que se niega a serlo y muestra en pantalla todo el pesar existencial que le abruma por el mero hecho de encontrarse al borde de una madurez que no entiende del todo. No tiene trabajo, ningún grado académico, es miserable en el amor y va de un lado a otro, sin saber muy bien qué esperar del futuro. Apatow toma un tema universal — el desencanto de finales de la veintena — y lo transforma en una comedia incómoda sobre la búsqueda de significado en medio de los avatares de las responsabilidades del hombre común.

Lo hace, además, con una sutileza que se agradece y que convierte a Scott en algo más que un musculado irresponsable en busca de la risa fácil, que también lo es en cierta medida. Pero el truco con Apatow es lograr encontrar el equilibrio entre el estereotipo blando y algo más elaborado, algo que logra con éxito en The King of Staten Island.

The King of Staten Island y su fórmula del éxito

Claro está, Apatow sabe cómo hacer reír y lo logra con sus fórmulas habituales: Scott vive en la casa de su madre Margie (Marisa Tomei) y su hermana pequeña Claire (Maude Apatow), una adolescente convencida que necesita abandonar la casa materna lo más rápido y de la manera más sencilla que pueda. Huérfanos de padre — un bombero muerto en un acto heroico — la familia tiene algo de un naufragio en medio de la cotidiano y, en especial, alrededor de una figura ausente que toma realce a medida que la trama hace inevitables comparaciones insidiosas sobre el comportamiento de Scott y el poderoso recuerdo de su padre.

La idea sobre la presión de la figura colosal — realzada e idealizada a través de la memoria — no sólo aplasta a Scott, sino también se convierte en la obligada referencia de la familia sobre todo lo que un hombre puede ser y el hijo mayor no es. Apatow juega con sabiduría con la noción sobre la competencia, la envidia trágica y al final, la decepción íntima de no sólo no lograr ser como la figura del padre ausente sino encontrarse en mitad de un espacio anónimo, en el que Scott va de un lado a otro en busca de identidad, sin lograr encontrarla del todo.

El personaje es la suma de lo que parece todo tipo de traumas y dolores. Cascarrabias, cínico, de vez en cuando miserable, también pierde el control de la ira con excesiva facilidad y durante los primeros minutos de la película — en los que protagoniza un velado intento de suicidio — queda claro, que más allá de su aparente actitud mezquina y perezosa, hay un dolor profundo que palpita bajo la superficie.

Scott va de la pasividad profunda a la ira instantánea, lo que hace que sea una bomba a punto de estallar dentro y fuera de casa. Desde la intención de estropear la fiesta de graduación de su hermana Claire — atención al cuidado en la coreografía que pone Apatow para mostrar el sufrimiento de su personaje — hasta sus escasos momentos de silencio, Scott es una colección extraña de todo tipo de pulsiones: por momentos un adolescente díscolo y, en otros, un hombre profundamente deprimido. La película observa con cuidado su voluble recorrido hacia cierta paz mental que aspira sin saber cómo lograr.

El equilibrio perfecto

Apatow vuelve a sus lugares favoritos al crear personajes entrañables, que a la vez son desagradables y finalmente, del todo conmovedores. The King of Staten Island es una combinación inteligente y acertada de un humor incómodo y también, de una reflexión pausada y dura sobre la vida adulta. Scott es vulgar, impenitente y agresivo, pero también, es consciente de que necesita luchar por llegar a un punto del futuro en que su vida resulta satisfactoria. Eso o morir, piensa el personaje en más de una ocasión. Una amenaza que preocupa porque podría llegar a cristalizarse. Y es quizás, ese reborde oscuro y latente — Apatow toma la curiosa decisión de brindar cierto dramatismo a un trama que podría no tenerla — , lo que hace que la película sorprenda y supere las expectativas.

Si antes el director fue acusado de simplificar situaciones crudas y usar el humor de manera superficial, en The King of Staten Island no sólo sorprende para reflexionar sobre temas inesperados, sino para en el segundo tramo de la película para convertir el argumento en una historia de superación, esperanza y, por supuesto, bromas pesadas. En medio de la improbable combinación, el film logra momentos brillantes y en especial, una búsqueda elocuente y sincera sobre algo más profundo de lo que aparentaba en primer lugar.

Para cuando Scott levanta los brazos para celebrar su primer triunfo — uno de tantos que le esperan una vez que toma la decisión de avanzar —, Apatow encuentra un curioso equilibrio entre lo bueno y lo malo, el miedo y el dolor para llegar a una percepción de la vida como una gran escuela. Un aprendizaje perpetuo que se enlaza con algo más complejo. Quizás, la madurez de un hasta ahora, menospreciado director.