Decían que con el calor a lo mejor nos librábamos del coronavirus. A la vista está ya que no ha sido así. En verano no estamos exentos de contagios. Afortunadamente podemos socializar más al aire libre, reduciendo la posibilidad de contraer la enfermedad, pero también tenemos más tiempo de interactuar con otras personas, pudiendo aumentar los riesgos. Además, en esta época se suman a la ecuación ciertos factores que pueden llegar a generar algo de miedo. Es, por ejemplo, el caso del posible contagio del coronavirus a través de mosquitos.

Son muchas las enfermedades para las que estos insectos actúan como vector, desde la malaria hasta el zika. Por eso, inicialmente es un razonamiento lógico pensar que pudiera ocurrir algo similar con la COVID-19. Por suerte, hay motivos suficientes para acabar con estas sospechas. La propia OMS ya explicó en su momento que no había evidencias que sugirieran que este virus pueda ser transmitido a través de mosquitos. Pero ahora no solo no hay evidencias de que ocurra. Hay pruebas de que no puede ocurrir. No es una sorpresa, pero sí un nuevo factor de tranquilidad.

Coronavirus a través de mosquitos, una vía imposible

Existen dos razones principales por las que ya se asumía que no es posible que se transmita el coronavirus a través de mosquitos.

Para empezar, se trata de un patógeno respiratorio, que se transmite entre humanos principalmente a través de gotículas emitidas al hablar, toser, estornudar o incluso respirar. Recientemente también se ha reconocido su posible transmisión a través de aerosoles y, por otro lado, es bien conocida la posibilidad de que se contagie por contacto con objetos contaminados.

En todos los casos, se transmite a través de mucosas respiratorias, como la nariz o la boca, aunque también los ojos. Por lo tanto, no hay evidencias de que se pueda transmitir a través de la sangre, ya sea por la de un paciente infectado o por la “inyección” del virus directamente en el torrente sanguíneo, como cabría esperar de un mosquito.

Por otro lado, como ya explicaba el pasado mes de marzo en The Conversation el profesor de la Universidad de Sydney Cameron Webb, el camino que debería recorrer el virus desde que entra en el organismo del insecto es demasiado largo. Y es que, una vez que este ingiriera sangre contaminada, el virus pasaría directamente a su intestino, cuyas células serían las primeras en infectarse. De ahí debería viajar hasta las glándulas salivales, un periplo sencillo para patógenos adaptados para su transmisión por esta vía, pero no para uno cuya “especialidad” es viajar en pequeñas gotitas directamente a su destino.

La última prueba

Numerosos expertos han tranquilizado con estos argumentos a la población prácticamente desde el inicio de la pandemia. Además, se había demostrado que ni el SARS-CoV-1 ni el MERS-CoV podían infectar insectos, por lo que no había motivos para pensar que este sí lo hiciera.

Sin embargo, en busca de una nueva prueba de tranquilidad, un equipo de investigadores del Biosecurity Research Institute (BRI) de Kansas decidió comprobarlo también para el SARS-CoV-2. Para ello, infectaron ejemplares de tres de las especies de mosquitos más extendidas y asociadas a contagio de enfermedades: Aedes aegypti , Aedes albopictus y Culex quinquefasciatus.

Una vez que lo hicieron, observaron que el virus no podía replicarse en sus organismos, por lo que era imposible que emprendiera ese viaje hacia sus glándulas salivales.

Esta nueva prueba de la imposibilidad del contagio de coronavirus a través de mosquitos se ha expuesto recientemente en un estudio publicado en Scientific Reports. Con ella, podemos estar totalmente tranquilos y recordar que, en definitiva, para evitar contraer la COVID-19 las mascarillas, el lavado de manos y el distanciamiento son nuestros principales aliados. Los repelentes pueden prevenir muchos males, pero este concretamente no es uno de ellos.

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