Durante esta pandemia hemos visto que de repente las redes sociales están llenas de epidemiólogos, virólogos y demás expertos. El tema nos afecta a todos y por eso nos vemos con el derecho de opinar. Y realmente podemos, pero sin olvidar que no tenemos conocimientos suficientes para discutir el criterio de quienes tienen una formación y experiencia específicas. Esto puede parecer algo muy nuevo, pero en realidad no hay más que ver algunos de los comportamientos que tuvo Isaac Newton en la epidemia de peste del siglo XVII.

Es más que conocido todo el trabajo que sacó adelante en su área de conocimiento durante aquella cuarentena. El cierre de su universidad le aportó el tiempo libre necesario para comenzar a dar forma a algunas de las leyes más importantes de la física. No obstante, una vez finalizado el confinamiento, también tuvo tiempo para meter la pata en otras áreas para las que disponía de menos formación.

Es el caso de una receta a base de vómito de sapo, que supuestamente resultaba infalible para tratar la peste bubónica. Hoy en día sería maravilloso decir que eran deslices de una época mucho menos avanzada que la nuestra. No obstante, más de tres siglos después, vivimos en un mundo en el que el presidente de los Estados Unidos sugiere la inyección de lejía como tratamiento para el coronavirus y un actor porno se encuentra detenido por intentar tratar la adicción de un amigo haciéndole fumar veneno de sapo. Quizás hayamos avanzado menos de lo que creemos.

La receta de Newton en la epidemia de peste negra

Isaac Newton tenía una mente ávida de conocimiento, dispuesta a aprender sobre muchas áreas, más allá de la física.

Por eso, tras la reapertura de su universidad, el Trinity College de Cambridge, quiso aprender más sobre la enfermedad que había tenido a tantos ingleses recluidos. Uno de los mayores expertos de la época era el médico Jan Baptist van Helmont, quien en su obra De Peste había narrado las conclusiones de todos sus estudios durante la epidemia.

Fue precisamente este libro el que inspiró a Newton para hacer sus propias investigaciones sobre el tema. Hubo algunas muy acertadas. Por ejemplo, describía los peligros de tocar objetos contaminados por la peste (eso nos suena de algo en la actualidad). No obstante, el delirio comienza cuando se atreve a describir su propio tratamiento para paliar la enfermedad. En una nota plasmada directamente sobre el libro de van Helmont, expone que el primer paso es dejar un sapo colgado por las patas en una chimenea, durante tres días. Una vez que este vomita una mezcla de fluidos digestivos e insectos, esta se recoge y se mezcla con los restos secos del anfibio. El resultado es un polvo, con el que se pueden hacer unas pastillas que, supuestamente, evitan el contagio de la peste bubónica.

La receta pasó desapercibida

Afortunadamente, aquella receta descrita por Newton en la epidemia de peste no llegó a difundirse entre la población.

Sus escritos sobre otras áreas no gozaron de la misma fama que los que trataban sobre física. La mayoría de ellos fueron a parar después de su muerte a un archivo guardado por su sobrina, Catherine Conduitt, y permanecieron en el olvido durante años.

Con el tiempo, muchos de esos documentos se repartieron entre universidades y compradores privados, más por su autoría que porque realmente tuvieran algún valor científico.

Y así fue como, en la actualidad, han llegado a subastarse por una gran cantidad de dinero. Un trabajador experto en libros de una de estas empresas, Darren Sutherland, explicaba recientemente en declaraciones a The Guardian cómo el hecho de estar viviendo otra pandemia ha revalorizado aquellas notas.

Se calcula que se venderán por un precio situado entre los 80.000 y los 120.00 dólares. Al menos, la compra se hará como lo que realmente fue: una anécdota más de un extravagante genio de la física.

Si hay algo que podemos aprender de aquello es que incluso aquel genio erró estrepitosamente cuando pretendió inmiscuirse en el área de la salud. Y la población lo sabía. En cambio, aun con toda la comunidad científica insistiendo en la necesidad de cautela, miles de personas se han lanzado a la búsqueda desesperada de cloroquina, al escuchar a sus políticos recomendarla y otros tantos siguen convencidos de que tomar un poquito de lejía puede prevenir el coronavirus. No somos mucho menos crédulos que entonces. Aunque, quizás, haya algo que no ha cambiado: nos empeñamos en escuchar a políticos y gurús de todo tipo, pero desoímos los consejos de los científicos. Quizás por eso no hicieron caso a Newton.

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