westworld distopía
– Abr 6, 2020, 18:01 (CET)

‘Westworld’ toma una nueva dirección: todas las dudas del cuarto capítulo de la temporada

Las líneas argumentales en Westworld se hacen más confusas: de pronto toda la revolución de la Inteligencia artificial que lidera Dolores, es también un reflejo de las múltiples intenciones y ambiciones de la sobreviviente más poderosa del parque. El capítulo cuatro fue no solamente una revelación s de la serie con respecto a la psiquis de sus personajes principales, sino también un recorrido circular por los terrores, paranoias e inquietudes de un argumento en el que cuestionamiento de la identidad lo es todo.

Dolores es codiciosa, pero también la encarnación más fidedigna de todo lo que Robert Ford imaginó para su siniestra atracción insular. En el capítulo cuatro de la temporada, Westworld muestra algunas de sus cartas esenciales para comprender el sentido y la forma del inminente enfrentamiento entre humanos y androides. No queda duda que Lisa Joy y Jonathan Nolan, lo realmente importante es la forma en cómo las fuerzas contenidas en el antiguo parque se rebelan contra el origen de su creación y renacen con una potencia renovada e independiente, que sorprende por su planteamiento eficaz. No obstante, la serie falla en cierta medida al presentar los conflictos a lo que el grupo de sobrevivientes de los parques y las intenciones de Dolores, deberán enfrentar.

La serie había dejado pistas sobre la posible identidad de la falsa Charlotte Hale. Ahora revela en todo su esplendor el caleidoscópico y siniestro juego que Dolores trama con una habilidad que roza la crueldad en estado puro. Convertida en la única sobreviviente de la matanza en Westworld, su posterior toma y finalmente las puertas abiertas de La Forja, el personaje interpretado por la actriz Evan Rachel Wood, demuestra de nuevo que la inteligencia artificial concebida dentro de los misterios tecnológicos de Delos, carece de cualquier rasgo motor más allá de la necesidad de enfrentarse a los límites de su propia naturaleza. Como si de un fractal se tratase, el guion revela que Dolores comprendió bastante pronto que los límites de su existencia dependen de su habilidad para responder a los parámetros que Robert Ford creó para ella. Y esa convicción se sostiene sobre una permanente mirada acerca del poder intuitivo y codicioso que la impulsa enfrentarse al mundo humano.

Hace una semana, Dolores le decía a una angustiada Charlotte “nadie te conoce como yo” para después agregar “tú me perteneces”. La siguiente escena muestra a ambas androides abrazadas en la cama, con la gestualidad simple de niños huérfanos abandonados en un mundo enorme a punto de devorarles.

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El capítulo cuatro desentraña las últimas dudas y brinda sentido a las palabras de Dolores, y también a su más profundo significado: queda claro que todo el poder está en manos de esa extraña herencia de Ford, que abandonó el parque en busca de su libertad y ahora es algo más que una criatura portentosa en los límites de la tecnología de punta.

¿Quién es Dolores? Se pregunta el argumento de la serie varias veces y la respuesta es tan intrincada como temible: no solo es Charlotte Hale, sino cada una de las personalidades que sea necesario, para llevar a cabo un plan definido. Dolores tomó la inquietante decisión de copiar su propia conciencia y lo hizo desde las distancia convencida que nadie más podría hacer la Revolución que imaginó mejor que ella. Y ahora, esta versión de la realidad convierte al personaje en el centro mismo de una historia en el que comienzan a descollar los rostros esenciales.

Lo interesante de la propuesta del capítulo cuatro de Westworld es la autoconciencia y el hecho de proclamar a Dolores como la encarnación de todas las deficiencias y sublimaciones de la inteligencia artificial, además de demostrar el poder a través de las distintas capacidades de la memoria replicada una y otra vez. Desde la frágil Charlotte hasta el poderoso Musashi (Hiroyuki Sanada), convertido en el jefe yakuza de Singapur y dueño de docenas de barriles de líquido amniótico androide, es evidente que Dolores coordina una rebelión elegante que no admite errores.

Por supuesto, hay algo engañoso en el descubrimiento central del capítulo: si la semana anterior el argumento jugó las piezas de un pequeño misterio alrededor de la personalidad de Charlotte Hale, ahora la certeza de su personalidad sabe a poco, como si la rápida explicación que Dolores siempre ha sido Dolores y que nadie más tiene acceso al poder que detenta, fue una explicación apresurada hacia visiones más complicadas de este universo que comienza a parecerse demasiado a una lucha venial al entre el bien y el mal.

Todos los miedos del mundo

William (Ed Harris) regresa es lo que parece ser más un cameo del actor que una aparición a toda regla. De nuevo, el hombre de negro se enfrenta a sus terrores dentro de lo que parece ser una crisis de locura no demasiado clara. El capítulo cuatro se esmera por recorrer los recovecos de la mente de uno de los personajes centrales de la primera temporada y quizás el más importante de la segunda.

No obstante, el juego de espejos carece de la profundidad que ostentó antes y sobre todo, de su firmeza. William, convertido en un títere de sus propias ambiciones o quizás de sus terrores, pasa buena parte del capítulo es una diatriba hueca y extrañamente superficial con su hija muerta -o viva según su empeño— convertido más un recuerdo de sí mismo que en otra cosa.

Confinado en las regiones profundas de la locura, William batalla para encontrar su identidad sin lograrlo. Para cuándo Charlotte Hale le encuentra, el furioso debate entre ambos por un momento tiene la apariencia de lucidez, pero al final todo se trata de una nueva trampa de un guión diseñado para desconcertar incluso forzando las pequeñas piezas que lo mantienen en sólido equilibrio.

Hay algo de metafísico en la forma en que el programa presenta a William, debatiéndose con su culpabilidad, pero también consciente de la naturaleza de la realidad, la frase favorita de un guion creado alrededor de la consistencia de las ideas y además de esa vulnerabilidad que los grandes deseos cumplidos, parecen brindar a sus personajes. Emboscado por sus recuerdos, por la historia familiar que lleva a cuestas y por último, por los vacíos emocionales y morales que le sostienen y le sacuden, William termina siendo utilizado por Dolores para apuntalar el plan que se teje su alrededor como una cuidadosa tela de araña.

Convertido en una pieza dentro de un enorme laberinto, el otrora hombre de negro se mira al espejo sin reconocerse en absoluto. Como la figura trágica que es, William se enfrentará Dolores por última vez y sin embargo, hay algo impostado y levemente artificial en este debate en que la cordura de William termina por ceder para brindar una victoria inesperada a la que fue su gran y única obsesión. En la piel de Charlotte, Dolores mira al hombre que la martirizó por décadas con la lejana convicción que el sufrimiento se convirtió en un triunfo secreto.

Al final el capítulo cuatro de Westworld recuerda que en la serie las revelaciones crean una visión impredecible sobre lo que ocurrirá: desde Maeve uniéndose a la lucha de Sarec por obtener el conocimiento digital de Delos, hasta el resurgimiento de Bernard como un centilena melancólico de viejos ideales, la serie parece culminar un primer trayecto en que todas las piezas se encuentren en su lugar para la batalla que vendrá. Dolores enfrentará al mundo en compañía de Caleb y si este no cuestiona sus órdenes tal y como lo hizo Teddy, un nuevo círculo comienza para sustentar y crear la realidad con la que la androide sueña.