Uno de los detalles que más llama la atención del segundo episodio de The Mandalorian (Jon Favreau, desde 2019), la primera serie sobre el universo de Star Wars producida para Disney Plus, es la aparición de una criatura enorme, un mudhorn, al que definen en la Wookieepedia de la siguiente forma: “Parece tener un gran cuerno queratinoso, dientes planos y pelaje largo y lanudo. Es ovíparo, y pone un solo huevo por nidada. El exterior de este huevo es lanoso, de la misma manera que la piel del mudhorn, y la yema es amarilla”, un auténtico manjar para los puñeteros jawas.

El nombre de rinoceronte semejante, traducido, sería “cuerno de lodo” por su picudo apéndice y su lodoso hábitat del planeta Alvala-7, donde el protagonista (Pedro Pascal) se encara a uno por un injusto trato con los jawas y casi no lo cuenta luego. Suerte que allí también estaba el pequeño Baby Yoda para echarle una mano con su control de la Fuerza, a la que su especie parece especialmente sensible, y levanta al bicho en el aire, como si este pudiera levitar, con un gran esfuerzo que lo deja exhausto y justo en el preciso instante en que iba a embestir otra vez con mucha energía al ya vapuleado cazarrecompensas.

Como bien saben los que han prestado atención a la saga galáctica de George Lucas, sus estupendos creativos se han fijado en animales terrestres para diseñar a los que vemos en sus filmes y series televisivas, como los exogorth o babosas espaciales de los asteroides a los que conocimos en El Imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980), y también a algunos personajes, como el acuático almirante Gial Ackbar (Tim Rose en cuerpo y Tom Kane en voz) y su cabeza de pez, al que nos presentaron en El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983). Y es lo que han hecho precisamente con el mudhorn, algo fácil de intuir, y el elasmoterio real.

Este mamífero peludo es una clase extinta de gigantescos rinocerontes que vivió en Eurasia entre el Plioceno tardío y el Pleistoceno —desde hace unos 2,6 millones de años hasta unos 39.000 atrás— y que fue descrita por el paleontólogo germanoruso Gotthelf Fischer von Waldheim en 1809. Constaba de tres especies, y a los individuos de la más conocida, E. sibiricum, se los llama también unicornios siberianos y, de hecho, pudiera tratarse del origen del unicornio mitológico, si bien también se lo identifica con el karkadann del folclore persa, el zhi chino o el desmesurado toro pardo con un solo cuerno frontal de los Evenk rusos.

Eran de la envergadura de un mamut y unos 4,5 metros de alzada, y hebívoros, con unos dientes similares a los de un caballo, y su grueso cuerno único e igualmente queratinoso medía unos dos metros. Con dicho apéndice tal vez quitaran la nieve de la hierba en invierno y excavasen para buscar agua y raíces, y podrían atraer a posibles compañeras, alejar a rivales en el objetivo de la conquista y defenderse de los depredadores. Sus patas de mayor longitud que las de sus primos cornudos normales les permitía galopar, y de ahí la temible arremetida de su hermano galáctico contra nuestro cazarrecompensas.

Su desaparición se produjo en el periodo Cuaternario, a partir del año 130.000 antes de la era común, que como evento de extinción afectó a la megafauna, es decir, a los animales de mayor tamaño. Las hipótesis que se manejan de sus causas incluyen la acción del homo sapiens sapiens, la sobrecompetencia de depredadores no humanos y un cambio climático natural. Pero lo que sí podemos tener por seguro es que, para tristeza de los jawas, el unicornio siberiano no ponía huevos como el mudhorn, que se ha unido al vulptex, el bantha, el tauntaun, el acklay, el eopie, el mencionado exogorth o los simpáticos porgs como animales galácticos inspirados en los únicos reales, los de la Tierra.

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