El cielo ya no es el que era. La iluminación artificial nocturna está llevando a que el firmamento que vemos no tenga nada que ver con el que disfrutaron nuestros padres o nuestros abuelos en esos mismos lugares. Tal es la gravedad de la situación, que incluso se calcula que un tercio de la población mundial no puede ver la Vía Láctea. Algunos ni siquiera saben lo que es, como quedó claro en 1994, cuando durante un terremoto que dejó sin luz a una parte de la ciudad de Los Ángeles los teléfonos de emergencias se colapsaron con llamadas de cientos de ciudadanos asustados por una franja plateada que se había abierto en el cielo.

Dada esta situación, muchos científicos intentan concienciar a la población de los peligros de la contaminación lumínica y, a su vez, “premiar” a aquellos lugares en los que la iluminación se lleva a cabo de una forma responsable, que no atenta contra la oscuridad del cielo. Esto último precisamente es lo que hacen desde la Asociación Internacional del Cielo Oscuro (IDA por sus siglas en inglés), una organización sin ánimo de lucro que tiene entre sus tareas la entrega de la acreditación Dark Sky Place. Con ella, numerosos parques, reservas y comunidades locales han sido reconocidos por su labor en la defensa y la protección de los cielos oscuros, pero nunca se le había concedido a un país entero. Hasta ahora.

Todo un país bajo la oscuridad

El primer país reconocido con la acreditación Dark Sky Place ha sido Niue, una pequeña nación insular del Pacífico Sur, conocida por sus acantilados de piedra caliza y sus maravillosos sitios de buceo enmarcados por arrecifes de coral. Y también por su cielo, al menos ahora.

En los últimos años, el gobierno de este país, de poco más de 1.600 habitantes, ha realizado grandes esfuerzos para reemplazar todas las farolas de la isla por opciones más amigables para el cielo, pero no solo se ha quedado ahí, pues también ha explorado nuevas formas de mejorar la iluminación doméstica. Lógicamente, aquí también juegan un papel esencial los lugareños, quienes aplauden este tipo de medidas, con motivo de la arraigada tradición de mirar las estrellas que hay en la zona.

Gracias a este tipo de directrices los cielos permanecen más oscuros y bonitos, pero también se vela por los ecosistemas del país. Y es que la contaminación lumínica afecta a muchos niveles. Es bien conocido por ejemplo lo mal que lo pasan las aves migratorias o los insectos que se guían por la luna para sus desplazamientos y pueden confundir con ellas las farolas utilizadas para iluminar las calles. Muchos animales también modifican sus ritmos circadianos, viéndose afectadas funciones de su vida tan esenciales como la nutrición o la reproducción. Incluso puede modificarse la floración de algunas plantas y, por supuesto, los ciclos de sueño de los seres humanos.

Son muchas las razones para cuidar nuestros cielos: nuestra salud, la conservación de la biodiversidad que nos rodea y el placer de ver ese techo negro salpicado de brillantes estrellas. Cualquiera de ellas es un buen motivo, pero si encima tiene premio, mejor que mejor.