Una de las razones que ha llevado a que el gobierno tenga que declarar el estado de alarma e imponer duras medidas de restricción de movimiento entre los españoles, ha sido la incapacidad de algunas personas para obedecer y hacer la cuarentena en el lugar en el que se encontraran en ese momento. El miedo es una reacción lógica del ser humano, por lo que se puede entender que, al estar en zonas con una mayor incidencia de coronavirus, quisieran desplazarse hacia otros lugares. Sin embargo, en situaciones como esta debemos tener conciencia de grupo y pensar en el bien común, no solo en el nuestro.

De cualquier modo, es importante entender que incluso el más recóndito de los pueblos puede ser un caldo de cultivo perfecto para la expansión del SARS-CoV-2 o cualquier otro patógeno por el estilo. Al haber pocas personas habitualmente, pueden mantenerse libres de la enfermedad, pero en el momento que alguien infectado se desplaza hasta allí esta prolifera como en cualquier otro lugar. Ni siquiera esos son los sitios más seguros para hacer una cuarentena. De hecho, puestos a soñar y elucubrar cuál sería ese lugar ideal, estaría mucho más lejos. Concretamente 400 kilómetros por encima de nuestras cabezas.

Todo empezó con un resfriado

El 11 de octubre de 1968, el Apolo 7 partía rumbo al espacio con tres astronautas a bordo: Walter M. Schirra, Donn F. Eisele y Walter Cunningham. El objetivo de la misión era poner una nave tripulada en órbita, con el fin de ir dando poco a poco los pasos hacia su punto final: el aterrizaje en la Luna logrado por el Apolo 11 un año más tarde.

Tras 10 días, tuvo lugar el amerizaje de nuevo en nuestro planeta, aparentemente sin problemas, aunque ocurrió algo que pocos saben, pero que condicionó todos los viajes espaciales que se han producido desde entonces. Y es que el comandante Schirra tuvo un desacuerdo con los encargados de manejar la misión desde la NASA, por querer quitarse el casco para evitar que sus tímpanos explotaran. La razón era un catarro que le había atormentado desde poco después de su partida. Era un resfriado común, generado por un rinovirus, de los que en Tierra no habrían causado más que un poco de malestar. No obstante, en condiciones de microgravedad es un problema, pues la mucosidad no puede drenarse correctamente y causa una obstrucción muy incómoda. Tanto él como sus compañeros temían que esto pudiera causarle problemas durante el aterrizaje si no liberaba presión quitando el casco y dejando sus oídos al descubierto. Sin embargo, desde control decidieron que podría ser peligroso para sus cuellos y prohibieron la maniobra.

Gracias a un descongestionante nasal, la situación no fue a mayores, pero sí sirvió como toque de atención de cara a un futuro.

Desde entonces, cientos de astronautas y cosmonautas han viajado hasta la Estación Espacial Internacional, un lugar donde un simple resfriado podría ser mucho más que un pequeño incordio. Y ni qué decir tiene que sería mucho peor algo como el coronavirus por el que casi todo el planeta está paralizado.

Por eso, las agencias espaciales que manden a sus científicos hasta allí deben seguir una serie de pasos muy importantes. Para empezar, estos tienen que someterse a un exhaustivo examen físico, con la extracción de muestras de sangre y otros fluidos que permitan descartar cualquier posible infección. Una vez que se compruebe que todo va bien, se les hace mantener una cuarentena de 14 días, para comprobar que no estaban incubando nada en el momento de realización de las pruebas. De este modo, se descarta que tengan ningún patógeno que pueda volar con ellos al espacio. Lo mismo se hace con los paquetes e instrumentos que suben a bordo de la nave. Todos se desinfectan correctamente y se mantienen en un riguroso estado de asepsia.

Tal es la minuciosidad de estos procedimientos que el próximo envío de astronautas a la Estación Espacial Internacional, que será el 9 de abril, es de las pocas actividades que no se han cancelado de momento a causa del coronavirus. Ellos sí que van a pasar una cuarentena segura, aunque tampoco será fácil. A nadie le gusta estar confinado, pero a veces nuestro deber es ese. Como si fuésemos astronautas.

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