El pasado mes de febrero, numerosos medios de comunicación se hicieron eco de un estudio publicado por investigadores chinos en el que se aseguraba que la infección por coronavirus podría causar infertilidad masculina. Por si fuera poca la incertidumbre y el miedo que está generando esta pandemia, ahora los hombres tenían una consecuencia más que temer.

A pesar de la gran difusión que tuvo la noticia, muchos expertos aseguraron que el estudio en cuestión no se había sometido a las revisiones pertinentes y, por lo tanto, no disponía de la suficiente evidencia científica. De hecho, solo unas horas después de su publicación el artículo se retiró de la página web en la que se encontraba. Pero ya era tarde, pues se había encendido la mecha y la información que contenía corría por la red como la pólvora. Fue necesario que el Gobierno de Hubei emitiera un comunicado informando de sus errores metodológicos y llamando a la calma sobre la posibilidad de que el Covid-19 causara infertilidad masculina. Pero sí que hay algo que puede afectar a la capacidad de los hombres para reproducirse: el estrés. Y, por desgracia, eso es algo que nos sobra durante estos días.

Estrés e infertilidad

Cualquiera que haya tenido problemas para concebir, sea cual sea su género, sabrá que uno de los primeros consejos que suelen recibir al acudir en busca de ayuda es que intenten reducir sus niveles de estrés. Precisamente este es uno de los motivos por los que muchas clínicas de fertilidad cuentan en su plantilla con psicólogos.

En el caso de las mujeres, según explican en la página web de la clínica Ginefiv, esto se debe a que el hipotálamo regula tanto la secreción de las hormonas sexuales como las asociadas al estrés, por lo que no es extraño que tengan una gran relación. También la glándula pituitaria, cuando se activa ante situaciones estresantes, genera una mayor cantidad de prolactina, afectando a la regularidad de las ovulaciones. Estas son las primeras consecuencias, ovulaciones irregulares y ciclos menstruales alterados. Si ocurre de forma esporádica no tiene por qué ser un problema, pero si se mantiene en el tiempo sí que puede afectar a la fertilidad.

En cuanto a los hombres, el estrés puede afectar tanto la cantidad como la calidad de los espermatozoides. Se han realizado estudios al respecto cuyos participantes se encontraban en situaciones tan extremadamente estresantes como una condena a muerte o una guerra civil. De nuevo una de las culpables es la secreción anormal de hormonas, en este caso la LH y la testosterona, que no solo generan problemas en la producción de espermatozoides. De hecho, la carencia de la segunda también afecta a la libido y, lógicamente, si no hay sexo no hay reproducción.

Está claro que una situación tan estresante como una cuarentena de duración indefinida puede afectar a la fertilidad, pero incluso si se logra la concepción los problemas pueden persistir. Es la conclusión de un estudio publicado recientemente en Nature Communications por científicos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Maryland.

El trabajo constó de dos partes. En primer lugar, tomaron a un grupo de ratones, a los que administraron altas cantidades de la hormona corticosterona, secretada normalmente en condiciones de estrés. Así, pudieron comprobar que aquellos que habían sido tratados con ella experimentaron un descenso súbito en el tamaño de sus vesículas extracelulares, unas pequeñas partículas unidas a la membrana celular, que transportan proteínas, lípidos y ácidos nucleicos y tienen un papel esencial en la maduración espermática.

A continuación, utilizaron estos espermatozoides para fecundar óvulos y comprobaron que las crías nacidas de ellos mostraban cambios significativos en los patrones de desarrollo cerebral, tanto temprano como adulto. Además, las propias crías tuvieron unas respuestas al estrés diferentes a las de los ratones que habían nacido de padres sin estresar.

Era un resultado muy interesante, pero los autores del estudio necesitaban saber si era extrapolable a humanos. Por eso, llevaron a cabo la segunda parte de su trabajo, en la que reclutaron a un grupo de estudiantes de la Universidad de Pennsylvania, que tuvieron que donar semen una vez al mes, durante un total de seis meses. En todo ese tiempo también se les pidió que informaran periódicamente acerca de sus niveles de estrés, con el fin de comprobar si tenían efectos en sus espermatozoides. Y así fue, pues los que habían experimentado un estrés elevado en los meses anteriores mostraban cambios significativos en el pequeño contenido de ARN de sus células sexuales.

En definitiva, según han explicado los autores en Medicalxpress, su trabajo muestra que el cerebro del bebé se desarrolla de manera diferente si el padre experimentó un período crónico de estrés antes de la concepción. Sin embargo, aún no se sabe qué implica esto, por lo que será necesario seguir investigando en la misma línea.

Lo que sí pudieron comprobar es que estos cambios en el sistema reproductor masculino tienen lugar al menos un mes después de que el estrés se atenúe y la vida haya vuelto a retomar sus patrones habituales. Por lo tanto, no parece que esto vaya a ser un impedimento para que en nueve meses veamos un gran en aumento en el número de nacimientos de pandemials o niños de la cuarentena o como los queramos llamar. Ya habrá tiempo de nombrar a esta nueva generación.