La casualidad ha jugado un papel muy importante en la historia del LSD, incluso desde el mismo día de su descubrimiento, cuando el responsable del hallazgo se encontraba trabajando con él en el laboratorio y absorbió una pequeña cantidad a través de la piel de sus dedos. Los efectos que experimentó llamaron tanto su atención que no dudó en ingerir una nueva dosis, esta vez de forma totalmente consciente.

Han pasado más de 70 años desde aquel día, pero su uso con fines recreativos sigue estando a la orden del día. Aunque esa no es su única aplicación. Con el tiempo, muchos investigadores se han dedicado a analizar los efectos terapéuticos de dosis muy pequeñas de esta sustancia, para tratar adicciones, depresión, o trastorno por estrés postraumático, entre otras condiciones. Incluso se encuentra en investigación su aplicación para reducir el deterioro cognitivo en pacientes con alzhéimer. ¿Pero qué pasaría si se aumentara la dosis? Estudiar esto no es fácil, pues los efectos secundarios pueden ser muy perjudiciales para los pacientes. Sin embargo, si se da la casualidad de que alguien lo toma por accidente, es un buen momento para analizar lo que ocurre. Y eso precisamente es lo que ha hecho un equipo de psiquiatras canadienses al recopilar en un estudio para Journal of Studies on Alcohol and Drugs las historias de tres mujeres que tomaron por accidente dosis desorbitadamente altas con resultados realmente sorprendentes.

Cuando la dosis recreativa se va de las manos

Por lo general, la dosis ingerida con fines recreativos se suele encontrar en torno a los 100 microgramos de LSD, pero un error en los cálculos llevó a las tres protagonistas de este estudio a tomar una cantidad muchísimo mayor.

La primera fue una niña, con antecedentes de trastorno bipolar, alucinaciones, paranoia y depresión severa. Había tomado todo tipo de tratamientos a lo largo de su vida, pero ninguno terminaba de ayudarla con su problema.

Ya entrada en la adolescencia, comenzó a intentar evadirse de sus problemas con el consumo de cannabis y drogas psicodélicas, el LSD entre ellas. Sabía cuál era la cantidad adecuada; pero un día, cuando tenía 15 años, cometió un error que jamás olvidaría. Se encontraba en una fiesta, cuando tomó una dosis de 1.000 microgramos; es decir, 10 veces más de lo habitual. Además, tomó las gotas sobrantes de algunos de sus amigos.

No tardó en comenzar a sentirse mal, con un comportamiento errático que duró más de seis horas, durante las cuales terminó acostándose en el suelo, en posición fetal y con los puños apretados. Algunos de los asistentes a la fiesta llamaron a una ambulancia, que la llevó hasta un centro sanitario en el que permaneció ingresada hasta su recuperación. Los síntomas desencadenados tras su error se pasaron, pero no fueron los únicos que desaparecieron, pues desde aquel día la joven comenzó a manifestar una notable mejoría en sus problemas pisquiátricos, que llamó la atención de sus terapeutas. No se trataba de una recuperación pasajera, pues se mantuvo perfectamente durante trece años, tras los cuales sí que sufrió una depresión postparto a causa del nacimiento de su hijo. Pero nada más.

A la misma fiesta asistió otra joven, de 26 años, que también se pasó con la dosis de LSD. En su caso fueron 500 microgramos, cinco veces más de lo habitual. Su caso era especialmente preocupante; pues, si bien ella no lo sabía, en ese momento estaba embarazada de dos semanas. Más allá de los síntomas característicos de la sobredosis, no tuvo ningún problema, y tampoco su hijo, que a día de hoy cuenta con 18 años y se mantiene en perfecto estado de salud.

Pero si los casos de estas dos jóvenes son sorprendentes aún resulta más interesante el de una mujer de 46 años, afectada por la enfermedad de Lyme. Por culpa de esta patología sufría un intenso y frecuente dolor en sus pies, que la obligaba a consumir morfina con regularidad. Este era un tratamiento pautado por su médico, pero también recurría a sustancias menos legales, como la cocaína.

De hecho, creía que era esta la droga que estaba tomando cuando inhaló una dosis de 55 miligramos de LSD en polvo. Acababa de introducir en su organismo una cantidad 550 veces más grande que la que normalmente se toma para uso recreativo. Por eso, no habían pasado ni 15 minutos cuando comenzó a sentirse muy mal y decidió llamar a su compañera de piso, que corrió a buscar ayuda médica.

Pasó varias horas vomitando con frecuencia, con varios periodos de desmayo y confusión. Tuvo que pasar todo un día para que se recuperara por completo. Pasado este tiempo, cuando por fin pudo hablar con claridad, aseguró encontrarse mucho mejor del dolor de pies. Decidió comenzar a tomar microdosis de LSD para reducirlo y finalmente pudo dejar por completo la morfina.

Los tres casos son ejemplos de que, en efecto, el LSD debe ser estudiado por sus potenciales beneficios, siempre a dosis controladas . Sin embargo, debe quedar claro que la cantidad que ellas tomaron por accidente es realmente peligrosa y que, si bien en sus casos tuvo final feliz, podría no haber sido así. Es algo anecdótico, que invita estudiar más al respecto, pero no debe tomarse como un buen ejemplo. De hecho, imitarlas voluntariamente sería una seria y peligrosa irresponsabilidad.