– Nov 15, 2019, 20:30 (CET)

Crítica de ‘The Irishman’: la oscuridad de los hombres regresa al cine de Scorsese

The Irishman, la más reciente película de Martin Scorsese, es un repaso maduro, profundo y matizado de lo mejor de sus obsesiones favoritas. Con un reparto estelar y quizás un ritmo que roza la perfección argumental, se trata con toda probabilidad de la cúspide del trabajo de un director obsesionado con los grises y los fragmentos de oscuridad de la naturaleza humana. 

A Martin Scorsese le intriga lado oscuro de los hombres que retrata en sus películas y en The Irishman, ese interés por los pequeños horrores morales que habitan en hombres corrientes, es más marcado que nunca. De la misma manera que en Mean Streets (1973), Goodfellas (1990), Casino (1995) y The Departed (2006), The Irishman es un recorrido intrigante e inteligente por los misteriosos mecanismos que hacen a un hombre mantenerse al margen de la ley pero sobre todo, asumir sus propios defectos y pecados como parte de una versión más amplia de su naturaleza.

Inspirada en el libro I Heard You Paint Houses de Charles Brandt, la película es un recorrido por las memorias del verdadero Frank Sheeran, un asesino a sueldo involucrado en la desaparición Jimmy Hoffa. Pero el film es mucho más que un recuento pausado sobre las vicisitudes de un hombre en apariencia retorcido y una vejez crepuscular, en las que recuerda sus peores acciones desde una fría distancia. Es también un meditado manifiesto de la forma en cómo comprendemos el mundo del crimen, sus vericuetos y al final, la posibilidad del mal en nuestra época. 

Para la ocasión, Scorsese toma la intrigante decisión de convertir el libro en una versión documental de una larga confesión en primera persona, ya sea a través de la voz en off de Frank (interpretado por un contenido y profundo Robert De Niro) o largas secuencias en primer plano, en las que el personaje mira a la cámara con aire inquisitivo. Al director Neoyorquino se le da muy bien la reflexión sobre el atractivo lóbrego del crimen y el delito, por lo que The Irishman tiene un brillo intrigante relacionado con su ritmo pausado pero sobre todo, la intuición de Scorsese para contar una historia larga y por momentos compleja, con un aire elegante y sofisticado.

Ambientada en diferentes décadas, la historia recorre la vida de Frank, desde su ascenso en el mundo del crimen hasta su declive y lo hace, con una connotación directa sobre el hecho del mal convertido en parte de la vida cotidiana. En The Irishman no hay buenos o malos, tampoco villanos o héroes, sino una colección de hombres que luchan para mantenerse a salvo en medio de la violencia y hacen lo que deben hacer, para justificar su propia crueldad. La combinación puede parecer por momentos incómoda, pero Scorsese logra que el inevitable juicio se diluya en nuestra necesidad de comprender a Frank y sobre todo, la forma en que el crimen se convirtió en la única posibilidad en una vida azarosa y a menudo, de una dureza implacable. 

Por supuesto, se trata de un recorrido arriesgado: la película muestra al personaje como un muchacho joven, con un trabajo trivial y después, como parte de un notorio clan criminal de una Filadelfia sucia y destartaladas, que Scorsese capta con cámara subjetiva y convierte en el contexto ideal para elaborar algo más profundo sobre la oscuridad que sobrevive a la periferia. El esfuerzo supone, además, el uso de todo tipo de efectos digitales que aunque en ocasiones son notorios, también son lo suficientemente sutiles para no entorpecer la narración.

En realidad, se trata de Scorsese haciendo lo que mejor saber hacer: ese recorrido lento, incidental y casi anecdótico con la que suele retratar la caída a los infiernos de sus personajes. Para Frank, el recorrido es incluso más doloroso, oscuro y meditado. La historia le convierte en un antihéroe trágico y después, en una extraña versión de la pérdida de la inocencia. Todo, mientras la violencia a su alrededor se hace más cruel, dura y explícita. Pero la grandeza de The Irishman está en los detalles, en sus pequeños claroscuros.

En la forma que Frank madura y se hace un experto en el asesinato y la violencia. En la frugalidad de los pequeños actos que le conducen al abismo. En un momento dado, una pistola escondida en una bolsa de papel, simboliza la forma como se derrumba por completo el mundo de Frank y Scorsese lo logra a través del recurso simple de elucubrar sobre la sencillez de la derrota moral, la oscuridad interior que es imposible de ignorar. 

Pero The Irishman es una película de actores y es probable que sea imposible analizar su impacto, sin mirar la forma como los grandes símbolos del cine adulto de nuestro siglo, llegan para demostrar su valor y su enorme importancia. Mientras Robert De Niro dota a Frank de una sensibilidad callejera y mundana muy cerca del desastre, Al Pacino crea quizás la interpretación más desconcertante de la película, al dotar a su Jimmy Hoffa de una cualidad humana inesperada, fragmentada y por momentos, por completo conmovedora. Resulta inevitable comparar su interpretación con la de Jack Nicholson que encarnó al mismo personaje en el ’92 dirigido por Danny De Vito, pues ambas son reflejos casi complementarios de una única versión sobre la corrupción, el miedo y al final, la dualidad del espíritu humano.

El Hoffa de Pacino es delgado, nervioso y despreciable. El de Nicholson era tenaz, brutal y atemorizante. Pero tanto una como otra versión del icono norteamericano sobre la traición a los principios, resurge en The Irishman como una cautelosa mirada al reverso de una cultura que se niega a analizar sus propios defectos y dolores. De modo que Hoffa, que en la película de De Vito era una especie de héroe de las mayorías desposeídas corrompido por la ambición, se transforma para Scorsese en una ruin antesala a la maldad como propósito. Entre ambas cosas, el director elabora algo más duro y doloroso sobre los hombres que se esconden al margen de la ley: su inevitabilidad.

El duelo entre actores es extraordinario, pero lo es aún más, la capacidad de Scorsese para construir una historia dura y solida sobre sus mejores obsesiones. De nuevo, regresa a las calles rebosantes de vida y de peligros, a los hombres concentrados, absorbidos por las fauces del monstruo del crimen con una facilidad de pesadilla. Se trata de un viaje a través de las etapas —conmovedoras y desgarradoras— de un hombre que debe matar y lo hace con singular eficiencia, pero también, su perspectiva sobre la posibilidad del dolor y el tiempo, en una combinación que en manos menos hábiles que las de Martin Scorsese, podría haber sido una combinación poco realista sobre los pequeños blancos de conciencia en que nuestra cultura apoya su hipocresía.

Pero en realidad, The Irishman es un trayecto oportuno y maduro, por el arte de construir historias con una cuidadosa combinación de belleza, brutalidad y mesura. Lo mejor de la película transcurre en la trastienda, mientras los hilos de la enorme tela de araña que sostiene y envuelve a Frank y Hoffa, se extienden en todas direcciones hacia una tragedia impensable, brumosa y todavía inexplicable. 

Scorsese juega con sus símbolos favoritos: la calle se convierte en escenario de un recorrido hacia las sombras y sus personajes, testigos de la destrucción progresiva de sus vidas, que acaecen en pequeños golpes de efecto que el director muestra desde una perspectiva de dura perplejidad. Al final, The Irishman es la culminación de los temas recurrentes de un director que encontró en cierto lenguaje una forma depurada de narrar los secretos que se esconden en la transgresión, la violencia y lo criminal. Y lo hace, con una extrañísima belleza que convierte a la película en una peculiar una obra de arte. Quizás una carta de amor al cine meditado, pausado e incómodo que durante los últimos meses, Scorsese ha echado tanto en falta en la pantalla grande actual.