En 1995, cuando contaba con 29 años de edad, la vida de Timothy Brown dio un cambio radical, después de que le diagnosticaran VIH. Por suerte, en esa época los antirretrovirales ya eran suficientemente eficaces para permitir a un paciente con esta enfermedad llevar una vida normal. Y así lo hizo él, hasta que once años después recibió un nuevo diagnóstico, aún más preocupante: leucemia mieloide aguda.

En un principio se sometió solamente a un tratamiento de quimioterapia, pero el cáncer volvió a aparecer, por lo que su hematólogo decidió realizarle un trasplante de médula. Esta es una práctica habitual en casos como el suyo, pero lo que no podían imaginar entonces, ni el doctor ni Timothy, es que aquella decisión terminaría por convertirle en uno de los pacientes más famosos de la historia de la medicina.

Comienza así la historia el paciente de Berlín, la única persona a la que a día de hoy se considera curada del VIH. En marzo de este mismo año se supo que otros dos pacientes podrían seguir sus pasos, después de que sus médicos les realizaran el mismo tratamiento que Brown recibió por casualidad: un trasplante de médula cuyo donante cuenta con una mutación que hace a sus células resistentes a la infección del virus.

El procedimiento ha dado muy buenos resultados en varios casos, pero requiere encontrar a donantes muy concretos. Por eso, un equipo de científicos chinos, cuyo trabajo se presenta hoy en New England Journal of Medicine, se hizo una pregunta: ¿Qué pasaría si se capacitaran las propias células del paciente para bloquear al VIH? En busca de respuestas, se pusieron manos a la obra y para ello utilizaron una de las herramientas más potentes de las que dispone la genética en la actualidad: CRISPR-Cas9.

Buenos resultados, pero mucho por hacer

El gen que se encontraba mutado en el donante de Timothy y de los otros dos enfermos, conocidos ya como paciente de Londres y paciente de Düsseldorf, era el CCR5, que codifica una proteína de la superficie de los glóbulos blancos, implicada en el buen funcionamiento del sistema inmunitario.

La mutación concreta, CCR5 Delta 32, está muy extendida a la población y ofrece una serie de ventajas evolutivas, entre las que se encuentra la resistencia al VIH.

Por eso, estos científicos decidieron utilizar las células madre hematopoyéticas (las que dan lugar a las células de la sangre) de un donante cualquiera y editarlas genéticamente, para que su CCR5 contuviera la mutación. Para ello utilizaron la técnica CRISPR-Cas9, una especie de corta-pega a nivel molecular, que se encarga de retirar los “ladrillitos” que componen el ADN que no interesan y, en caso de ser necesario, sustituirlos por otros. Una vez modificadas estas células procedieron a trasplantarlas a un paciente de 27 años con VIH; que, al igual que los pacientes de Berlín, Londres y Düsseldorf, contaba con un diagnóstico de leucemia aguda. El paciente necesitaba de todos modos el trasplante, por lo que el único cambio en el procedimiento es que las células estuvieran modificadas.

Más de año y medio después, el trasplante no se había rechazado, no se habían generado efectos secundarios y parte de las células sanguíneas del paciente se habían sustituido por las mutadas. Solo quedaba saber si estas eran suficientes para mantener al hombre a salvo del virus, por lo que se procedió a retirar los antirretrovirales.

En el caso de los pacientes de Berlín, Düsseldorf y Londres, tras este paso el reservorio viral, que vuelve a la carga en cuanto cesa el tratamiento, había desaparecido. A bote pronto eso no quiere decir que la enfermedad no vaya a volver, de ahí que solo Timothy Brown se considere curado en la actualidad, por ser el único en el que ha pasado tiempo suficiente como para poder decirlo con cierta seguridad. No obstante, es un gran avance.
Por desgracia, no fue el caso de este último paciente, cuya carga viral comenzó a aumentar en cuanto dejó de tomar sus fármacos. Ante este resultado los investigadores procedieron a analizar qué proporción de células habían sido modificadas, concluyendo que solo un 5% de sus linfocitos tenían la mutación.

Los resultados no han sido tan buenos como hubiesen deseado, pero no dejan de ser algo positivo. Al fin y al cabo, simplemente el hecho de que no haya mostrado efectos secundarios y que se haya podido modificar algunas células indica que el uso de CRISPR-Cas9 con este fin puede ser un buen hilo del que tirar.

Cuando las cosas se hacen bien

A pesar de tener pequeños factores en común, el trabajo de estos científicos no es de ningún modo equiparable al de su compatriota He Jiankui, quien a finales del año pasado protagonizó titulares en todo el mundo por la irresponsabilidad de sus actos.

Lo que él hizo fue utilizar la técnica CRISPR-Cas9 para modificar el genoma de dos embriones que finalmente se implantaron y llevaron un embarazo a término, con el nacimiento de dos niñas, supuestamente resistentes al VIH.
La herramienta utilizada tiene un grandísimo potencial, pero aún cuenta con varios hándicaps para su implantación en humanos, empezando porque podrían producirse modificaciones en lugares no deseados del ADN o incluso efectos inesperados de la propia mutación de interés.

Por eso, modificar el material genético directamente en los embriones es muy peligroso, irresponsable e impredecible.

En cambio, estos científicos han modificado solo las células madre hematopoyéticas, in vitro, y luego han procedido a realizar el trasplante. De hecho, si bien no han obtenido el resultado esperado, no se han generado efectos secundarios, de ahí que se muestren igualmente contentos y esperanzados.

En ciencia las prisas no suelen ser buenas consejeras y utilizar una técnica de la que aún no se tienen garantías con un fin para el que existen otras opciones más seguras es una atrocidad. CRISPR es una herramienta muy poderosa, pero debe usarse siempre sin perder la cabeza. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. No olvidemos que, en cierto modo, los científicos también son superhéroes.