– Ago 9, 2019, 14:30 (CET)

‘Élite’, segunda temporada: la adolescencia irreal de las altas esferas que volverá a ser un éxito

Élite sigue jugando con la sexualización de la adoelscencia en una temporada en la que los estudiantes de Las Encinas parecen aún más sospechosos que en la primera temporada. La trama sigue siendo igual de adictiva y permite al espectador desconectar de la realidad.

Élite es esa serie que aparece bajo títulos distintos cada cierto tiempo. La representación de una “adolescencia adulta” con jóvenes guapísimos sumidos en las drogas, el sexo y el alcohol tiene una vida cíclica en la televisión. Si a esto sumamos, además, asesinatos, secretos y clases altas, el resultado es predecible: éxito absoluto. Ahora bien, hay que saber vender el producto, y en eso Netflix es una experta. Así como The Society o Greenhouse Academy han pasado más desapercibidas en la misma plataforma, Élite supo combinar a la perfección todos los ingredientes que conforman la típica serie de misterios en el instituto en un bombazo. Llegó en el momento preciso y nos presentó un reparto de jóvenes estrellas nacionales confrontadas por un secreto y un montón de dinero.

La segunda temporada nos da más de lo mismo, habrá que ver si con igual resultado. En esta ocasión, la trama gira en torno a una desaparición en la que, una vez más, todos los alumnos de Las Encinas son sospechosos. Las fiestas y los excesos marcan la particular vuelta al cole de estos jóvenes, asolados por la muerte de Marina. Cada cual intenta superar la pérdida -y la culpa- a su manera, pero el más afectado es Guzmán, su hermano. Su enemistad con Samuel no deja de crecer y este, a su vez, hará lo posible por liberar a su hermano de la cárcel. Los romances apasionados siguen siendo los grandes protagonistas de la serie, más allá de la trama policiaca, y los celos, engaños y aventuras amorosas serán el motor de nuevos dramas.

Regresa también la tensión propia de Pretty Little Liars, aderezada con una pizca de Gossip Girl y toda la carga sexual de Crónicas Vampíricas. Y es que Élite es una serie que bebe de todos los tropos habituales de los productos adolescentes elevados a la máxima potencia. A nadie le interesan las clases, solo las conversaciones en el pasillo, las fiestas que no tienen en cuenta el horario escolar y los líos en el cuarto de baño. Pareciera que a estos jóvenes no les mandan trabajos de clase, ni tienen que estudiar ni les preocupa su futuro académico. Toda su vida desarrolla de discoteca en discoteca, con algún drama esporádico por las redes sociales y mucho postureo. Es todo tan irreal como cualquier otro producto de televisión, solo que en este caso se está sexualizando la adolescencia.

Netflix

El problema de este tipo de narrativas es que reproducen algunos estereotipos realmente nocivos para los más jóvenes. No solo el tema de las drogas y el alcohol, que apenas se abordan como una adicción peligrosa, sino la forma en que se tratan unos a otros. El odio es tan extremo que se llega a la violencia con mucha más facilidad de lo que ocurre en la vida real. Y, lo que es más preocupante, el odio se convierte en lujuria con la misma facilidad. Las relaciones de amor-odio o de enemigos con tensión sexual entre ellos son emocionantes y enganchan con facilidad al espectador, pero hay una fina línea entre presentar una situación e idealizarla.

En Élite, todo está idealizado. Las tramas se presentan de tal manera que tú, con tu vida mediocre y tus quince años hormonales, desees tener el cutis perfecto de Lucrecia, el aspecto desenfadado de Ander o la actitud madura de Nadia. Pero también puede hacer que quieras emborracharte todas las noches porque en la serie lo hacen y no hay consecuencias negativas, o que el chico que te gusta te coja del cuello y te parezca lo más sexy del mundo porque en Élite es así.

Tal vez a Zendaya le siente muy bien el aire despreocupado, la purpurina y las fiestas estando colocada, pero esto no es Euphoria. En la serie de HBO, al menos, toman una cierta conciencia sobre lo que están contando y presentan las dos caras de la moneda: la diversión de las drogas y el coma etílico. Aún así, la crítica en Euphoria es muy leve, y se preocupa mucho más por el aspecto estético de la historia que por el análisis social. En Élite todo está igual de exagerado, pero el análisis es aún más pobre, casi inexistente.

Netflix

Un ejemplo de ello es cómo perpetúan la falsa idea de que el empoderamiento femenino ha de pasar por una “liberación sexual” que es, en realidad, la más burda cosificación del cuerpo de la mujer. En este caso, casi de la niña. Los personajes femeninos de Élite buscan la validación externa en la mirada masculina, basan su autoestima en el estado de su relación amorosa o en cuántos tipos les han dado un repaso en la discoteca. Y esa influencia llega a Nadia una noche, en la que decide soltarse la melena, literalmente, pintarse los labios y quitarse un par de capas de ropa. ¿Lo hace porque así se siente mejor con su aspecto? Desgraciadamente no. Lo hace porque quiere llamar la atención de Guzmán y porque es lo que su entorno le ha enseñado. Sin hijab la aprobación de sus compañeros de clase es mucho mayor.

Lo mismo ocurre con el sexo como arma de manipulación. Los chavales de diecisiete años han aprendido que esa es la mejor manera de controlar a una persona y engañarla para que haga lo que quieras. No es la relación más sana que se puede tener con el sexo, pero tampoco es de extrañar que este sea el planteamiento de la serie teniendo en cuenta la falta total de educación sexual que despliegan sus personajes. Al final, Élite se convierte en una versión adolescente de Mujeres desesperadas en la que las apariencias y el poder lo son todo. En una época en la que una chica de 15 años ha concienciado a medio mundo sobre el cambio climático y un actor de 17 ha hecho un despliegue de conciencia LGTBI+ que ya quisieran muchos adultos, Élite muestra una adolescencia descontextualizada y superficial.

Volverá a ser un éxito

En cualquier caso, Élite funciona justo por todo esto, por el puro morbo de ver a personajes tan jóvenes -interpretados por actores menos jóvenes- en situaciones tan fuera de la realidad. Y esto está bien. No se puede negar que la trama es adictiva y un buen asesinato siempre nos engancha, pero hay que saber enfrentarse a este tipo de ficciones con la responsabilidad de asumir que son, precisamente, ficción, y que no podemos tomarlo como una representación fiel de lo que viven los adolescentes en la actualidad. La segunda temporada nos ofrece exactamente lo mismo que la primera, lo que seguramente le permita seguir siendo un éxito. Al fin y al cabo, es una serie creada para desconectar de la vida real y no pararte a analizar ninguno de los aspectos que hemos tratado aquí. Muchas veces, es justo lo que uno necesita.