En 1994, Jeff Weakley, un universitario de 21 años, se encontraba haciendo surf en la playa Flagler, en Florida, cuando sintió un breve pero intenso mordisco en el pie. Tras zafarse de su captor, este se perdió en las profundidades del mar, dejándole laceraciones en los dedos y daños en las articulaciones, que pudieron sanarse con el tiempo. Solo una lesión en forma de ampolla quedó como recuerdo permanente de su misterioso agresor.

Al menos eso parecía hasta que en 2018, 24 años después del incidente, algo emergió del interior de la ampolla. Weakley, ahora editor de una revista, cogió unas pinzas y tiró hasta comprobar que eso que asomaba a través de su pie no era ni más ni menos que un diente de aquel animal que se perdió nada más morderle. Sorprendido, decidió usarlo para hacer un colgante, pero finalmente se arrepintió. Esa pieza dental había vivido con él durante más de dos décadas y sentía la necesidad de saber quién era su dueño. Al menos cuál era su especie. Por eso, lo envió a un grupo de científicos del Programa de Investigación de Tiburones de Florida, quienes recientemente habían identificado al tiburón que había mordido a un niño en la neoyorkina Isla de Fuego, simplemente con la ayuda de un diente extraído de su pierna. El caso era muy diferente, pues aquel pequeño acababa de ser mordido, pero su accidente había sido mucho tiempo atrás. Esto sorprendió a los científicos que recibieron la petición, pero se sintieron si cabe aún más atraídos por el misterioso mordedor, que finalmente resultó ser un tiburón bastante inofensivo.

El agresor misterioso

Tras recibir el diente, estos científicos, cuyos resultados se han publicado en Wilderness & Environmental Medicine, retiraron parte del esmalte para dejar al descubierto el tejido pulpar, al que posteriormente realizaron un análisis de ADN. En todo el tiempo que duró este proceso, Weakley estuvo a punto de arrepentirse de su decisión, según ha informado en un comunicado de prensa, por temor a que al final se tratara de una caballa o cualquier otra especie “humillante”.

Definitivamente sí que resultó ser un tiburón, aunque uno poco agresivo: el tiburón de punta negra (Carcharhinus limbatus). Estos escualos, que viven en aguas cálidas de todo el mundo, pueden llegar a medir 2’4 metros, por lo que un encuentro con ellos puede despertar cierto temor, pero en realidad no son animales peligrosos. Su alimentación se basa principalmente en peces, rayas, calamares y crustáceos, por lo que solo muerden a los humanos para comprobar si se trata de alguno de estos alimentos. Sin embargo, al comprobar que el sabor no es el que esperaban, los sueltan y se retiran, como bien pudo comprobar el protagonista de esta historia.

Tampoco suelen mostrar gran interés por los buzos y, de hecho, en el Archivo Internacional de Ataques de Tiburones solo figuran 28 ataques no fatales y uno mortal por parte de esta especie, siendo los más peligrosos en este aspecto el blanco, el tigre y el toro. En definitiva, el tiburón de punta negra no es una amenaza para el ser humano, aunque el ser humano sí que lo es para él, ya que se encuentran entre las especies más preciadas para la preparación de la sopa de aleta de tiburón y otros platos a base de su carne. Está claro quién debería temer a quién.