La Agencia Espacial Europea (ESA) ha lanzado naves a conocer cometas de cerca en dos ocasiones, primero en 1985, con la misión Giotto, y más tarde en 2004, con la Rosetta. En el primer caso el objetivo era el famoso cometa Halley, mientras que Rosetta hizo lo propio con el 67P/Churyumov-Gerasimenko.

Sin duda, ambas misiones fueron muy emocionantes, pues permitían conocer de cerca las características de este tipo de objetos astronómicos. Sin embargo, en los dos casos había un factor común que los científicos de la agencia espacial querían solventar. Tanto Halley como 67P/Churyumov-Gerasimenko son cometas de periodo corto o, lo que es lo mismo, que se han acercado al Sol en numerosas ocasiones. Superado el reto de acercarse hasta ellos, estos científicos querían ir más allá y dirigirse hacia lo que se conoce como un cometa prístino, que no ha sobrepasado jamás las fronteras internas del sistema solar y, por lo tanto, no han sido alterados por el contacto con el astro rey. Con este objetivo ha nacido la misión Comet Interceptor; que, según un comunicado emitido recientemente por la ESA, será enviada al espacio en el año 2028.

Una oportunidad única

Poder estudiar un cometa que no ha estado nunca en las cercanías del Sol supone tener una imagen muy certera de lo que debieron ser los albores de nuestro sistema planetario.

En la Tierra existe un telescopio capaz de detectar este tipo de objetos, el Pan-STARRS de Hawaii. El problema es que la detección se hace unos meses o, como mucho, unos pocos años antes de su llegada al interior del sistema solar, por lo que no hay tiempo para preparar una misión que pueda interceptarlo antes de su llegada. Por eso, la ESA; junto a científicos del University College de Londres, la Universidad de Edimburgo, y las agencias espaciales estadounidense (NASA) y japonesa (JAXA), han puesto en marcha este dispositivo cuya estrategia es algo así como “sentarse a esperar”. Sin un objetivo concreto, se lanzará a 1’5 millones de kilómetros de la Tierra, hasta una posición en la que se detendrá a la espera de detectar algún cometa llegando a la Tierra, procedente quizás del cinturón de Kuiper o la nube de Oort. También podría ser que no sea un cometa, sino un objeto interestelar, como Oumuamua. Sea lo que sea, no se sabe cuánto tiempo tardará en interceptarlo, aunque se espera que no más de cinco años.

Una vez que lo logre, la nave nodriza se mantendrá a una distancia prudencial, pero mandará a dos “naves hijas” mucho más cerca. De este modo, entre las tres podrán tomar imágenes que, una vez unidas, darían lugar a una reconstrucción tridimensional del cometa.

Pero ese no es el único objetivo de Comet Interceptor, ya que también estará equipada para tomar datos de parámetros como su forma o los gases que emane. Este perfil gaseoso podrá cambiar a su llegada al sistema solar, ya que tras su primer contacto con los rayos cósmicos podría levantarse gran cantidad de hielo, polvo y gas, dando lugar a la formación de una cola.

El lanzamiento de esta misión irá acompañado por otra, llamada ARIEL, dedicada al estudio de exoplanetas.