Hace unos días el cocinero Dabiz Muñoz publicaba en su cuenta de Twitter un vídeo en el que se puede ver cómo limpian un pescado en cuyo interior se encuentran varios tapones, algunos trozos de plástico e incluso un peine.

La publicación, con 1’2 millones de reproducciones, alcanzó alrededor de 30.000 retweets y me gustas y hasta el momento ha generado más de 500 comentarios. No es para menos, pues en ella se puede ver una realidad que ya conocemos, pero que se hace aterradoramente más clara con imágenes como estas. Por desgracia, el plástico comienza a convertirse en un rasgo excesivamente frecuente de los ecosistemas marinos, hasta el punto de llegar de vuelta hasta nosotros con el consumo de productos como el pescado, el marisco o la sal.

Lógicamente, el principal paso para evitar este problema debería ser reducir el uso de este material, así como reciclarlo y desecharlo en lugares adecuados, para evitar su llegada a entornos acuáticos. ¿Pero qué pasa si “el mal ya está hecho”? ¿Hay soluciones para los plásticos que se desechan en el lugar incorrecto? Estas preguntas han preocupado a científicos de todo el mundo en los últimos años, dando lugar al desarrollo de estudios dedicados a buscar herramientas que ayuden a eliminarlos. Uno de los más recientes es el que acaba de publicar en Journal of Hazardous Materials un equipo internacional de investigadores, tras analizar cómo se puede potenciar la acción de ciertas bacterias que ya degradan de forma natural los plásticos presentes en el mar.

Bacterias ‘comedoras’ de plástico

En 2016, un equipo de científicos japoneses descubrió una bacteria capaz de descomponer la molécula de uno de los plásticos más empleados, el tereftalato de polietileno (PET). Dos años después, otro grupo de investigadores, esta vez estadounidenses, logró modificar una enzima generada por esa bacteria, obteniendo una herramienta de gran utilidad para degradar este material.

Si esta enzima se introduce en bacterias termófilas, capaces de resistir temperaturas por encima de los 70ºC, se podría utilizar para degradar el PET caliente, en un estado más viscoso, de modo que el proceso fuese más rápido. Aunque aún falta mucho por investigar en este camino, aquel hallazgo planteaba un método muy interesante para eliminar el sobrante de PET generado en la industria, pero también los objetos fabricados con él que terminen desechándose en los vertederos.

Ahora, los autores de este nuevo estudio emplean un enfoque diferente, buscando directamente en el lugar del problema. En este caso, han centrado su investigación en las comunidades microbianas que se acumulan en torno a los plásticos depositados en el océano. Estos son el segundo paso de un proceso de degradación natural que tiene lugar siempre sobre estos residuos contaminantes.

En primer lugar, son degradados por agentes no biológicos, como las radiaciones ultravioleta, los cambios de temperatura o la abrasión ejercida por el agua. Así se generan partículas pequeñas que serán tomadas por estos microbios como sustrato y fuente de carbono para los procesos propios de su metabolismo. A modo burdo, se podría decir que se “comen” los restos de plástico que quedan después del primer paso.

Hasta aquí todo es algo que ocurre de forma natural, pero estos científicos querían conocer el proceso más a fondo, en busca de factores que pudiesen explotar para mejorar su rendimiento. Para ello tomaron muestras de dos tipos de plástico muy empleados: el polietileno (PE) y el poliestireno (PS). Ambas habían estado previamente expuestas a la intemperie en dos playas griegas, por lo que podría decirse que esos primeros agentes físicos ya habían actuado en ellos.

A continuación, cortaron los plásticos en trozos pequeños y los sumergieron en una solución salina, que emulaba el agua del mar. Una vez en ella, se expusieron a dos poblaciones microbianas. La primera constaba de microorganismos extraídos directamente del mar, mientras que la segunda estaba formada por cepas de microbios mejoradas para formar películas más fuertes en torno a los plásticos.

Pasados cinco meses, las muestras se pesaron, con el fin de comprobar si se había reducido la cantidad de plástico. Así fue como comprobaron que en el primer grupo el polietileno se había reducido en un 11%, mientras que el poliestireno lo había hecho en un 7%. Los microorganismos mejorados no habían degradado tanto plástico, pero sí se habían unido más eficientemente a las piezas ya erosionadas, formando una fuerte película en torno a ellas.

Sin embargo, comprobaron que si estos microorganismos que ya habían estado expuestos previamente a plásticos volvían a colocarse con nuevas muestras su eficacia degradándolos mejoraba notablemente. Por lo tanto, concluyeron que era importante la aclimatación microbiana.

Todo esto no plantea todavía un mecanismo claro para aumentar los niveles de descomposición de plásticos por parte de los microbios marinos, pero al menos da información sobre ellos de cara al desarrollo de técnicas futuras. El conocimiento es un primer paso. Hasta que lleguen los siguientes, está en manos de los consumidores intentar que la menor cantidad posible de estos plásticos llegue hasta el mar. En la guerra contra la contaminación de los ecosistemas acuáticos todos somos combatientes. Y mientras sigan apareciendo vídeos tan tristes como el publicado por el cocinero madrileño, sabremos que nos estamos alejando de la victoria.