Como cada año, la Organización Mundial de la Salud ya ha establecido cuáles serán las cepas del virus Influenza, causante de la gripe, que se usarán para el desarrollo de vacunas para la nueva temporada. Lo hizo el pasado mes de marzo, junto a la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos, y las cepas escogidas fueron tres: H1N1, influenza B y H3N2.

Esta selección es el resultado de un año de vigilancia, durante el que los expertos de la OMS analizan las mutaciones que experimenta el virus en las diferentes variaciones temporales y de territorio. Finalmente, se lanzan las recomendaciones pertinentes para el desarrollo de vacunas en marzo y septiembre, correspondiéndose con la primavera en el hemisferio norte y el sur, respectivamente. El veredicto está destinado a la obtención de vacunas específicas para los virus que circulan por el planeta en ese momento, pero no siempre es exacto. Además, puede verse enturbiado por factores como que el virus mute durante el mismo desarrollo del fármaco.

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Esto es algo muy común, que ocurre especialmente con la cepa H3N2, que ocasiona una de las variantes más graves de la enfermedad en humanos, y también en aves. Por eso, un equipo de científicos de la Universidad Wisconsin-Madison, dirigido por el profesor Yoshihiro Kawaoka, lleva varios años tratando de implementar nuevas herramientas, que permitan minimizar todo lo posible la tasa de mutación del virus durante el procedimiento, de modo que las vacunas obtenidas sean lo más parecidas posibles al patógeno circulante. Han llevado a cabo varios estudios al respecto, cada vez con mejores resultados, como los que acaban de publicar hoy mismo en Nature Microbiology.

En busca de una nueva línea celular

La vacuna de la gripe, como la de otras enfermedades, dota al sistema inmunitario del paciente de las armas necesarias para combatir al virus, en caso de una posible infección. Para ello, se expone el organismo al propio patógeno, previamente debilitado, o a un componente suyo, con el fin de que no cause la enfermedad, pero sí movilice las defensas.

Por este motivo, antes de desarrollar una vacuna es necesario cultivar el virus, con el fin de obtener una mayor cantidad de partículas virales. Para ello, en el caso de la gripe, suelen usarse dos opciones: huevos fertilizados de gallina o células MDCK, de riñón canino. La mayoría de cepas se cultivan bien en ellas. Sin embargo, el H3N2 no suele crecer bien y, además, muta con frecuencia, de modo que el virus con el que finalmente se elabora la vacuna y para el que, por lo tanto, está preparado el sistema inmunitario no es el mismo que el que circula por el ambiente.

En 2005, otro equipo de científicos, también al cargo de Kawaoka, en busca de soluciones a este problema, decidió desarrollar nuevas líneas celulares que optimizaran su cultivo. Dicho virus es reconocido por receptores presentes en las células de las aves, así como las células pulmonares humanas, por lo que procedieron a modificar las MDCK, con el fin de conseguir una mayor expresión de estos receptores. De ese modo, consiguieron una nueva línea celular, llamada AX4, en la que el virus crecía mucho mejor, pero seguía mutando.

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Ahora, se ha añadido un nuevo paso, sobreexpresando los receptores humanos y reduciendo los de células aviares. La nueva línea celular, a la que bautizaron como hCK, imita mejor a las células del tracto respiratorio humano, por lo que se mejora la tasa de crecimiento y se disminuyen las mutaciones, obteniendo virus mucho más parecidos a los que se encuentran dispersos por el ambiente en esa temporada. Sí que es cierto que seguían mutando, pero lo hacían mucho menos en las regiones de su genoma implicadas en el éxito de las vacunas. Todo esto, como han asegurado los autores del estudio en un comunicado de prensa, es muy importante, tanto al nivel de la salud pública, como de la elaboración de vacunas.