Durante el verano de 1990, un equipo de paleontólogos del Instituto Black Hills, de Dakota del Sur, inició una expedición a la Reserva Indígena del Río Cheyenne, en busca de restos fósiles interesantes. Las excavaciones duraron todo el verano y terminaron con el descubrimiento de algunos huesos de Edmontosaurus. Una vez cargado todo en su camioneta, se dispusieron a partir de vuelta a casa. Sin embargo, al arrancar descubrieron que un neumático se encontraba desinflado, haciendo imposible emprender el viaje. La mayoría de ellos volvieron a la ciudad, en busca de las piezas necesarias para reparar la rueda. Todos salvo Sue Hendrickson, una exploradora y coleccionista de fósiles que decidió quedarse un rato más, excavando en torno a los acantilados cercanos. No tardó en ver algunos pequeños huesos en la parte inferior, que le llevaron a mirar más arriba, donde se dejaban entrever algunas piezas óseas de mayor tamaño. Rápidamente recogió algunos de aquellos huesos y los llevó al campamento, para mostrárselos a Peter Larson, el presidente del Instituto Black Hills. Este corroboró que se trataba de un Tyrannosaurus rex, por lo que se procedió a excavar la zona y retirar el resto de huesos. Así fue como se obtuvo el esqueleto de T. rex mejor conservado hasta el momento.

Desde entonces, aquel feroz fósil, que fue bautizado como Sue en honor a su descubridora, ha permanecido en el Field Museum de Historia Natural, de Chicago. Los sedimentos que rodeaban los huesos también fueron llevados hasta el museo, aunque quedaron almacenados en su sótano, a la espera de encontrar entre ellos algo más que tierra. Y por fin lo han conseguido. Han sido necesarias casi tres décadas para encontrarlos, pero junto a Sue se encontraba también el cadáver de un antiguo tiburón, que solo pudo ser detectado gracias a sus pequeños dientes. El hallazgo ha sido descrito hoy en Journal of Paleontology.

Dos por el precio de uno

Para encontrar a Sue fue necesario que una persistente exploradora se quedara donde todos pensaban que ya no había nada. Ahora, su compañero oculto ha sido hallado gracias a la intervención de Karen Nordquist, una metódica química retirada, que durante años había trabajado como voluntaria en el museo, analizando los restos de tierra, en busca de pequeños huesos. El primer detalle fue el de pequeños bultos, aproximadamente del diámetro de una cabeza de alfiler. Al analizarlos al microscopio, descubrió que se trataba de pequeñas piezas dentales en forma de triángulo escalonado. Aunque el resto del tiburón no pudo encontrarse, por estar compuesto principalmente a base de cartílago, el tamaño de los dientes permitió calcular que tendría aproximadamente una longitud de 60 centímetros.

Podría compararse a los actuales tiburones bambú, de cuerpo aplanado y gran facilidad para el camuflaje. Pero su apariencia no es lo más interesante de su hallazgo. Concretamente, ha sido su ubicación lo que más ha llamado la atención de los investigadores. Por un lado, hasta ahora se creía que el río en el que murió SUE estaba parcialmente seco. Sin embargo, el hallazgo de un tiburón enterrado a su mismo nivel sugiere que debía haber alguna conexión con entornos marinos y que estaba suficientemente inundado para permitir el nado del animal. Además, también resulta curioso que haya aparecido en Estados Unidos, ya que en la actualidad los escualos emparentados con él habitan preferentemente en el sudeste asiático y Australia. Este tipo de hallazgos, como bien han indicado los responsables de su estudio, son muy importantes, ya que los dinosaurios por sí solos no aportan información suficiente para comprender qué ocurrió en los ecosistemas que habitaban.

Definitivamente se trata de una especie no descrita hasta ahora, por lo que sus descubridores lo han bautizado como Galagadon nordquistae. El primer nombre procede del videojuego Galaga, protagonizado por naves espaciales con una forma similar a la de sus dientes. El segundo, por supuesto, es en honor a la entusiasta voluntaria que buscó meticulosamente hasta toparse con él.