¿Por qué el cielo es azul? ¿Cómo consiguen volar los aviones? ¿De dónde vienen los bebés? Estas y otras muchas preguntas son todo un clásico con el que los padres han tenido que lidiar cuando sus hijos eran pequeños. A veces pueden convertirse en una molestia, sobre todo cuando son difíciles de contestar. Sin embargo, en ciertas ocasiones pueden ser toda una fuente de inspiración.

Esto precisamente es lo que le ocurrió a la astrónoma del Instituto Carnegie Science Juna Kollmeier, al escuchar la pregunta que le formuló su hijo de cuatro años, justo antes de irse a dormir:“Mamá, ¿pueden las lunas tener lunas?”. La inocente cuestión del niño la llevó a contactar rápidamente con su compañero Sean Raymond, de la Universidad de Burdeos, con quien acaba de publicar un estudio en el número de febrero de Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, en el que se describe la posibilidad de que, efectivamente, las lunas de algunos planetas puedan tener su propio satélite girando en torno a ellas.

El estudio que nació de la curiosidad de un niño

El estudio de Kollmeier y Raymond, que ya revolucionó a los amantes de la astronomía con una preimpresión publicada en octubre, se centra en describir los parámetros físicos que permitirían que este curioso fenómeno tuviese lugar. Para ello realizaron una serie de cálculos que les llevaron a concluir que solo las lunas de gran tamaño, situadas en órbitas alejadas de sus planetas anfitriones podrían albergar un satélite más pequeño en torno a ellas. La razón de tal requisito es que las fuerzas de las mareas, tanto del planeta como de la luna, desestabilizarían las órbitas de las “sub lunas” que giraran en torno a satélites pequeños o muy cercanos a su planeta. Todo esto, por lo tanto, arrojaría solo cuatro posibles candidatas: la luna Calisto, de Júpiter, las lunas Titán y Japeto, de Saturno, y la propia Luna de la Tierra. Por el momento no se ha encontrado ninguna, por lo que no es seguro que existan. De hecho, en su estudio aclaran que sería necesario llevar a cabo más cálculos en los que se contemplen otras fuentes de inestabilidad, más allá de las mareas, como la concentración heterogénea de masa en el satélite terrestre.

Por otro lado, también han buscado candidatos fuera de nuestro sistema solar, como el satélite del exoplaneta Kepler 1625b, pues tiene el tamaño y la distancia adecuadas para poder albergar una sub-luna. Sí que es cierto que la inclinación de su órbita podría dificultar su estabilidad, pero eso no significa que deba descartarse totalmente como opción. De cualquier modo, sería muy difícil encontrar uno de estos objetos cerca de un exoplaneta, por lo que de momento pretenden centrar sus esfuerzos en nuestro sistema planetario.

A pesar de que los cálculos demuestran la posibilidad de existencia de estas mini-lunas, podría ser que nunca llegaran a formarse o que sí lo hicieran y terminaran desapareciendo. Esta es la conclusión a la que llega Sean Raymond en su blog personal, en el que también ha publicado un curioso poema sobre la búsqueda de sub-lunas. ¡Sí que dio de sí la pregunta nocturna del hijo de su compañera!