A veces, los mayores peligros a los que se enfrenta el ser humano son los que no se ven. Las bacterias, virus y otros microorganismos patógenos son un claro ejemplo de ello, pero esta premisa también se puede extrapolar a otros ámbitos, como la contaminación de los océanos.

Numerosos estudios han analizado los peligros que suponen los microlplásticos, procedentes de productos de cosmética e higiene o de la degradación de piezas más grandes del material. Algunos de los más recientes han comprobado cómo estas partículas de reducido tamaño se acumulan en la sal de mesa, en forma de condimento envenenado para nuestros platos. Ahora, un nuevo trabajo, llevado a cabo por científicos de la Universidad de Plysmouth, los laboratorios Charles River de Escocia, el Instituto Maurice la Montagne de Canadá y la Universidad Heriot-Watt, va mucho más allá, ya que no solo comprueba cómo afectan estos nanoplásticos a la salud de los animales acuáticos, sino que también calcula cuánto tiempo tarda en acumularse en sus organismos. Los resultados finales son espeluznantes.

Un proceso más rápido de lo que parece

Para la realización de este estudio, que ha sido aprobado para su publicación en Environmental Science and Techonology, los investigadores pusieron algunos ejemplares de Pecten maximus, más conocida como gran vieira o concha de San Jaime, en un ambiente que reproducía las condiciones de los oceános contaminados. Los microplásticos liberados al agua estaban radiomarcados con carbono, de modo que una vez finalizado el experimento se pudiese comprobar su acumulación en el organismo de los moluscos gracias a una técnica conocida como autoradiografía.

El proceso duró seis horas, tras las cuales se procedió a analizar las vieiras. Los resultados fueron mucho peores de lo esperado. Concretamente, se comprobó que miles de millones de partículas con tamaños en torno a los 250 nanómetros (unos 0.00025mm) se habían acumulado en sus intestinos, mientras que cantidades igualmente desorbitadas de partículas aún más pequeñas, por debajo de los 20 nanómetros (0.00002mm), se extendieron por el resto del cuerpo, concentrándose en lugares como las branquias, los músculos, los riñones y otros órganos importantes. ¡En solo seis horas!

Una vez comprobado esto, pasaron a limpiar el agua de plásticos, para determinar cuánto tiempo permanecían estas partículas tóxicas en el organismo de los moluscos. Así, observaron que las más pequeñas se mantenían en su lugar durante catorce días, mientras que las más grandes permanecían mucho más tiempo intactas, hasta cuarenta y ocho jornadas. Esto en la realidad puede ser aún peor, ya que el agua no se limpia, pues se siguen acumulando estas peligrosas sustancias en ella.

Esta vieira, que suele habitar en las profundidades del noreste del océano Atlántico, es un molusco comestible, por lo que todos esos nanoplásticos pueden terminar fácilmente en el organismo de los seres humanos, junto a la sal y todos los animales acuáticos que forman parte de nuestra dieta. Nosotros somos los principales responsables de los vertidos de plásticos en los océanos y muchas veces no somos conscientes de la magnitud del efecto boomerang que nos devuelve todo ese daño, pudiendo afectar a nuestra salud. Sobran las razones para tomar medidas con el fin de evitar que este problema siga aumentando. Por los ecosistemas acuáticos, pero también por nosotros, por nuestros hijos y por todos los que están por venir.