A veces, los mayores peligros a los que se enfrenta el ser humano son los que no se ven. Las bacterias, virus y otros microorganismos patógenos son un claro ejemplo de ello, pero esta premisa también se puede extrapolar a otros ámbitos, como la contaminación de los océanos.

Sal de mesa: el camino de vuelta de los microplásticos a nuestros hogares

Numerosos estudios han analizado los peligros que suponen los microlplásticos, procedentes de productos de cosmética e higiene o de la degradación de piezas más grandes del material. Algunos de los más recientes han comprobado cómo estas partículas de reducido tamaño se acumulan en la sal de mesa, en forma de condimento envenenado para nuestros platos. Ahora, un nuevo trabajo, llevado a cabo por científicos de la Universidad de Plysmouth, los laboratorios Charles River de Escocia, el Instituto Maurice la Montagne de Canadá y la Universidad Heriot-Watt, va mucho más allá, ya que no solo comprueba cómo afectan estos nanoplásticos a la salud de los animales acuáticos, sino que también calcula cuánto tiempo tarda en acumularse en sus organismos. Los resultados finales son espeluznantes.

Un proceso más rápido de lo que parece

Para la realización de este estudio, que ha sido aprobado para su publicación en Environmental Science and Techonology, los investigadores pusieron algunos ejemplares de Pecten maximus, más conocida como gran vieira o concha de San Jaime, en un ambiente que reproducía las condiciones de los oceános contaminados. Los microplásticos liberados al agua estaban radiomarcados con carbono, de modo que una vez finalizado el experimento se pudiese comprobar su acumulación en el organismo de los moluscos gracias a una técnica conocida como autoradiografía.