Hoy, 22 de octubre, es el Día Mundial de la Medicina Tradicional. Celebrar una fecha como esta puede ser bastante controvertido, especialmente por la tendencia que hay a relacionar la homeopatía con este tipo de medicina.

Aunque aún son muchas las personas que se resisten a abandonar el uso de tratamientos homeopáticos para sanar todo tipo de dolencias, poco a poco la concienciación general de la población sobre la ineficacia de estos métodos va aumentando. Por eso, también se ha rodeado de connotaciones negativas el concepto de la medicina tradicional. ¿Pero están realmente relacionadas? Lo cierto es que no, aunque no por eso debemos olvidar que solo hay una medicina a la que podemos recurrir en caso de enfermedad: aquella cuyos tratamientos se basen en evidencias científicas.

Un viaje a la historia de la homeopatía

El concepto de homeopatía nació en 1796, de la mano del médico alemán Christian Friedrich Samuel Hahnemann. Por aquel entonces, varios doctores comenzaban a rebelarse frente al uso de sangrías para tratar las enfermedades mediante la retirada de la sangre “contaminada” de los pacientes.

Uno de estos galenos era Hahnemann, que consideraba que este tipo de técnicas causaban más padecimientos de los que eliminaban, por lo que decidió recurrir a otros procedimientos menos invasivos. En busca de tratamientos eficaces, optó por centrarse en la teoría de que un clavo saca otro clavo o, extrapolado a la medicina, lo semejante cura lo semejante.

Por eso, comenzó a utilizar las propias sustancias causantes de las enfermedades que pretendía tratar, pero diluyéndolas en agua destilada o alcohol tantas veces que el patógeno desapareciera de la mezcla. Finalmente, para que este pudiera ejercer su poder curativo, se agitaba la disolución, de modo que el agua; que, según él, tiene memoria, recuperara el poder curativo de la sustancia que previamente se había diluido. Se podría decir que el concepto tiene cierto parecido con el de las vacunas, pero está absolutamente mal planteado.

Con el paso del tiempo se ha demostrado que este tipo de tratamientos no tienen ningún tipo de efecto, más allá del placebo, de ahí que no se consideren terapias fiables y hayan pasado al cajón de las conocidas como medicinas alternativas. En ese conjunto se encuentran un gran número de terapias, muchas de ellas clasificadas también como medicina tradicional. Veamos entonces en qué consiste esta.

La medicina de nuestros antepasados

Según la OMS, la medicina tradicional engloba todo el conjunto de conocimientos, aptitudes y prácticas basados en teorías, creencias y experiencias indígenas de las diferentes culturas, sean o no explicables, usados para el mantenimiento de la salud, así como para la prevención, el diagnóstico, la mejora o el tratamiento de enfermedades físicas o mentales.

Lógicamente, esto hace referencia a cualquier cultura del mundo, desde los remedios de nuestras abuelas hasta las técnicas empleadas en la antigua China. Un buen ejemplo de estas últimas es el de la acupuntura. Al menos eso es lo que se suele decir, aunque lo cierto es que el primer hallazgo del uso de agujas clavadas en lugares estratégicos del cuerpo tuvo lugar en Europa, con el descubrimiento de la momia Ötzi, cuyo cuerpo se encontraba plagado de tatuajes que parecían dirigirse a los puntos típicos de la acupuntura.

Sin embargo, al pensar en medicina tradicional también es común retrotraerse hasta los remedios caseros basados en el poder medicinal de las plantas. Y precisamente estos son los que más llaman la atención de los científicos, ya que pueden tomarse como base para el desarrollo de verdaderos tratamientos medicinales.

Pero esto tiene bastantes matices que se deben tener en cuenta, ya que el hecho de que se puedan extraer sustancias beneficiosas de una planta no quiere decir que su consumo directo pueda curar enfermedades. Para entender esto es importante conocer el significado del principio activo. Como bien explicaba en 2016 en una charla del Congreso Desgranando Ciencia el biólogo Álvaro Bayón, los principios activos son moléculas que interactúan con receptores presentes en el organismo, generando respuestas farmacológicas, tanto negativas como positivas.

Entre las plantas con fines medicinales más conocidas se encuentra la manzanilla, muy consumida en forma de infusión por sus propiedades para calmar los dolores estomacales. Esto se debe a su contenido en nobilina, un principio activo que supone entre un 0’4% y un 0’8% de los flósculos de la planta (cada uno de los puntitos amarillos que componen lo que vulgarmente se conoce como la flor). Por eso, como también contaba en su charla Álvaro Bayón, son necesarios dos gramos de estos flósculos para alcanzar la dosis efectiva de principio activo para una personas de entre 25 y 50 kilos. El problema es que un sobre, o incluso la caja entera, de infusión de manzanilla contiene muchísimo menos de esta cantidad. Por eso, no puede ejercer el efecto curativo que promete.

Cuando la medicina tradicional culminó en Premio Nobel

La ciencia no está compuesta por blancos y negros, sino por una amplia gama de grises. Por eso, no se puede afirmar que la medicina tradicional sea buena o mala, efectiva o inútil. Simplemente, es un buen punto de partida para grandes procesos de investigación.

Así lo vio la china Tu Youyou, que en 2015 se convirtió en la primera mujer de su país en ganar un premio Nobel. En su caso obtuvo el galardón de fisiología por haber creado un fármaco contra la malaria, basándose en procedimientos extraídos de la medicina tradicional asiática.

Todo comenzó en 1967, cuando el líder comunista Mao Zedong la reclutó en el marco de una misión secreta ideada para buscar una cura para la enfermedad que mermaba a las tropas chinas en su lucha contra los estadounidenses durante la Guerra de Vietnam. En busca de un hilo del que tirar, decidió empezar a inspeccionar los viejos libros de medicina china, plagados de recetas y plantas destinados a tratar todo tipo de enfermedades.

Así fue como ella y su equipo supieron de los efectos del ajenjo dulce (Artemisia annua), una planta que había sido utilizada para el tratamiento de la malaria en el año 400 después de Cristo. Los primeros ensayos con el extracto de la planta no daban resultados positivos. De nuevo parecían estar en la casilla de salida. Pero la señora Tu no se dio por vencida y decidió volver a analizar los textos antiguos. Así fue como descubrió que debían calentar menos la preparación, sin que llegara a hervir, para evitar que se degradara la artemisinina, el principio activo que actuaba contra la enfermedad. Medio siglo después, aquel fármaco, extraído de un viejo libro de plantas curativas, ha salvado millones de vidas en todo el mundo.

Casos como este demuestran que la medicina tradicional es un pozo de sabiduría en el que se esconde mucha información interesante. Dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Sin duda, debemos prestar buena atención a los consejos de nuestros mayores, prácticamente para cualquier ámbito de la vida. Eso sí, en el caso de curar enfermedades, sus recetas deben modificarse con ayuda de la ciencia. Solo así podrán conseguirse resultados extraordinarios.

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