A muchos nos ha sucedido: quedar hipnotizados frente a un acuario. Ver, según sea el caso, peces, plantas y demás animales acuáticos reunidos en un espacio; en una pequeña reproducción de su hábitat. La historia de los acuarios es tan remota como la del interés de los humanos por los animales que habitan este grandioso planeta, sin embargo, acá nos enfocaremos en los acuarios marinos, su inventor y cómo fueron relacionados con otros aspectos humanos antiquísimos: la espiritualidad y la explicación de su existencia.

Durante el siglo XVIII la actividad incansable de los naturalistas hizo posible entender el basto planeta Tierra, descubrir sus maravillas y su diversidad. Casi con frenesí se lanzaron a explorar lejanas tierras y extraer especies de todo tipo a fin de estudiarlas, comprenderlas o, simplemente, llevarlas a sus propios países para asombrar a sus compatriotas y a la comunidad científica. De esta clase de naturalistas de la época victoriana perteneció el inventor de los acuarios marinos: Philip Henry Gosse.

Gosse es conocido por varios de sus trabajos, por ser inventor de los acuarios, pero también por su ferviente empeño de reconciliar el quehacer científico con los preceptos religiosos, una labor, sobre todo como él la intentó, por demás imposible. A Gosse se le adjudica haber acuñado el término acuario; derivado del latín aqua, que significa "agua", y el sufijo -rium, que significa "lugar". En 1886 publicó su libro The Aquarium: An Unveiling of the Wonders of the Deap Sea y en el volcó sus descubrimientos, sus observaciones y, como veremos, una profunda "Meditación" sobre los acuarios y la naturaleza en sí como reflejo de la divinidad creadora.

Un pequeño océano en casa´

Ilustración del libro 'The Aquarium: An Unveiling of the Wonders of the Deap Sea*, Gosse'

Los acuarios son fascinantes porque nos muestran una pequeñísima parte de los extensos y enigmáticos océanos; los cuales, incluso en la época actual, han sido poco explorados. También es cierto que para otros los acuarios son muestra de explotación animal y la violación de los derechos de los animales; mientras que otros dirán que son importantes para los programas de conservación de especies y para sensibilizar a las personas sobre la vida en los océanos. Sin embargo, nos enfocaremos en la fascinación que se despertó en Gosse y su interés genuino por comprender a la naturaleza.

En el libro The Aquarium: An Unveiling of the Wonders of the Deap Sea, Gosse detalla sus observaciones en diversos lugares y una serie de reflexiones interesantes. Entre ellas sobresale la interpretación espiritual y religiosa que vertió sobre la construcción y posesión de acuarios. Gosse afirmó que un acuario es un ejercicio espiritual pues, a fin de cuentas, se trata de una pequeña representación de la grandiosa creación divina. Un acuario evidencia todo ese universo oculto a nuestros ojos y extraño a nuestro medio. Gosse creía que crear un acuario podía acercarnos al mismísimo Dios, pues, y esto es innegable, la belleza de las criaturas marinas es inconmensurable.

No sería la primera vez que Gosse tratara de reconciliar la literalidad bíblica con la ciencia; de hecho es conocido por ello. En 1857 publicó el libro Omphalos: An Attempt to Unite the Geological Knot en donde explicaba que la antigüedad de la Tierra era de tan solo unos 4000 años y que las evidencias contrarias a esto —que su lado científico le impedía descartar— no eran otra cosa que "invenciones pro-crónicas", es decir que Dios había creado la Tierra con vestigios antiguos, como una especie de "empresa en funcionamiento"; tales como los árboles anillados, las capas geológicas y los primeros humanos —Adán y Eva— con ombligos; de ahí se desprende el título del libro: Omphalos significa ombligos. Este tema en particular fue bastante polémico durante varios siglos desde que James Ussher escribió su libro Los anales del mundo en donde hizo la estimación de fechas bíblicas y de la creación de la Tierra en el año 4004 a. C.

Aunque podemos no coincidir con las reflexiones de Gosse no dejan de ser interesantes y nos recuerdan que maravillarnos con la naturaleza, con los animales y demás especies de la Tierra no es exclusivo de las personas religiosas sino de cualquiera que las valore al mirar aquella bastedad y belleza. Tal vez por eso nos quedamos casi hipnotizados frente a los acuarios —los pequeños y los grandes— porque somos parte de un intrincado milagro que el ser humano ha querido entender desde siempre.

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