¿Qué tienen en común las excavaciones de hace un siglo en Machu Picchu, la conquista del Everest y el Paranthropus boisei, una especie de homínido extinguida hace más de un millón de años? ¿Y el nacimiento del Amazonas con un navío que naufragó antes de nuestra era frente a Turquía? Y todo lo anterior, ¿guarda alguna relación con la casa natal de George Washington? ¿Y con el Sarcosuchus imperator, un enorme cocodrilo que se paseaba hace 110 millones de años por el Sáhara?

Sí, por más raro que pueda parecer, la respuesta es sí.

Durante décadas para conocer esos descubrimientos —los secretos del antiguo poblado andino, la cuna de Washington o el descomunal tamaño de los colmillos del Sarchosuchus— había que asomarse a una ventana con el marco pintado de amarillo chillón. El mismo, por cierto, que llevaron los astronautas del Apolo 11 en su misión lunar en 1969 o que lució en las profundidades abisales de la fosa de las Marianas.

A un marco idéntico se asomó en 1985 la joven afgana Sharbat Gula para fascinar a medio planeta con sus intensos ojos verdes y a él volvió a encararse varias décadas después, cuando el brillo de su mirada se había acerado por la crudeza de la vida en Asia del Sur.

Ese marco amarillo es el símbolo que identifica a la National Geographic Society, una de las instituciones científicas más importantes de los siglos XX y XXI y que en 2018 cumple 130 años. Su característico filete amarillo —reconocido en todo el mundo— es uno de los emblemas más respetados de la divulgación y evoca escenarios exóticos, descubrimientos y la pasión exploradora del siglo XIX.

Alexander Graham Bell, entre los promotores

A lo largo de su historia la National Geographic Society ha impulsado más de 5.000 proyectos de investigación científica —según datos de la Enciclopedia Británica— y se ha convertido en un referente de la divulgación. Durante 13 décadas la sociedad estadounidense ha contribuido a ensanchar el conocimiento del planeta, el universo y la historia y ha promovido las gestas de grandes exploradores.

La semilla de la sociedad se sembró en Washington DC el 13 de enero de 1888, cuando un pequeño grupo de intelectuales decidió impulsar una plataforma desde la que “aumentar y difundir el conocimiento de la geografía”. Dos semanas después —la tarde del viernes 27 de enero— estampaban su firma en el certificado de fundación. Detrás del proyecto había 33 hombres de perfiles diversos: exploradores, abogados, maestros, cartógrafos, militares… a los que unía principalmente un mismo apetito voraz de conocimientos.

La “cuna” de la National Geographic Society fue uno de los clubs más elitistas y prestigiosos de Washington: el Cosmos Club, la institución privada que había fundado diez años antes el explorador y geólogo John Wesley “Wes” Powell y por la que desde entonces han desfilado premios Nobel y Pulitzer y varios presidentes de EE UU. Su perfil no desentonaba con el de la propia National Geographic.

Entre los 33 padres de la sociedad se contaban intelectuales como el geólogo Robert Muldrow —el más joven de todos, con solo 23 años—, el ingeniero Arthur Powell Davis, Almon Harris Thompson, científico y explorador, o el profesor William Bramwell Powell. La institución se benefició también del impulso de su hermano, John Wesley, que hacia 1888 era ya un curtido explorador con luenga y canosa barba salpicada de manchas de tabaco. El más famoso de los fundadores fue sin embargo el escocés que entre mediados del XIX e inicios del XX cambió el decurso de la tecnología: Alexander Graham Bell.

Un abogado al frente de la National Geographic Society

Uno de los retos que se marcaría la nueva sociedad sería llegar a un público lo más amplio posible. Quizás por esa razón su primer presidente no fue ni un geógrafo, ni un geólogo, ni un biólogo. Ni siquiera un científico académico al uso. La persona escogida fue Gardiner Greene Hubbard, prestigioso abogado y filántropo que a finales del XIX atesoraba una larga experiencia en las finanzas.

Greene se mantuvo en el cargo hasta 1897. Unas semanas después de que falleciera le tomó el relevo en la sociedad su yerno: Graham Bell. Su papel fue determinante para la supervivencia y consolidación de la National Geographic. Cuando el inventor tomó las riendas se encontró con una institución de salud delicada. Nueve meses después de fundarse la entidad había lanzado una revista con la que buscaba recaudar fondos, pero el proyecto editorial no terminaba de cuajar.

El primer número de la revista —de octubre de 1888— llegó a unas 200 personas. Diez años después no pasaba del millar de suscriptores, una distribución muy limitada. El motivo era fácil de entender: sus artículos eran áridos, pecaban de un tono excesivamente academicista y la maquetación —en la que destacaba sobre todo la falta de imágenes— resultaba cargante. En resumen: era un auténtico tostón.

Con Grosvenor llegó un cambio de rumbo editorial

Su experiencia en el mundo de la empresa y olfato para los negocios hizo que Graham Bell comprendiese muy pronto que, para sobrevivir, la sociedad necesitaba un cambio de rumbo. A principios de 1903 puso al frente de la revista a un joven Gilbert Hovey Grosvenor, quien ejercería como su primer editor a tiempo completo. Además de profesionalizar la gestión de la cabecera se apostó por un cambio de tono. Y Gilbert demostró ser el hombre adecuado en ese empeño, en el que se volcó con una determinación que rallaba lo temerario.

Solo un año después de asumir la edición de la revista, a finales de 1904, Gilbert se enfrentó a la peor pesadilla de cualquier editor jefe. Cuando tenía que imprimir el nuevo número de la National Geographic se encontró con que uno de sus artículos principales no iba a llegar a tiempo. El resultado: a unos días de tener que entregar la revista tenía 11 páginas en blanco y sin nada con que llenarlas. Lo más sensato hubiera sido posponer la publicación. Grosvenor —quien se había casado en 1900 con la hija de Bell, Elsie Bell— optó por otra solución. Llenó el hueco vacío con fotos. Fotos y más fotos tomadas durante una expedición en Lhasa, en el Tíbet.

El buen editor consiguió que la revista se enviara a tiempo a imprenta, pero lo hizo —como él mismo reconocería tiempo después— convencido de que en cuestión de días sus jefes irrumpirían en su despacho hechos unos basiliscos para despedirlo. Se equivocó. El número fue un éxito. Aquella apuesta arriesgada por la imagen convenció y marcaría un hito en la personalidad de la revista, que desde entonces es un referente del fotoperiodismo.

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Greyloch (Flickr)

A lo largo del último siglo y cuarto la National Geographic ha sido pionera en publicar imágenes subacuáticas, fotografías aéreas en color e incluso hologramas. No todos compartieron esa apuesta por la parte gráfica. Durante el verano de 1906 varios directivos decidieron abandonar la sociedad disgustados por que la antaño respetada —y árida— publicación de artículos académicos se estuviera convirtiendo en lo que ellos consideraban un “libro ilustrado”.

El apellido Grosvenor enraizó con fuerza en la National Geographic Society. En 1920 Gilbert se convirtió en presidente, cargo que había ocupado antes su suegro y que ejerció hasta mediados de los años 50. Durante las décadas siguiente -hasta 1996- le sucederían al frente de la sociedad su hijo, Melville, y su nieto, Gilbert. Tres cuartos de siglo durante los que la sociedad creció y se consolidó.

Las expediciones, símbolo de la National Geographic Society

La labor de la institución no se limitó a la revista. Desde su puesta en marcha la National Geographic Society ha impulsado exploraciones y estudios que han permitido ensanchar las fronteras del conocimiento. Apenas dos años después de constituirse -entre 1890 y 1891- patrocinó una expedición para mapear la región de Mount St. Elias, en Alaska. Nueve años después respaldaría a Robert E. Peary y Matthew A. Henson en su carrera por ser los primeros en alcanzar el Polo Norte.

Sus contribuciones seguirían sucediéndose con el paso de los años, sin pausa: excavaciones en Machu Picchu, sobrevolar el Polo Sur, la primera expedición estadounidense que coronó el Everest, determinar el punto exacto del desembarco de Colón, descubrimientos de fósiles, pecios… Su marco amarillo estuvo presente incluso en la carrera espacial. En junio de 1962 John Glenn portó la bandera de la sociedad durante su famoso vuelo orbital y justo siete años después los astronautas del Apolo 11 la incluyeron entre su equipaje.

Gracias a esa labor el nombre de la entidad se vincula al de grandes científicos del siglo XX. Desde 1952 y durante años la revista publicó artículos del explorador Jacques-Yes Costeau. Respaldada por los fondos que aportó la sociedad, la primatóloga Jane Goodall inició en 1961 sus estudios de chimpancés en el Parque Gombe Stream de Tanzania y en 1967 arrancaría los suyos sobre gorilas de montaña Dian Fossey. Para ahondar en el mecenazgo, en 1998, National Geographic creó su Consejo de Expediciones, que durante su primer año destinó casi un millón de dólares a financiar travesías por todo el globo.

Con más de un siglo y cuarto a sus espaldas y consolidada como uno de los protagonistas indiscutibles de la ciencia del siglo XX, la sociedad que en su día impulso Graham Bell centra ahora sus esfuerzos en otro reto: la defensa del medioambiente. A finales de 2001 sus directivos lanzaron la National Geographic Conservation Trust y diez años después echó a andar su Fondo de Exploración Global.

Su último número de hecho ha logrado que su portada se haga viral. En ella la sociedad lanza una crítica a la contaminación de los océanos. Entre su famoso marco amarillo se ve una gran masa que avanza semi sumergida por el mar y fusiona las formas de un iceberg y una bolsa plástica. Junto a la imagen, creada por el artista mexicano Jorge Gamboa, se puede leer Planet or plastic? (¿Planeta o plástico?).

No es la única portada que ha dado de qué hablar en lo que va de 2018. En la de abril se muestra a dos hermanas gemelas birraciales junto al título Black and White (negro y blanco). Aprovechando su 130 aniversario la institución entonó el mea culpa e hizo un análisis autocrítico y valiente de los clichés que ha contribuido a propagar. El editorial —titulado Durante décadas, nuestra cobertura fue racista— está firmado por la editora jefa de la revista, Susan Goldbger, y marca un magnífico punto y seguido para continuar con una labor que ha convertido a National Geographic Society en un referente de la divulgación y gran mecenas de las ciencias.