Sesenta años no son nada. O lo son todo. Es el tiempo, por ejemplo, que ha transcurrido desde que con 14 años Bobby Fischer ganó su primer Campeonato de EE.UU. de Ajedrez. Son los años que han pasado después de que Bertrand Rusell lanzase su campaña a favor del desarme nuclear, en plena Guerra Fría. Seis décadas es también lo que ha avanzado el calendario tras la elección del papa Juan XXIII o —en otro orden, más mundano— el final del primer Sputnik soviético.

Sesenta años es el tiempo que se ha cumplido desde la muerte, un día como hoy, en Chelsea, de la científica Rosalind Franklin. Quizás la historia no la haya encumbrado a los niveles estratosféricos de fama alcanzados por Bobby Fischer, Juan XXIII o los Sputnik soviéticos, pero Rosalind Franklin es por derecho propio una de las grandes científicas del siglo XX, el mismo que vio cómo —durante sus años de universitaria en la Sorbona— Marie Curie pasaba calamidades en una buhardilla de París para iniciar la carrera académica que décadas después la haría merecedora de dos premios Nobel.

Una imagen fundamental en Biología

El peso de Franklin en la Biología moderna es indiscutible. Suyo es el mérito de lograr una de las imágenes más decisivas en la historia de la ciencia —con permiso de la instantánea que en 1927 tomó Benjamin Couprie en Bruselas durante el quinto Congreso Solvay—: la “Foto 51”, en la que se aprecia la estructura de doble hélice del ADN.

La razón por la que su nombre ha quedado entre las penumbras de la historia no es la importancia de su trabajo. Tampoco su talento. Ni su empeño. Ni siquiera su sacrificio, en muchos aspectos equiparable al de Marie Curie o su hija Irène. Al igual que ellas, Rosalind falleció antes de tiempo, a punto de cumplir los 38 años, a causa de un cáncer de ovarios que probablemente le causó la sobreexposición a las radiaciones durante sus largas jornadas en el laboratorio.

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El motivo que explica que seis décadas después de su muerte Franklin no goce del reconocimiento que merece es un “cóctel” en el que se combinan los anquilosados prejuicios de su tiempo y la usurpación de sus méritos. Durante su carrera, Rosalind Franklin tuvo que encarar todo tipo de dificultades. La primera, la negativa inicial de su padre a que encaminara sus estudios hacia las ciencias —ironías del destino, a pesar de que él mismo se había sentido tentado por ese derrotero cuando era joven—. La más grave, la “traición” que hizo que su trabajo terminase en manos de otros científicos que alcanzaron fama y prestigio sin reconocerle a ella sus méritos.

La vida de Rosalind Franklin nunca fue fácil

Rosalind Elsie Franklin nació en Londres, a finales de julio de 1920. Sus padres eran Ellis Franklin y Muriel Walley, procedente de una familia polaca que había hecho fortuna el primero y de una estirpe de judíos religiosos la segunda. Quizás inspirada por Albert Einstein, a quien escuchó durante una de sus conferencias, decidió lanzarse de cabeza y con los ojos cerrados al estudio de la ciencia. Tras un exitoso paso por diferentes centros, con 18 años aprobó el examen de ingreso en el Colegio Newnham de Cambridge.

Su padre, que a pesar de su formación científica seguía los pasos de una estirpe de banqueros, no aprobó la decisión. Para presionarla y que escogiera otra carrera decidió retirarle la paga con la que Rosalind vivía. Si pudo seguir adelante con sus estudios en Cambridge fue gracias al apoyo de una de sus tías, quien sí supo entender su vocación y talento. Poco después el progenitor pareció cambiar de postura y la joven recuperó su asignación.

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En Cambridge Rosalind entró en contacto con William Lawrence Bragg, sucesor de Ernest Rutherford al frente del laboratorio Cavendish. En 1915, con solo 25 años, Bragg había compartido con su padre, William Henry, el Nobel de Física por sus estudios de la estructura cristalina por medio de los rayos X. La influencia de Bragg sería decisiva para que Franklin se adentrase en el estudio de la cristalografía.

A principios de 1941 Rosalind logró su título de Química y Física y poco después empezó a estudiar el carbón en la British Coal Utilisation Research Association (BCURA). Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en el 46, defendió su tesis doctoral.

Fotografía 51: historia de una traición

Por influencia de la científica gala Adrienne Weill —antigua alumna de Marie Curie— entre 1947 y 1951 Rosalind estudió en París. Su paso por la capital francesa fue decisivo. A nivel profesional, pero también personal. Allí fue donde se familiarizó con la técnica de difracción de rayos X que tanto le serviría en sus estudios. A su regreso a Inglaterra, logró una plaza en el King´s College de Londres, donde recibiría el encargo de indagar en la estructura del ADN.

El contraste entre el ambiente abierto del Laboratorio Central de Servicios Químicos de París y el machismo reinante en el King´s College londinense tuvo que resultarle duro a Franklin, lo que no impidió que hiciese importantes avances en sus investigaciones con la asistencia de su estudiante de doctorado, Raymond Gosling. El más importante —crucial para la biología del siglo XX— fue el que logró en mayo de 1952 con la difracción de rayos X: la famosa “Fotografía 51”. En ella se apreciaba con nitidez la estructura de doble hélice del ADN.

En el King´s College Rosalind tenía un compañero con el que no mantenía una relación demasiado buena: Maurice Wilkins, un físico neozelandés que se dedicaba también a investigar el ADN y que había estado asistido por Gosling antes de que este empezase a ayudar a Rosalind. Wilkins era además colega de James Dewey Watson y Francis Crick, dos investigadores de la Universidad de Cambridge que intentaban desentrañar los misterios de la estructura del ADN sin demasiado éxito. A principios de 1953 y sin el permiso de Franklin, Wilkins mostró a Watson la “Fotografía 51” que la química había obtenido varios meses antes. Por entonces Rosalind todavía no había publicado nada para dar a conocer sus hallazgos.

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“En cuanto vi la foto quedé boquiabierto y se me aceleró el pulso”, explicaría años más tarde Watson al recordar el momento en el que Wilkins deslizó ante sus ojos la “Fotografía 51” sin el permiso ni conocimiento de su auténtica autora. Apenas unos meses después de esa “revelación”, en abril, los investigadores de Cambridge publicaban en Nature su propuesta de estructura de ADN.

Bajo el título Estructura molecular de los ácidos nucleicos, la prestigiosa revista acompañaba el artículo de Watson y Crick de otros dos textos: uno muy técnico, de Rosalind y Gosling, sobre las imágenes que habían obtenido; y otro firmado por Wilkins. Aunque la aportación de la química de Chelsea había sido decisiva, en su trabajo Watson y Crick solo la mencionan de pasada por el “estímulo” que les brindó.

Tras la estructura del ADN, llegaron los virus

A pesar de lo avanzado de su investigación y de que algunas voces sostienen que solo las prisas de Watson y Crick hicieron que se adelantasen a las propias conclusiones de Rosalind, quien ya habría alcanzado ideas similares, la joven decidió abandonar esa línea de estudio. En su decisión pesó también el hartazgo que sentía por la atmósfera del King´s College. Poco después lo cambiaba por el Birbeck College de Londres bajo la dirección de John Bernal.

Su carrera no se frenó. Rosalind centró sus investigaciones en el virus del mosaico del tabaco y el poliovirus, causante de la polio en humanos, enfermedad infecciosa que afecta de forma especial a los niños menores de 5 años y de la que en 1988 —según los datos de la Organización Mundial de la Salud— se detectaron unos 350.000 casos en el mundo.

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En 1956 la joven científica recibió un duro mazado: un diagnóstico de cáncer de ovarios. Franklin se sometió a varias operaciones y a un tratamiento de quimioterapia, pero fallecía poco después, el 16 de abril de 1958. No había cumplido los 40. Solo cuatro años más tarde, en 1962, Watson, Crick y Wilkins recibían en Suecia el Nobel de Fisiología o Medicina por sus estudios sobre la estructura del ADN. En su discurso no se reconoció a Rosalind su papel determinante.

La historia tardaría años aún en poner a Franklin en el lugar que merece. En 1968 James Watson lanzó un libro sobre el descubrimiento de la estructura del ADN en el que volvía, en muchos pasajes, a minusvalorar la labor de la científica. Años después, en 1975, Anne Sayre, amiga de la investigadora, publicaría Rosalind Franklin and the DNA para reivindicarla.