Silicon Valley fue, en sus primeras tres temporadas (dos y media para los más críticos), una de las mejores comedias de la televisión actual. Al esencial y complicado hecho de contar un casting eminentemente gracioso, con química y roles efectivos, se le unía el ser una caústica y acertada parodia del mundo del emprendimiento y las grandes empresas tecnológicas de, efectivamente, Silicon Valley.

Uno de los gran méritos, todavía mantenidos, de la ficción es el saber ir más allá de los titulares y noticias rompedoras y evidenciarse, en cada capítulo, que el equipo de guionistas sabe de lo que habla. Sí, cierto es que la serie está repleta de tópicos y personajes que imitan a algunas de las figuras más relevantes del mundo que representa (el personaje protagonista, un programador exageradamente tímido y con dificultades sociales no podría ser más arquetípico) pero el microcosmos creado es un escenario cómico idóneo.

El problema fue, como en casi cualquier otra comedia (o serie de cualquier género, en el fondo), la sobreexplotación de ciertas fórmulas cómicas que, tras cuatro temporadas, estaban muy lejos de ser lo frescas y efectivas que lo eran al principio. A saber: la explotación de las nulas habilidades sociales de Hendricks, unos Gilfoyle y Dinesh dinamitando constantemente el trabajo del otro y del propio Richard, Jared y sus comentarios incómodos y fuera de lugar, la supina idiotez de personajes como Bighead o Jian-Yang o un egoísta Elrich Bachman comunmente pasado de frenada y tremendamente blasfemo y socarrón. Todo ello salteado con personajes extravagantes y planos como Lauri Bream, Jack Barker o Russ Hanneman.

Pues bien, los primeros cinco minutos de la quinta temporada condensan todo eso, con la ausencia de Bachman (tras el despido de T.J Miller), y los tres primeros capítulos siguen girando en torno a los mismos esquemas visitados mil y una veces. De hecho, volver a ver a un Gavin Belson pura y rematadamente malvado tras los escarceos con el “lado luminoso” de la última temporada puede hacer pensar que Mike Judge, Alec Berg y compañía no tienen demasiado claro el rumbo a seguir con la ficción. Silicon Valley parece, al menos en los tres primeros capítulos de la quinta temporada, no poder salir del círculo vicioso en que lleva metida varios años.

Hay tiempo, por suerte, para que se muestren signos de mejora o cambios pues, en lo más básico, Silicon Valley sigue siendo una serie efectiva y notablemente divertida en puntos concretos de su desarrollo y su gran problema reside en que se cuenta y cómo se cuenta jamás se siente como algo nuevo, fresco o inesperado. No deja de ser curioso que una serie que retrata a un mundo en el que lo innovador y disruptivo está a la orden del día termine siendo tan tópica y arquetípica en su desarrollo.