Jorge Luis Borges definía así los libros: "De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo... Sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria". Para las personas que aman los libros cada pieza de su colección es importante; cada una de ellas tiene una historia detrás y, en algunas ocasiones, puede tener anotaciones del propietario, así como recuerdos de distinta clase entre sus páginas.

Por otro lado, la historia del libro en sí es fascinante y existen obras que a pesar del paso del tiempo no terminan de explicarse o no dejan de sorprendernos. Así pues, los libros son instrumentos especiales desde que aparecieron, mucho más antes de la imprenta pues estos se confeccionaban a mano, con el trabajo de personas que dedicaban meses, incluso años, para copiar una obra.

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Por tal motivo no es de extrañar que los libros se protegieran en lugares especiales y que, incluso actualmente, se tomen medidas especiales para evitar que alguien los robe. Las más curiosas de este tipo de medidas son las maldiciones que se escribieron durante varios siglos para desanimar a los posibles ladrones de los libros. Conozcamos algunas de ellas.

"Morirás asado en una sartén"

En la Biblia de Arnstein, escrita en Alemania en 1172, aparece una advertencia de cuidado para quien osara robarla:

Si alguien lo roba: puede morir, puede ser asado en una sartén, puede contraer la enfermedad de la caída [epilepsia] y la fiebre lo atacará, y puede ser rotado [en la rueda de tortura] y ahorcado. Amén.

"El más santo de los mártires te acusará"

En el libro Historia scholastica que data del siglo XII se encontró la siguiente maldición:

Pedro, de todos los monjes el menos significativo, le dio este libro al mártir más bendito, San Quintín. Si alguien lo roba, dígale que en el Día del Juicio, el mártir más santo lo acusará ante el rostro de nuestro Señor Jesucristo.

Te sacarán los ojos

Varios de las maldiciones aquí descritas se encuentran recopiladas en el libro Anathema!: Mediaeval Scribes and the History of Book Curses de Marc Drogin. El autor encontró en un manuscrito de la Biblioteca de El Vaticano la siguiente maldición que data del siglo XIII:

Quien quiera que se lleve este libro
no volverá a ser visto por Cristo.
Quien quiera que robe este volumen
que lo maten como a un maldito.
quien quiera que intente robar este volumen
¡que le quiten sus ojos, que le quiten sus ojos!

"Maldito para siempre"

Esta maldición es una de las muchas que en la Edad Media se utilizaban para proteger los libros. Aunque ahora nos puedan parecer medidas un tanto cándidas lo cierto es que se trataba de asuntos bastante serios en la época. En la siguiente maldición encontrada en un volumen del siglo XI a pesar del terrible castigo para el ladrón da pie a que se arrepienta:

Quien tome este libro o lo robe o lo saque de alguna manera malvada de la Iglesia de Santa Cecilia, que lo maldigan y lo maldigan para siempre, a menos que lo devuelva o expié su acto.

"Mereces este lamento"

Esta es otra advertencia encontrada por Drogin en el libro antes mencionado:

Por robar este libro, si lo intentas,
Es por la garganta que colgarás alto.
Y los cuervos entonces se reunirán y combatirán
para encontrar tus ojos y sacarlos.
Y cuando estás gritando '¡oh, oh, oh!'
Recuerda, mereces ese lamento.

"Será maldecido por la boca de Dios"

En el Monasterio de San Marcos en Jerusalén se encuentra un manuscrito en el que está escrita la siguiente maldición:

Propiedad del monasterio de los sirios en la honorable Jerusalén. ¡Cualquiera que lo robe o lo retire de su lugar de donación será maldecido por la boca de Dios! Dios (¡que se lo exalte!) se enojará con él. Amén.

Maldecir a los ladrones

Como podemos ver las maldiciones expresadas en los libros no carecen de crueldad ni tampoco de imaginación para castigar a los ladrones. Acá se puede consultar otras peculiares maldiciones y también otros métodos como encadenar los libros a los estantes; dos de los métodos más utilizados para disuadir a los posibles rateros.