Mucho tiempo atrás, los mamíferos primitivos que eran nuestros antepasados se econdían en las profundidades de la noche para huir de los auténticos reyes de la Tierra: los dinosaurios. De pronto, un día, algo ocurrió: un meteorito junto con otros miles de factores. Y desde entonces todo cambió. Hoy somos lo que somos gracias a ese evento.

El cuello de botella nocturno

Como mamífero puede que pienses que la gran mayoría de nuestros "primos" son diurnos. Pero lo cierto es que los mamíferos parecemos mucho mejor adaptados para la vida nocturna. Esto ha llevado a tratar de buscar una explicación que le dé sentido a algunas de las características fisiológicas que mostramos. Una de estas hipótesis es la llamada cuello de botella nocturno.

Brasilitherium, un viejo mamífero que era, seguramente, nocturno

Según esta hipótesis, los mamíferos permanecimos en la oscuridad una gran cantidad de nuestro tiempo evolutivo. Eso, debido a la presión selectiva, fue encauzando nuestras adaptaciones a la noche. Solo al final de los más de 255 millones de años de evolución con los que contamos aparecería una expansión hacia el mundo diurno.

¿Y cuándo ocurrió esto? Hace sesenta y cinco millones de años, coincidiendo con la extinción de los dinosaurios. Esto se debería a que, al no existir depredadores fuertes, aparecieron nuevos nichos ecológicos, lo que brindó la posibilidad de evolucionar en un sentido distinto. A día de hoy, la mayoría de los mamíferos conocidos (y no conocidos, probablemente) siguen siendo nocturnos. Y los que somos diurnos le debemos este “extraño” hábito a la desaparición de los “lagartos terribles”.

De la noche al día

Así lo han comprobado en un reciente estudio publicado en Nature Ecology & Evolution el investigador de la Universidad de Tel Aviv, Roi Maor, y sus colegas. Como decíamos, a diferencia de los peces, reptiles o aves, grupos más antiguos que el nuestro, los mamíferos parecen más adaptados a la noche que al día.

A pesar de que la hipótesis del cuello de botella nocturno parece bastante lógica, hasta la fecha carecíamos de pruebas fehacientes de que los mamíferos, finalmente, comenzaran a vivir a la luz del día con la desaparición de los dinosaurios. Pero los investigadores han analizado prácticamente todas las familias de mamíferos que existen a día de hoy con el objetivo de catalogar su comportamiento nocturno y diurno.

El tapetum lucidum de los mamíferos es una muestra más de adaptación nocturna

Con esta información, han contrastado los datos evolutivos que conocemos de dichas familias, pudiendo finalizar un cuadro bastante aproximado de lo que probablemente ocurrió con los mamíferos. En dicho modelo, los primeros mamíferos eran, obviamente, nocturnos y se volvieron activos durante el día decenas de millones de años después. Esto se debería a que ya no existían depredadores que dominaran la escena.

La cantidad de mamíferos activos durante el día aumentó rápidamente. Según estos datos, probablemente los primates antepasados de los orangutanes y los titíes se encontrasen entre los primeros mamíferos que cambiaron su estilo de vida. Esto explicaría su visión más aguda y el característico estilo de vida diurno. Lo que también explicaría por qué nuestra especie es especialmente amante de la luz del día.