La teoría dista mucho de la práctica en muchas ocasiones y algo así le está pasando a Wallapop. La compañía, nacida en 2013 en Barcelona de la mano de
Gerard Olivé, Agustín Gómez y Miguel Vicente, llegaba al mundo con la intención de cambiar el horrendo sector de los anuncios de segunda mano. O lo que es lo mismo: de poner algo de cordura a un sindiós de ofertas que no tenían ni pies ni cabeza. Bien podía ofrecerse un curso de arameo antiguo por 10 euros la hora, pasando por un Ford Fiesta de 85, una cómoda para el cuarto o los libros del curso escolar 96-96. En cualquier punto de la península y a cualquier precio. Resultado: una experiencia de usuario que brillaba por su ausencia. Y entonces llegó la app que intentaba gestionar el negocio a nivel local y lo cambió todo. El hecho de comprar productos de segunda mano, fuese cual fuese, estaba de moda. Ya no era un proceso tedioso y carente de interés.

Con el tiempo, Wallapop, uno de los iconos del emprendimiento español más destacados, cuenta con una valoración que supera los 400 millones de euros en las últimas estimaciones y todo esto sin tener una monetización del todo clara. Su intento por cobrar por mejores posiciones de los anuncios y disponer de una pasarela de pago para sus usuarios no son suficientemente potentes como para cubrir todos sus gastos; sin pasar por alto el dato de que, como ya comentó Agustín Gómez a Hipertextual, bajo ningún concepto cobrarían a los usuarios por subir sus productos a Wallapop.

Sea como fuere, al igual que Segundamano (ahora Vibbo), ya no sólo se trata de productos. Los servicios también juegan su partida en las ofertas de segunda mano de Wallapop. Con un solo vistazo a la sección servicios de la app se puede encontrar un fotógrafo, peluqueros o manicuras, dudosos tatuajes gratis o paseos en barco. Pero lo que más abunda en esta sección son las ofertas de mudanzas y transportes que oscilan desde los 10 euros hasta los 30 de media. Los transportistas, que tantas veces han ofrecido sus servicios a las puertas de cualquier centro de muebles de una conocida cadena internacional, se han pasado a un sector mucho más rentable para el negocio. La idea además es que se aprovechen los problemas de reparto de las propias ofertas de Wallapop: gente que quiere vender una nevera bajo cualquier precio, pero no está dispuesta a llevarla al punto de encuentro. Un submundo dentro de la propia aplicación que se sirve de la oferta y la demanda de la propia plataforma de productos.

Pero lo cierto es que el sector de las mudanzas ha vivido sus más y sus menos. Por norma general es un servicio caro y difícil de gestionar; un paraguas bajo el que han surgido varias compañías de reparto lowcost, entre ellas la española Furgo, que en un intento de poner sentido al desmadre de Wallapop han profesionalizado todo este proceso. Y de forma completamente legal, que es lo más importante.

Porque, ¿es legal ofrecer este tipo de "productos"? Pues lo cierto es que sí y no hay ninguna norma de Wallapop que se oponga a que los usuarios dispongan de sus furgonetas para el reparto de productos dentro de la app. El tema de la declaración de los servicios realizados ante hacienda lo cierto es que no forma parte del negocio de Wallapop y no quiere meterse en estos asuntos porque, a fin de cuentas, sólo les traería problemas.