Antes de que el debate girara en torno a la excesiva frecuencia con la que la gente dice “lo siento”, la escasez con la que se dan los buenos días o las gracias, o sobre los apretones de manos demasiado flojos, ya había una protesta sobre las preguntas que en verdad no son preguntas. Es decir, ese hábito de terminar cada sentencia de forma que suene como una pregunta o bien con una pregunta coletilla o muletilla que en realidad no busca ser contestada [¿sabes?, ¿vale?, ¿sí?]. Seguro que te suena, pues entre los comerciales es muy común. Aunque también se suele adjudicar al colectivo de los adolescentes —especialmente la cultura urbana de los pijos—.

Hay un gran debate en cuanto a cuándo comenzó esta forma de hablar, pero fue reconocida oficialmente por los lingüistas por primera vez en la década de 1970. Ya entonces fue objeto de bastantes burlas, entendiéndose como un signo de falta de seriedad. Sin embargo, se extendió de todas formas. Y, por ejemplo, la canción de Frank Zappa, Valley Girl, de 1982, es un testimonio musical de la clara expansión del fenómeno. En 1993, apareció por primera vez en la prensa, en el New York Times, de la mano del escritor James Gorman.

De entonces a esta parte, se ha intentado erradicar todo lo posible en cualquier escenario demasiado profesional o formal y hay muchísimos consejos en la red sobre cómo evitar hablar con preguntas.

Su mala fama está bastante medida y extendida. Por ejemplo, la editorial Pearson entrevistó a 700 gerentes sobre esta tendencia en los británicos, especialmente en los jóvenes, y más del 70% opina que son molestas, mientras que el 85 por ciento cree que hablar de esta manera es un “indicador claro” de inseguridad. De alguna manera, implica una falta de certeza en lo que estamos diciendo; hace parecer a las afirmaciones más como sugerencias que como hechos. Suena incierto. No es muy seguro. El efecto termina en como si uno estuviera buscando confirmación del oyente: queriendo que avale lo que dice. Por esto, con el fin de ser tomados más en serio, muchas personas cambian deliberadamente su forma de hablar y hay incluso quien sugiere que tener prejuicios por los tonos de voz ya podría constituir una discriminación moderna.

Sin embargo, contra todo patrón anterior, hay lingüistas que lo posicionan no como un tic verbal, sino como una herramienta valiosa de comunicación.

Según estudios realizados por Cynthia McLemore, y Amanda Ritchart y Amalia Arvaniti, al convertir una declaración en una pregunta, se invita al oyente a escuchar activamente: cabecear o confirmar. También tiene una función más básica de “retención”: previene la interrupción, indicando que hay más por venir.

Además, contrariamente a esa creencia de que indica inseguridad, la lingüista Mark Liberman dice que se utiliza con frecuencia por la persona más autorizada en una conversación: como un médico a un paciente, o un jefe a un empleado. “Lo utiliza para indicar confianza, cercanía y asegurarse de que el mensaje ha llegado claro”.

Demográficamente es usado el doble por las mujeres, aunque los hombres lo usan también. “Entre las mujeres es lo suficientemente frecuente para de ser identificado como una característica distintiva”, probablemente no necesariamente como un signo de inseguridad sino como un “disparador para traer la intención del oyente de vuelta, porque generalmente se las interrumpe más a menudo”.

Al final, parece podría ser más útil en cualquier situación en la que es necesario mantener la atención del oyente: cuando el otro no puede mantener los ojos lejos de su teléfono, o cuando simplemente no parecen que la otra persona valora tu punto de vista. Hasta te explica por qué hay tantos comerciales que lo usan y a su vez es tan difícil interrumpirles. ¿Has tenido tiempo de contestar alguna vez al "vale" de una operadora? Yo tampoco.