La exploración espacial ha empezado a tener cierto interés para las compañías privadas. Lejos están los tiempos en los que el único interés pasaba por el de ser proveedores de las agencias gubernamentales (NASA, ESA, CNSA o RKA) con los que buscar contratos millonarios pero dejar el peso de la investigación a agencias en muchas ocasiones con presupuestos casi ilimitados y recursos casi infinitos.

Eso no quiere decir que las cosas se hayan dado la vuelta, puesto que muchas de estas compañías aeroespaciales todavía necesitan los fondos públicos y los contratos con las agencias espaciales estatales para mantenerse al pie del cañón. Pero sí que es cierto que, dados los recortes que están sufriendo las agencias estatales y dado el especial interés de estas compañías de suplir estas carencias en términos de investigación, los pequeños proyectos especiales están pasando poco a poco a manos de compañías privadas.

SpaceX y Blue Origin son, quizás, las más populares y las que más están haciendo en este campo. En primer lugar porque los Gobiernos están desplazando los servicios mínimos espaciales (colocar satélites en órbita, llevar recursos a la ISS) a estas compañías por la flexibilización de los costes y, sobre todo, por ese recorte de los presupuestos estatales destinados a la exploración espacial: los casi 3.000 millones que le cuesta a la NASA la ISS cada año.

SpaceX

Pero más allá de eso, estos días se ha puesto de manifiesto la tendencia de que cada vez más empresas, con menores presupuestos, pueden ayudar a la exploración espacial en las tareas que nos parecen rutinarias pero que hace unos años eran auténticos hitos. Pese a que, como decimos, los focos y las cámaras se centran el SpaceX y Blue Origin por su exposición (y por sus hitos), hay otras compañías más pequeñas que están haciendo sus pinitos en la exploración espacial.

Rocket Lab es otra de esas compañías que está buscando, poco a poco, hacerse un hueco en esa carrera entre SpaceX y Blue Origin. Y está llenando titulares porque la evolución de la compañía, en término de hitos, es espectacular. En su primer año puso en órbita 20 CubeSat, en 2009 ya probaba su primer cohete suborbital, solo un año más tarde el Gobierno ya estaba encargandole estudiar viabilidad de un pequeño vehículo de lanzamiento. En 2014 ya eran 120 de sus CubeSat los que acabaron en el espacio, y se ganó financiación de la NASA para desarrollar su propio cohete.

Desde entonces, ya ha levantado 75 millones en capital riesgo y está valorada en 1000 millones de dólares. Puede parecer poco para una empresas dedicada a esta actividad, pero ha sido un camino lleno de éxito para uno de los sectores de negocio que mejores perspectivas de futuro tienen y que más complicado tiene entrar. Y lo ha conseguido: ha sido capaz de desarrollar un cohete barato que es capaz de preparar y desplegar mucho más rápido que un Atlas V, el cohete desechable de Lockheed Martin y Boeing.

El primer test de este nuevo cohete se ha lanzado desde la Península Mahia, en la Isla Norte de Nueva Zelanda, a las 16:20 hora local del 25 de mayo (21:20 PT, 24 de mayo); sin cámaras, sin muchos anuncios y sin mucho bombo. Lo único que ha dejado el futuro de la exploración espacial privada ha sido este tweet:

Quién lo imaginaría hace 10 años, ¿verdad?

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