Es duro darse cuenta que vivimos en el universo paralelo del que individuos con más suerte se burlan en sus chistes. El hombre más poderoso del mundo es un tipo cuya decisión más difícil a lo largo de toda su vida era cuál automóvil utilizar o de cual chica abusar. Ahora tiene acceso pleno al arsenal nuclear más grande que existe.

Es cierto que en la actualidad la estamos pasando mal, pero en comparación con épocas más oscuras de la historia, nuestros abuelos probablemente hubieran matado por tener acceso a la mitad de herramientas y ventajas con las que contamos hoy en día. Ni siquiera hay que explorar escenarios muy distantes. Si a alguno de nosotros nos teletransportaran forzosamente a principios de los noventa, no pasarían meses antes de que pidiéramos una muerte piadosa. Sin Internet, sin teléfonos inteligentes, sin Netflix, las razones para suicidarse serían infinitas.

Para los que no están al tanto, los políticos de las eras antiguas también eran unos desgraciados, hay cosas que simplemente se mantienen constantes en la experiencia humana. Uno de ellos era Richard Nixon, y creo que no hace falta señalar las razones específicas por las que hoy es considerado un imbécil de primera.

En pocas palabras, Nixon estaría orgulloso de la dirección en la que Trump está encaminando al partido republicano.

Los estadounidenses no eran los únicos que tenían que soportar sus desvaríos. El resto del mundo sufrió bastante por su culpa. Sin embargo, en una ocasión Richard Nixon estuvo a punto de desestabilizar por completo la sociedad, causando probablemente una nueva guerra mundial.

En mil novecientos sesenta y nueve, cuando los niveles de tensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética eran enormes, Corea del Norte destruyó un avión espía estadounidense, causando la muerte de sus treinta y un ocupantes. No había duda de que la reacción de los Estados Unidos sería severa.

Y todos vivieron felices para siempre.

Enviar tropas no era una opción. La Guerra de Vietnam había resultado demasiado desastrosa para los americanos. Habría que encontrar una alternativa más sutil. Nixon deliberó sobre este asunto mientras estaba bastante borracho. Así se le ocurrió la brillante idea de ordenar un ataque nuclear táctico dirigido al país asiático.

El futuro Secretario de Estado Henry Kissinger escuchó las órdenes de su jefe mientras estaba (por suerte) completamente sobrio. Telefoneó a todos los involucrados avisándoles que el presidente no se encontraba en estado óptimo que le permitiría tomar decisiones tan drásticas. Gracias a sus esfuerzos es que el mundo no es una pesadilla post-apocalíptica actualmente.

Bueno, al menos no completamente.

Esta no fue la única vez en que Kissinger tuvo que evitar un desastre causado por la ebriedad del presidente. En una ocasión, durante el comienzo de la guerra arabe-israelí en mil novecientos setenta y tres, el Primer Ministro de Inglaterra pidió hablar con Nixon pero su Secretario de Estado decidió aplazar la llamada para evitar otra situación con potencial apocalíptico.

Henry Kissinger ha sido etiquetado (y con razón) de criminal de guerra, pero debemos agradecerle por detener un suceso que tenía potencial de convertirse en un desastre de proporciones épicas.

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